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Unos Oscar salomónicos

'Spotlight' es una historia sórdida y real que merecía ser contada

El actor Leonardo DiCaprio y el director Alejandro González Iñárritu. / Tráiler de 'El Renacido'. MARIO ANZUONI

El arranque de la fiesta fue insólito. El sofisticado y muy famoso público, sobre todo el de la abrumadoramente mayoritaria etnia blanca, no sabía qué careto poner ante el tragicómico alegato sobre el racismo del muy osado humorista Chris Rock. Había estupor entre el público, no tenían claro si debían sonreír, reír, aplaudir, mosquearse o llorar. Recordó que en los años sesenta y setenta a la gente de su raza los linchaban y violaban en Estados Unidos, o sea que lo menos preocupante era saber el color del ganador del Oscar a la mejor fotografía. Y poco a poco el público entró en el inteligente y divertido juego de Chris Rock sobre el racismo en Hollywood, incluida su sorna hacia algunos protagonistas del boicot, como el concienciado Will Smith y su militante esposa. Condujo la gala muy bien, con gracia y estilo. Pero veo en los informativos del lunes que el ejército de esa escoria que se disfrazaba con capuchones en su cabeza y exhibía cruces en llamas para acojonar y crucificar a los negritos respondones ha vuelto a aparecer agitando banderas de la Confederación y apalizando a sus antiguas víctimas. Y un esperpéntico y multimillonario nazi, un peligro público empeñado en salvar a la patria y presidir su futuro, apellidado Trump, encantado con el salvaje retorno a la vida pública del descerebrado Ku Klux Klan. De lo cual deduces que puede revivir el supremo terror en el país de Obama y que la discriminación de profesionales de raza negra en los Oscar se convierta en una nimiedad para ellos.

¿Y los galardones? Bueno, si olvido la injusticia o el disparate de que hayan despreciado neciamente a la hermosa y modélica Carol en todas sus nominaciones (no lo estaba en las de mejor película ni mejor dirección, que los dioses les conserven sus lúcidos criterios y gustos a la Academia de Hollywood), me parecen bastante razonables. Spotlight es una historia sórdida y real que merecía ser contada, posee la atmósfera del añorado cine de periodistas que se rodó en los años setenta, funcionan muy bien los intérpretes y el relato, el desenlace es sorprendente y contundente, nada maniqueo en cuanto a la responsabilidad de algún rastreador de la verdad en que no se descubriera antes la infamia, pero no es una obra maestra. Y entiendo relativamente que en el salomónico reperto de premios no se lo hayan concedido a su director Tom McCarthy. Hay una secuencia que me saca los colores en esta película. Es aquella en la que una víctima de los pedófilos ensotanados narra las violaciones que padeció en su infancia y vemos en plano medio las huellas de la jeringa en su brazo. Por si no nos habíamos dado cuenta de que el traumado con causa se convirtió en un yonqui, vuelve a mostrarnos sus venas en primer plano. Un gran director despreciaría un recurso tan barato e innecesario.

Ese señor tan místico

Y han consagrado a Iñárritu como el unico director, junto a Ford y Mankiewicz, que ha conseguido el Oscar dos años consecutivos. No niego el transparente y poderoso sentido visual del creador de El renacido, un prodigio estético y técnico que no logra que me apasione lo que este señor tan místico me está contando. Digamos que prefiero el arte y lo que me transmitían los autores de El hombre tranquilo y Eva al desnudo.

Creo, como casi todo el mundo con ojos y oídos, que el formidable Leonardo DiCaprio merecía el Oscar desde que a los 19 años protagonizó ¿A quién ama Gilbert Grape? Y su lobo de Wall Street está más allá del elogio. Qué vergüenza para la Academia que hayan tardado tanto tiempo en reconocer lo evidente. Y de acuerdo, DiCaprio sufre con mucha convicción y todo el rato durante el excesivo metraje de El renacido.

Yo, que soy excéntrico y estoy zumbado, le hubiera dado el Oscar a Jacob Tremblay, un niño tan conmovedor como veraz que coprotagoniza la terrible y emotiva La habitación. Y es razonable que se lo hayan otorgado a Brie Larson, musa del buen cine indie, y que interpreta con contención, sutilez y sentimiento a un ser torturado por un clandestino y largo infierno y que tiene que aprender a convivir con las secuelas y el recuerdo de ese inimaginable sufrimiento en su retorno al mundo normal.

Es muy gozoso que hayan apreciado el extraordinario y sutil trabajo del para mí desconocido Mark Rylance interpretando a ese espía ruso tan humano y leal a sus ideas en El puente de los espías, el mejor Spielberg desde Múnich. O a la sueca Alicia Vikander, la comprensiva (tal vez demasiado), solidaria, sufrida y legal esposa del hombre que descubre su transexualidad en La chica danesa.

Y vale, Mad Max: furia en la carretera es impecable en su trepidante realización. Pero que la crítica la haya santificado como el gran clásico de los últimos tiempos me parece un mal chiste, un delirio extravagante.