Los Oscar desde el gallinero

La ceremonia, vista desde dentro del teatro, donde se celebra a lo grande y hay carreras para tomarse una copa en los intermedios

Las actrices Charlize Theron y Emily Blunt, en el Dolby Theatre. AFP

Los Oscar son un cóctel tanto como una entrega de premios. Se ve nada más entrar en el teatro Dolby. Lo primero que hay es un bar. Faltan dos horas para que empiece la ceremonia y los que se van cansando de esperar a los famosos en un lado de la alfombra roja con el móvil en la mano acaban aquí, champán en mano, atentos a los canapés y mandando a todo el mundo las fotos que se han hecho en la alfombra roja.

Allí está vestida de noche tomando algo a las cuatro de la tarde una señora llamada Michelle Rocklin. ¿Qué hace aquí? “Mi hija está nominada”, responde. “Es Nicole Rocklin, la productora de Spotlight”. Vienen de ganar en los Spirit Awards la noche antes. “Ella es joven, tiene 35 años. Espero que volvamos aquí muchas veces”, dice la señora Rocklin mucho antes de que su hija suba recoger el premio a la mejor película del año. Falta una hora para que empiece la ceremonia y la hermana de la nominada, que acompaña a su madre, ya se ha quitado los zapatos que la están haciendo polvo. Los descansillos se empiezan a llenar. Te cruzas con gente de Hollywood por los pasillos que se te queda mirando como intentando reconocerte, y al final te saludan como si te conocieran de un rodaje. Por si acaso.

El público de los Oscar está cuidadamente estratificado dentro del teatro Dolby. En la platea, los famosos que van a salir en la tele. Arriba, todos los demás. Hasta el punto de que está prohibido pasar a otro piso que no sea el tuyo. En cada uno de los pisos hay un bar, y el de abajo del todo, media hora antes de empezar es exactamente el sitio donde hay que estar. Ahí está Sylvester Stallone, ahí Matt Damon con unos amigos. Ese que entra por la puerta es DiCaprio, la única estrella a la que otros invitados hacen fotos con su móvil. Esta que hace cola para pedir en la barra aquí al lado es Rachel McAdams. Aquellos dos que charlan como si se acabaran de conocer son Iñárritu y Lubezki, tomando algo tres horas antes de ser coronados entre los más grandes de la historia. El baño de glamour dura poco. “Ocupen sus asientos”, dice la megafonía a las 17:15. “Si no, no podrán entrar hasta el primer intermedio, dentro de 20 minutos”. Nadie parece inquietarse.

Hay que subir hasta el tercer anfiteatro del Dolby, fila F, para empezar a descubrir que hay otros Oscar. Los del gallinero. En televisión se ve a los del piso de abajo aplaudiendo y sonriendo educadamente en sus asientos mientas los ganadores se acercan a recoger sus premios. A muchos metros de altura, están los amigos y familiares de esos ganadores, gritando, abrazándose, haciéndose fotos y llorando a veces. Sin las cámaras juzgando, los Oscar se disfrutan intensamente.

Como el grupo de cinco jóvenes chilenos que saltaron de sus asientos cuando anunciaron el premio al mejor corto de animación para Historia de un oso. Fíjense en el vídeo de agradecimiento como el productor, Pato Escala, señala hacia el cielo. Ese es el tercer anfiteatro, donde estaban sus amigos al lado de EL PAÍS dando gritos que no se oyen en televisión. El equipo de la película es tan pequeño que estaban literalmente todos en el teatro, explicaba después en el bar el guionista, Daniel Castro, con la periodista Alejandra Torres. Ocho personas. “Imagínate la sensación”, decía Castro. “Cuatro años para sacar la película adelante, un año de promoción y de premios. ¡Competíamos contra Pixar!”. Este lunes se vuelven a Chile con el primer Oscar de la historia de ese país. Antes, iban a “tirar la casa por la ventana”.

Por cada uno de los premios hay gente en el gallinero a punto de caer rodando por saltar de alegría en una grada antigua y estrecha de esas que dan vértigo. En el premio al mejor vestuario de Mad Max, el público de televisión se perdió los gritos de alegría con los brazos en alto de Caitlin Alberry Beavan, que estaba en la fila G con dos amigos. Era la hija de la ganadora, Jenny Beavan, explicaba. Sus amigos eran David Charles y Marc Trunk, creador de todo el vestuario metálico de la película.

Hay otra diferencia importante entre el gallinero y la platea. Aquí arriba a nadie le importa que haya butacas vacías. Según avanza la ceremonia, la gente cuyas categorías ya han pasado se va yendo al bar y se van quedando calvas entre el público. Qué te importa quién sea el mejor director si le han dado un Oscar a tu madre o a tu mejor amigo. Te vas a celebrarlo ya. En el intermedio. El gran reto de la noche será este: en cada bloque de publicidad, conseguir salir de la butaca, llegar al bar, tomarse algo y volver antes de que vuelva la retransmisión y cierren la puerta. Ir además al baño está descartado. Muchos fracasarán. Los descansillos están llenos de gente viendo la ceremonia en monitores con su copa en la mano, por la que pagan el precio de perderse una parte del show. La diferencia es enorme. Desde cualquier butaca aquí arriba el espectáculo es imponente, se ve bien y el sonido es impecable. Por la tele en un bar, no tanto. 

Al final, cuando Morgan Freeman dice “Spotlight”, como sin acabar de creérselo, suena un escándalo en la última fila del teatro. Una veintena de personas saltan de sus asientos y levantan los brazos. Son, de lejos, la delegación de amigos más numerosa del gallinero. Entre ellos está Marty Baron, director de The Washington Post y el personaje real que interpreta Liev Schrieber en la película. Lo han puesto en la última fila del último piso. Mientras sus compañeros se abrazan a su alrededor, se le ve metido en el teléfono. Quizá esté mandando este tuit: “¡Asombroso! ¡Gana Spotlight!”.

Aquí es cuando se separan las estrellas de los demás. Nominados y VIPS, por la salida del segundo piso del teatro al Baile del Gobernador, la fiesta oficial de la ceremonia. Cate Blanchett atraviesa el hall a toda velocidad en esa dirección. Los demás, por aquí a las limusinas, por allí a Hollywood Boulevard y por allí a recoger el coche, después de los últimos selfies. Por el camino, es emocionante cruzarse con desconocidos con un Oscar en la mano y la sonrisa de su vida en la cara.

En el ascensor para bajar al aparcamiento, ocurre que están algunos miembros de la orquesta que ha tocado en directo en la ceremonia. Entre ellos está Gene Sipriano, que empuja un carrito lleno de instrumentos mientras sujeta un saxofón en la mano. Tiene 86 años. Explica que ha tocado en todas las ceremonias desde 1957. “Entonces el director era André Previn”. Solo se ha perdido tres ediciones de los Oscar desde entonces. Sus compañeros comentan que tocó en los discos de Sinatra. Tiene aspecto de tomarse esto con mucha tranquilidad. Pero es hora punta, y lleva tanto tiempo esperando el ascensor que empieza a canturrear: “There’s no business / like show business…”.

Más información