CRÍTICA | LA HABITACIÓN

El infierno protector

Las primeras imágenes aclaran que el cineasta ha respetado la voz narrativa del niño de cinco años nacido en un cobertizo

Jacob Tremblay y Brie Larson, en 'La habitación'.

LA HABITACIÓN

Dirección: Lenny Abrahamson.

Intérpretes: Brie Larson, Jacob Tremblay, Joan Allen.

Género: drama. Irlanda, 2016.

Duración: 118 minutos.

En su autobiografía Milagros de vida, J. G. Ballard sintetizaba sus años infantiles en el campo de prisioneros de Lunghua con una aparente paradoja: “Puede que el campo de prisioneros (…) fuera una especie de cárcel, pero era una cárcel en la que yo encontré la libertad”. Cuando, años más tarde, el escritor, padre viudo de tres hijos, tenía que lidiar con las estrecheces de compartir un mismo baño entre cuatro personas en su domicilio de Shepperton, no dudaba en afirmar que esas incomodidades cotidianas le devolvían el reconfortante recuerdo de sus años de confinamiento. La habitación, quinto largometraje del dublinés Lenny Abrahamson a partir de la novela de la irlandesa afincada en Canadá Emma Donoghue, también parte de esa perturbadora tensión entre la seguridad del presidio y el desvalimiento de la libertad, sirviéndose del punto de vista de un personaje nacido en un asfixiante universo.

Las primeras imágenes de la película dejan claro que el cineasta ha decidido respetar la voz narrativa empleada por Donoghue: la de Jack, un niño de cinco años que ha nacido en el cobertizo donde su madre llevaba dos años secuestrada por un esquivo y enigmático captor, el Viejo Nick. Para él, esa estrecha habitación es el centro de un particular universo, cuya lógica onírica su madre se ha preocupado en articular partiendo de su acentuado sentido de una educación para la supervivencia. Una mentira protectora, en suma. El contexto es sórdido, pero los espectadores de La habitación no tienen otra vía de acceso a él que la mirada limpia de este niño capaz de moverse por ese microcosmos con la energía física y la desbordante imaginación intrínsecas a su edad.

La habitación se estructura en dos partes muy diferenciadas, cuya respiración se corresponde a la transformación del lenguaje corporal de Jack: radiante en su prisión, frágil en el afuera. La labor de Brie Larson como la madre protectora es más que notable, pero la película es del joven Jacob Tremblay.