Selecciona Edición
Iniciar sesión

Mate a la mala suerte de Fahim

Huido de Bangladés y campeón de ajedrez de Francia con 11años, relata su vida en ‘El rey de Bengala’

Fahim Mohammad, refugiado y campeón de ajedrez. FOTO: CARLOS ROSILLO / VÍDEO: EFE

Instalado cómodamente en el Hotel de Las Letras de Madrid, el refugiado bangladesí Fahim Mohammad atiende a una legión de periodistas que acude a entrevistarle. Fahim se come un bocadillo en un descanso. Soy el cuarto. El rey de Bengala es el título del libro que viene a presentar, ni más ni menos que la azarosa historia de su vida desde el aciago día en que salió huyendo de su país con su padre, Nura, tras convertirse en una promesa del ajedrez. Fue el 2 de septiembre de 2008. “El peor día de mi vida. Tengo ocho años. Lo he perdido todo. Mi vida se ha acabado”, refleja en el libro de aquella fecha infausta en que dejó atrás a su madre y a sus dos hermanos. De entonces acá muchas cosas le han pasado, y él, confiesa, todavía no se lo cree. “Hemos dormido en albergues y hasta en la calle. De ser un sin papeles, he pasado a ganar el campeonato de Francia y a que el primer ministro [François Fillon] regularizara mi situación y la de mi padre. He escrito un libro, estoy en Madrid para presentarlo y mañana [por hoy] voy a conocer a la plantilla del Real Madrid y me va a recibir mi ídolo, Zinedine Zidane… ¿Es increíble o no?”.

Fahim ha hecho un perfecto resumen de su vida por cuarta vez en el día, y lo hará otras 20 veces más de aquí a mañana. “No me molesta. Los periodistas sois un poder, igual que me habéis ayudado a mí podéis ayudar a mucha gente”, dice, y bromea: “Lo malo son las preguntas que se repiten; lo bueno, que yo también repito lo mismo y no tengo que pensar tanto”. Fahim tiene 15 años y la inteligencia con que responde es proporcional a lo mal que lo ha pasado en la vida, de ahí el interés que su historia ha suscitado en todo el mundo.

Cuando tenía cinco años Fahim comenzó a jugar al ajedrez con su padre, que trabajaba de bombero en Dhaka. A los siete, Nura lo inscribió en un campeonato en Calcuta y el chico ganó, convirtiéndose en noticia en su país, algo que a la postre resultó ser malo pues la familia comenzó a recibir amenazas. Ante la posibilidad de que el chico fuera secuestrado, el padre planeó marcharse a Madrid, pero la vida le hizo recalar en Francia, donde se instalaron en el suburbio parisino de Crétiel. Allí empezó a ir a un pequeño club de ajedrez y conoció a Xavier Parmentier, quien se convertiría en su entrenador, protector y cómplice, y con quien ha escrito a cuatro manos El rey de Bengala (Grijalbo). Se ríe cuando le preguntas por el peor momento de su calvario de refugiado: ¿Cuando se les acabaron las ayudas públicas? ¿Cuando recibieron la notificación de que residían ilegalmente en Francia? “No, no hay un momento preciso”, bromea, “los momentos perduraban demasiado”. Lo peor, dice, era “la injusticia”, y por primera vez su tono de voz se vuelve áspero. “Yo era un niño. Mis compañeros al salir de clase se iban a su casa, o de vacaciones en verano. Me decían: yo voy a jugar a tal cosa, ‘¿tú que vas a hacer hoy?’. A mí ni me salían las palabras, me daban ganas de llorar”.

En el libro cuenta Fahim lo que suponía jugar al ajedrez con aquella presión. “Era mucho peso”, recuerda. “Si triunfaba, a lo mejor ganaba 1.000 euros que nos hacían falta para vivir”. Un día su padre le llamó mientras jugaba un torneo: “Tú eres nuestra última esperanza. Si ganas, es posible que ellos nos presten atención ¡No vuelvas sin la copa!”. Sin embargo, asegura, siempre jugó por él mismo, no por los demás: “Era la única forma de ganar”. En cambio el libro sí lo escribió por los otros. “Al principio no quería hacerlo, pensaba que era dar demasiado de mi intimidad”. Pero le convencieron. “Quiero que este libro sirva para que la gente entienda emocionalmente lo que es vivir en la calle cuando uno no tiene casa, lo que es tener frío y hambre y no tener papeles...”. Fahim lo consigue de sobra; logra remover conciencias.

El ajedrez es como la vida, una batalla, y se gana o se pierde, dice. Cuando en 2012 ganó el campeonato de Francia, no sabía que el primer ministro resolvería su caso y que podría reunificar a su familia. “¿Cuánta gente está hoy en la misma situación y necesita ayuda?”, se pregunta. Y llega otro periodista.