CRÍTICA | DEADPOOL

Autoconciencia paródica

Ante la ola de películas de superhéroes de la última década y media quizá solo quepa ya la autoparodia

Ante la ola de películas de superhéroes de la última década y media quizá solo quepa ya la autoparodia, al menos con los más alejados de la mítica, como este Deadpool que desde los títulos de crédito iniciales juega tanto al guiño para fanáticos como al juego de compadreo con el espectador despistado o poco cómplice: “Director: un paquete sobrevalorado. Guion: los verdaderos héroes de esta historia. Con un personaje creado exclusivamente a través de CGI...”. Algo así como afirmar que son conscientes de la fábrica de artefactos de molde que ha montado Marvel, pero que aun así están dispuestos a reírse de sí mismos. Y lo mejor es que lo hacen con tanto descaro como gracia.

DEADPOOL

Dirección: Tim Miller.

Intérpretes: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, Ed Screin.

Género: comedia. EE UU, 2016.

Duración: 108 minutos.

Guiada por la tan de moda ruptura de la cuarta pared, con el protagonista dirigiéndose directamente a la cámara, Deadpool se podría definir como comedia de acción de autoconciencia paródica. Su protagonista, calificado de antihéroe aunque esté más cerca del mercenario vengativo que del defensor de las causas perdidas al que se le va la mano, es poco más que un bocazas insultante y, como afirmaban los créditos, son los guionistas los verdaderos superhéroes, con sus brillantes réplicas y contrarréplicas. Cuando, a lo largo de unos 20 minutos, la película se toma en serio a sí misma, pasa al proceso de transformación mutante y comienza la acción, es un más de lo mismo. Pero eso solo ocurre en una mínima parte. Lo esencial es el dominio del metalenguaje, incluido el musical, con chistes para Wham!, Spin Doctors y Limp Bizkit, y enfrentarse al espejo con la sorna de la caradura: “¿A quién se ha follado este Deadpool para tener película propia?”.