UNIVERSOS PARALELOS

Grandes fallos de los Grammy

Llegan los premios Grammy y ya deben estar en la recámara los artículos y editoriales que denuncian nuevamente su desconexión con la vanguardia pop o con las pasiones del público. Algo cierto pero recuerden aquello de pedir peras al olmo…

Los Grammy son una ocurrencia publicitaria de la NARAS, siglas en inglés de la Academia de Ciencias y Artes de la Grabación. Una organización que, legítimamente, defendía los intereses de las grandes discográficas y sus industrias auxiliares. Y que, al pasar de los años, asumió sin complejos su carácter de brazo musical del imperio hegemónico (aunque, bonita paradoja, las tres multinacionales supervivientes pertenezcan a conglomerados foráneos). En general, obedecen a un “buen gusto” refractario a las revoluciones musicales. Se inauguraron en 1958 como ciudadela contra el virus del rock and roll. Nadie podría poner objeciones a la primera cosecha de discos-del-año: Volare, Mack the Knife, Moon river, The Girl from Ipanema. Por lo demás, esos Grammy iniciales nos resultan asombrosamente miopes. Nunca se premió a Chuck Berry, Buddy Holly, Little Richard ni al sublime Sam Cooke. Elvis fue ignorado hasta que le premiaron (¡tres veces!) por sus grabaciones religiosas.

Y siempre ha sido así. La Academia se rindió ante los Beatles pero despreció a los Byrds, los Who, los Kinks o los Stones (que se llevaron un par de estatuillas en los noventa). El rock contracultural no conmovió a los académicos: nunca ganaron los Doors, Grateful Dead, Jefferson Airplane o Janis Joplin. Naturalmente, un movimiento pretendidamente subversivo como el punk solo recibió silencio: ningún Grammy para los Ramones o los Sex Pistols (The Clash recibieron uno cuando llevaban quince años desaparecidos). Tampoco les fue mejor a grupos de la new wave como Pretenders o Talking Heads.

En la página grammy.com, las búsquedas de su base de datos permiten detectar una, digamos, sordera persistente que linda con el racismo. Escandaliza la ausencia de gigantes indiscutibles como Hendrix, Curtis Mayfield, Sly Stone o Bob Marley (de Otis, solo se acordaron cuando estaba muerto, por Sentado en el muelle de la bahía). Con el tiempo, la Academia decidió que era más prudente pecar por exceso que por defecto: se ampliaron las categorías premiables, que llegaron a las 109; se cedió a la presión demográfica con el establecimiento de los Grammy latinos.

También han rejuvenecido el cuerpo de votantes, aunque la mayoría tiende a inclinarse por sonidos convencionalmente respetables, como ese soul británico hecho con extensos equipos de ayudantes: Amy Winehouse, Adele, Sam Smith. Al menos, intentan evitar las antiguas meteduras de pata, cuando se despreció a superventas tipo Creedence, Led Zeppelin, ABBA, Queen, Kiss, Guns N’ Roses, Oasis...

Con todo, muchos electores van por libre. Castigan a los candidatos de hip hop, bajo la (equivocada) impresión de que los raperos desprecian los estudios de grabación o el trabajo de los compositores; prefieren apostar por pulcros jazzistas, por artesanos del roots rock o el country. Así que los Grammy son impredecibles. Hay expertos en cine que, año tras año, clavan los Oscar, como Peter Travers. No se me ocurre nadie equivalente capaz de anticiparse a las decisiones de la NARAS. Esa imprevisibilidad, deben reconocerlo, también tiene su mérito.

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