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Los Coen reciben silencios y risas desperdigadas en la Berlinale

‘¡Ave, César!’ inaugura el festival de cine con una colección de anécdotas sin fuerza

Ethan y Joel Coen en la presentación de '¡Ave, César!' en la Berlinale. STEFANIE LOOS Reuters

Silencios, caras largas, y una triste sensación de que todo podía haber sido mejor. Tras estrenarse la semana pasada en Estados Unidos, y no fue mal, entrando segunda en taquilla, ¡Ave, César!, de los hermanos Coen, inaugura hoy, fuera de competición, la sección Oficial de la 66ª Berlinale. El pase matinal para prensa ha sido un buen reflejo de lo que muestra la película: sonrisas, tímidos comentarios… Pero son los Coen, Ethan y Joel, los cineastas que indagaron en la parte más triste del Hollywood feliz de los grandes estudios con Barton Fink. De ellos se podía esperar algo más que un entretenimiento, un desfile rutilante de estrellas, una sucesión de buenas secuencias y una cuidadosa plasmación de cómo eran las majors en 1951. El mismo Ethan ha incidido en que separar ambos trabajos este mediodía en la rueda de prensa en Berlín de su película: “Ambas tienen lugar en Hollywood, pero son tan distintas en tono y hechos que no hay relación entre ellas”.

En ¡Ave, César!, el protagonista, Eddie Mannix (Josh Brolin), se dedica a resolver problemas del estudio, Capitol Pictures –exactamente el mismo para el que escribía Barton Fink-, a desfacer entuertos que lastran las películas y enturbian el trabajo de las estrellas. Una de ellas, la más grande, Baird Whitlock (George Clooney), ha sido secuestrada a dos días de finalizar un peplum religioso (justo el que da título a la comedia de los Coen). Mannix tiene que resolver este y otros problemas, mientras decide si quedarse en un trabajo que se le da bien, pero en el que no deja de ser un empleado más, o aceptar una jugosa oferta de la industria aeronáutica.

Toda la película transcurre en un terreno en el que parece que va a echar a volar. Se queda en el parece. Como cuando Whitlock-Clooney se pone a actuar de verdad, a interpretar con drama y sensibilidad su papel de preboste romano, y el público desea que les pase lo mismo a los Coen: remontad el vuelo. No ocurre, y el soufflé acaba quedándose sin aire.

Para cocinar el guion, los Coen, que estaban en Berlín escoltados por Tilda Swinton, Josh Brolin, George Clooney, Channing Tatum y Alden Ehrenreich, aseguran que no se basaron en hechos reales. Rechazaron, por ejemplo, que la relación homosexual mencionada de pasada entre Whitlock y un director de gusto exquisito encarnado por Ralph Fiennes fuera un guiño a Clark Gable-George Cuckor. “De verdad que nos centramos más en reflejar el cine que amamos, en desarrollar el personaje de Mannix. No nos mueve la nostalgia a aquel Hollywood, sino más bien el cariño y la admiración. Sencillamente nos apetecía rendir ese homenaje”. Por mucho que diga Joel Coen, en ¡Ave, César! se esconden un montón de bromas cinéfilas, como que el actor especializado en películas de vaqueros se ponga a jugar con un spaguetti como si fuera un lazo de rodeo. O los números musicales, que Channing Tatum ha aclarado en Berlín tienen mucho que ver con el claqué de un maestro de este género: “Mi coreógrafo me enseño videos de Donald O’Connor. He aprendido mucho y me gustaría volver al claqué en un futuro… lejano. Desde luego, no ahora”.

La Berlinale está marcada por su amor a un cine político, y más en esta edición. En la rueda de prensa apareció el tema de los refugiados. Clooney se enzarzó en una discusión sin sentido con una periodista mexicana sobre quién ayudaba más a los emigrantes, pero sí dejó claro su compromiso con la sociedad actual: “Hay desde luego muchas noticias por contar, cosas que deberían tener más visibilidad en Estados Unidos. Pero en este momento estamos en el inicio de la campaña presidencial y no se habla tanto de eso. Por supuesto que tenemos que incidir en que las películas hablen de los temas candentes actuales, pero con buenos guiones. Porque sin son filmes malos has perdido una gran oportunidad”. Y lastrado el interés del público por ulteriores aproximaciones fílmicas. Joel Coen entró en el debate: “Claro que es importante hablar de los refugiados. En Cannes presidimos el jurado que premió a Dheepan [el drama del francés Jacques Audiard], que fue una manera indirecta de apoyar su plasmación en pantalla. Sin embargo, es absurdo decir que cualquier figura pública debería contar una historia particular sobre el tema”.

La rueda de prensa se perdió entre chistes sobre comunistas, sobre el mejor pelo de Bernie Sanders en comparación con Donald Trump, la obligatoriedad de abofetear una vez en la vida con Clooney, o su capacidad para parar flirteos (“¡Estoy casado!”) y darle la vuelta a las preguntas. En realidad, se parecía a la película: una colección de anécdotas graciosas que una vez sales de la sala, olvidas.

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