CRÍTICA | VERANO EN DICIEMBRE

Estas notas son para caminar

Todo en ‘Verano en diciembre’, comedia de Carolina África, nos recuerda, resuena, entraña y emociona

Una muestra extraordinaria de un teatro que rara vez se hace, porque es de mañana más que de hoy. Una comedia optimista, nada ternurista, donde el malestar de fondo, los golpes de felicidad repentinos, las encrucijadas sin señalizar y los giros del destino se escalonan y percuten en la boca del estómago con una intensidad cuasi equiparable, salvando las distancias geográficas y entre géneros dramáticos, a la de las tragedias de Wajdi Mouawad.

Aun interpretada por cinco actrices de fuste, Verano en diciembre no es una comedia femenina: están (omni)presentes el padre difunto y los novios y amantes invisibles, cuya existencia modula los afectos y enciende los rostros de esas tres hermanas tan vecinas nuestras, transmutadas en náyades al ver, a través de Skype, el noviazo que se echó la cuarta, allá en Buenos Aires.

Verano en diciembre

Autora y directora: Carolina África.
Intérpretes: Almudena Mestre, Laura Cortón, Pilar Manso, Lola Cordón, Carolina África.
Madrid: Teatro Valle-Inclán, hasta el 21 de febrero.
San Sebastián de los Reyes: Teatro Marsillach, 5 de marzo.

Por certera escenografía, el tresillo rojo de escay de nuestra infancia, el teléfono Heraldo a juego y la mesa con mantel de cuadros, a cuyo alrededor se sienta la familia: la madre que equivoca el nombre de una de sus hijas pero no los de las otras; Carmen, la mayor, de oficio haragana; Alicia, de 33, pintora que en casa nunca pintó nada; Paloma, de 31, que carece de vida social, combate la ansiedad con píldoras y cuida de la abuela, Martina, con demencia senil. Todo en Verano en diciembre nos recuerda, resuena, entraña y emociona. Al tacto, Carolina África encuentra los puntos neurálgicos de los afectos y las contracturas del alma. Su texto emana sencillez y certeza, hoy escasas, pero no sería ni la mitad sin la interpretación de un quinteto sembrado y contenido, cuya acción interna prosigue intensamente cuando calla.

Como nada hay más universal que lo particular, este retrato de familia, escrito en Argentina con una beca, habla también de una generación española en paro o en precario, de las ayudas a la dependencia liberalmente estranguladas y de la unidad familiar y la pasión, como anclajes plausibles cuando arrecia el levante del libre mercado. Pilar Manso parece una madre de verdad, y con eso lo digo todo. Carolina África está estupenda en el papel de la escrupulosa, valiente e irascible Alicia; Laura Cortón, su ayudante de dirección, recrea una muy sugestiva y despreocupada hermana mayor, en sustitución de Virginia Frutos; la Paloma de Almudena Mestre exhala compasión, pena y bonhomía, y pide permiso hasta para respirar. Lola Cordón, actriz octogenaria, calibra cada gesto de Martina, modula sus prontos, mantiene al fantasma de la sobreactuación a raya y despierta una ternura infinita. Da gusto verla en su edad, como a sus compañeras, vestidas de barrio por Vanessa Actif, que ha barrido para los personajes, como debe ser.

El público del sábado sacó los kleenex. Esto va a ir de boca en boca, como cuando se estrenó en la sala La Belloch: no esperen a los últimos días.