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CRÍTICA | CAROL

Una historia de pasión

Parece una película filmada por Douglas Sirk: con su sensibilidad, su brillante barroquismo, su espectacular tratamiento de la luz

"Tenía los ojos grises, incoloros pero dominantes como la luz o el fuego (...). La mujer también miraba a Therese (...). Luego la vio avanzar lentamente hacia el mostrador y el corazón le dio un vuelco recuperando el ritmo. Sintió cómo le ardía la cara mientras la mujer se acercaba más y más", escribió Patricia Highsmith en Carol. La radiografía de una excitación física, quizá también mental, que se produce interiormente y lucha por salir al exterior. En apenas un párrafo, como en tantas otras grandes novelas. No como en tantas otras: dos mujeres. En 1952 Highsmith logró publicar Carol, una historia de amor prohibido. Tan prohibido que en el cine de los años cincuenta hubiera sido impensable su adaptación. Llega ahora, en 2016, gracias al trabajo de Todd Haynes, empeñado en reconstruir el cine de aquella década con la libertad de ésta.

CAROL

Dirección: Todd Haynes.

Intérpretes: Cate Blanchett, Rooney Mara, Kyle Chandler, Sarah Paulson, Jake Lacy.

Género: drama. EE UU, 2015.

Duración: 118 minutos.

Carol parece una película filmada por Douglas Sirk: con su sensibilidad, su brillante barroquismo, su espectacular tratamiento de la luz, su sabor a melodrama. Pero Sirk a lo máximo que pudo llegar, código Hays de por medio, fue a narrar una historia de amor interclasista, un jardinero y una viuda rica, en Sólo el cielo lo sabe (1955). Haynes, que ya abordó esa reelaboración en Lejos del cielo (2002), subiendo un escalón en materia homosexual y relación interracial, se acerca ahora a Highsmith, que escribió su novela inspirada por un encuentro real con aquella señora de ojos grises sobre la que elucubró en su máquina de escribir. Como los grandes narradores cinematográficos, Haynes y Phyllis Nagy, su guionista, no transcriben el libro: eliminan secundarios o los reducen a la mínima expresión; también diálogos; y construyen una película más conceptual, de miradas y sensaciones más que de palabras o intrigas. Además, varían la estructura comenzando por una escena prólogo que da paso a un larguísimo flashback, lo que potencia su dramatismo a lo Breve encuentro.

Haynes utiliza la puesta en escena para guiar emocionalmente al espectador sin que este se dé cuenta (esos planos de la magnífica Rooney Mara, como Blanchett, en el extremo izquierdo del encuadre, para mostrarlo a la deriva), y como ya hicieran Hitchcock y Powell en los cincuenta (el restaurante de Vértigo, en la memoria), aplican los dominantes colores rojo y verde en un mismo plano como elemento dramático además de estético: los jerseys de las protagonistas en la cafetería. Carol es estética, pero también ética. Es gran cine. Es amor y pasión. Es Sirk, redivivo y actualizado.