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El realismo madrileño se consagra en el Thyssen

Los artistas recuerdan cómo vivieron de espaldas al informalismo

A juzgar por lo que dicen sus componentes, el grupo conocido como realistas madrileños, no existe. Pero a poco que se les insista, reconocen todas esas afinidades que, desde la década de los cincuenta, han hecho que les conozca como un movimiento entregado a la figuración. El grupo está formado por Antonio López García (Tomelloso, Ciudad Real, 1936), los hermanos y escultores Julio López Hernández (Madrid, 1930) y Francisco López (Madrid, 1932), Isabel Quintanilla (Madrid, 1938), esposa de Francisco; María Moreno (Madrid, 1933), esposa de Antonio López; Esperanza Parada (San Lorenzo del Escorial, 1928-Madrid, 2011) y Amalia Avia (Santa Cruz de la Zarza, Toledo, 1930-Madrid, 2011). La exposición que a partir del 9 de febrero les dedica el Thyssen les supone un solemne y emotivo final a toda una vida dedicada a una opción artística que no siempre ha sido bien recibida. En las vísperas de la inauguración de una exposición que les vuelve a reunir después de más de 25 años, cuatro de los cinco supervivientes (María Moreno se ausentó por problemas de salud) hicieron ayer un descanso en el montaje para hablar con un grupo de periodistas.

Antonio López, quien ejerce de jefe de la pandilla (“estuve muchos años mudo, hasta que tomé la palabra”) sitúa su conexión en 1954, en torno a la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Buscaban los misterios del mundo a través de la figuración sabiendo que el lenguaje de la modernidad era el informalismo.

Las cuestiones cotidianas protagonizaron sus obras. Cada uno a su ritmo y con su poesía individual. Cuentan que la única colaboración entre sí consistía en hacer de modelos unos de otros y dar su opinión si es que se la pedían. “Éramos sinceros y prudentes”, cuenta Antonio López.

Cuando se les pregunta que por qué eligieron Madrid, recuerdan que la mayor parte nacieron en la capital. Quintanilla responde que era lo que tenían ante sus ojos. Antonio López explica que empezó a pintar Madrid desde el asombro de un chico que llega a una ciudad enorme, “con el mismo entusiasmo que el que tiene delante las pirámides”. Y aunque trabaja en dos paisajes de Bilbao y Sevilla, no se cansará nunca.

Creen todos ellos que no han pagado un precio excesivo por ir a contracorriente de las tendencias internacionales. Isabel Quintanilla añade que ella ha vendido la mayor parte de su obra en Alemania, de manera que su lenguaje ha sido comprendido fuera.

En el grupo de estos siete artistas había tres mujeres. Quintanilla asegura que ninguna se sintió discriminada por sus compañeros. “Tampoco en la calle, cuando la gente nos ha visto pintando nuestros cuadros, hemos tenido problemas”.

Julio López Hernández asegura que esta muestra les da el lugar que merecen en la historia, un solemne cierre a unas carreras hechas en función de su manera de entender el arte.