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CRÍTICA | LA ESTUPIDEZ

Rafael Spregelburd y el teorema de Vázquez

Mediante un ejercicio de transformismo espléndido, los intérpretes de ‘La estupidez’ encadenan carambolas humorísticas

Tres horas, divididas en dos partes que producen sensaciones contrarias. A quien desconozca el teatro de Spregelburd, en La estupidez le sorprenderá la sucesión rápida de escenas sin relación aparente con la que arranca su prolija primera parte, la irrupción de nuevos personajes (24, interpretados por cinco actores) cuando aún sabemos apenas nada de los que llegaron y se fueron antes que ellos, el hecho de que a menudo dos escenas se desarrollen a la vez sin que los protagonistas de una parezcan advertir la presencia de los de la otra, y el que la escenografía única represente sucesivamente habitaciones varias de un mismo motel o de moteles diferentes próximos a Las Vegas.

LA ESTUPIDEZ

Autor: Rafael Spregelburd. Adaptación: Mónica Zavala. Madrid: Matadero, hasta el 21 de febrero. Vitoria: Teatro Principal, 26. Málaga: Teatro Cervantes, 10 y 11 de marzo. Marbella: Teatro Ciudad de Marbella, 12 de marzo. Barcelona: Sala Villarroel, del 12 de abril al 1 de mayo.

A pesar del fregolismo asombroso de los actores (que completan en un chasquido cien cambios de personaje y de hábito), agotada la sorpresa, cansado el ánimo de seguir diálogos de alta velocidad y de perseguir el sentido de múltiples acontecimientos extremos que se suceden sin tregua, uno empieza a dudar que el espectáculo vaya a parar a parte alguna, mientras evoca la actitud de los filósofos estoicos y la respuesta de Hamlet cuando le preguntan sobre el argumento de la comedia que mandó representar: “Palabras, palabras, palabras”. En ese contexto, ¡cuánto brilla y cómo se agradece el minuto largo mudo que Javi Coll llena manipulando algo escondido bajo el colchón!

Durante el descanso, temí la segunda parte como el niño con descoordinación psicomotriz teme la clase de gimnasia, pero, sorpresa, nada más comenzar, la función toma otro rumbo, las ocho escenas que la forman tienen todas mayor desarrollo, sus protagonistas cogen aire, la situaciones que viven se tornan hilarantes, los mil cabos sueltos que dejaron empiezan a atarse y el círculo de las delirantes peripecias abiertas se va cerrando, hasta el punto de parecer que esa primera parte dilatada, enredada y retórica se urdió para crear un contraste similar al que producen las escenas muertas colocadas entre otras de carácter dinámico, en ciertos espectáculos kilométricos de Pina Bausch.

Orquestados por Fernando Soto, Coll (qué vis cómica la suya), Fran Perea, Toni Acosta, Ainhoa Santamaría y Javier Márquez completan un ejercicio de transformismo espléndido, no fallan un pie en cien folios de texto picado, dan a cada personaje un carácter nítido, encadenan ahora carambolas risueñas y abiertamente humorísticas y consiguen al cabo que, aunque el texto sea puro divertimento, sintamos que valió la pena pasar la tarde con ellos.