Festival 2016

No es Eurovisión, es Eurodrama

'Objetivo Eurovisión' compitió en irrelevancia musical con esos especiales de Nochevieja de las cadenas de televisión

Ya no se recuerda la última vez que Eurovisión fue una plataforma para impulsar a verdaderos artistas musicales en España. Tal vez, todo sea dicho, nunca lo fuera. Es como intentar que Vladimir y Estragon nos dijesen el día en el que por fin llegó Godot. Pero, mientras tanto, cada año, la ceremonia musical más comentada en nuestro país se consolida entre lo intrascendente y bochornoso, incluido su programa especial Objetivo Eurovisión, que anoche rayó lo patético por su falta de gracia, por ver a los protagonistas vendiéndose con los argumentos más pobres para ir al certamen y las ridículas conexiones en directo con sus familiares.

A diferencia del año pasado, cuando se presentó sin ton ni son Amanecer de Edurne, el anunciado espacio televisivo sirvió para que un jurado y la audiencia eligiesen a nuestra canción representante entre seis candidatas. Para sorpresa de algunos, ganó Barei con Say Yay!, una composición vendida con el tapiz de pop con tempo moderno inglés, pero que muestra más pirotecnia que espíritu, que se precipita en su ansia discotequera, atropellándose en su intento por ser más efusiva y reluciente que una bola de espejo de discoteca ebria de fiesta.

También es verdad que el resto de candidatas no mejoraban el producto. Poco se puede decir de Salvador Beltrán o Electric Nana, que parecía salida de una campaña publicitaria de gran almacén, aunque, cuando citó entre sus influencias a Beatles, Marvin Gaye o AC/DC, fue como si hubiese dicho que había pasado las últimas vacaciones en Saturno, Júpiter y Plutón. Y nada se puede sostener de Xuso Jones, Maverick y María Isabel, quienes recibieron, al menos, como los demás, las ovaciones del público en el programa, aunque estas fueran como las sonrisas enlatadas.

Eurovisión busca audiencia fácil, cómoda, apelando a la competición propia de una Eurocopa de fútbol

Estos tres últimos, conviene apuntarlo, contaban detrás con gente de peso respaldando sus canciones en las labores de producción o composición. A Xuso Jones le respaldaba el trabajo de los productores suecos Andreas Öhrn y Peter Boström, los mismos que trabajaron con Edurne en Amanecer, expertos en colar composiciones en Eurovisión y reconocidos por el tema Euphoria de la sueca Loreen, que venció en el festival europeo en 2012. Maverick se apoyó en Juan Magán, dj y productor de categoría internacional, impulsor del electro latino. Y María Isabel hizo lo propio con David Santisteban, que ha colaborado con un buen catálogo de intérpretes como David Bisbal, David DeMaría, Pastora Soler o Gisela. Todos estos pesos pesados de la industria, vendidos por sus agencias y discográficas como referentes artísticos, son, sencillamente, algunos de los nombres más sobrevalorados del mundo de la música. Pongan los adjetivos que quieran, pero la música que perdura en el tiempo va por otros derroteros.

Anoche, Objetivo Eurovisión compitió en irrelevancia musical con esos especiales de Nochevieja de las cadenas de televisión. Faltaron las serpentinas. Pero todo este entramado, alimentado durante días, forma parte de lo que significa Eurovisión, un evento que, si tuvo un auténtico pasado musical, ya no se recuerda. El festival europeo de la canción (aunque hayan desfilado Azerbaiyán o Australia en ediciones recientes) es desde hace mucho tiempo un verdadero evento televisivo, un concurso interno entre las televisiones europeas, que imponen sus normas. Y, como tal, es un evento que busca espectáculo. En otras palabras, busca audiencia fácil, cómoda, apelando a la competición propia de una Eurocopa de fútbol y a la nostalgia de una cita de entretenimiento con familiares y amigos.

Nada reprochable si no fuera porque, desde la televisión pública y otras plataformas, intentan hacernos pasar Eurovisión como la gran fiesta de la música, la gran lanzadera de los artistas españoles. Ni por asomo. Ni de lejos. Ni aunque lo digan los altos despachos de las grandes discográficas o lo programen cada mañana las radiofórmulas. En un país que soporta todavía un 21% de IVA cultural, que ve cómo cierran cada año más salas de conciertos, que está plagado de sellos y promotores intentando salir adelante y al que musicalmente se le reconoce por encima de todo por festivales de iniciativa privada y auténtica marca como el Primavera Sound, el Sónar, el Cante de las Minas, el Sonorama, el Viñarock, el DCode o el Azkena, este evento, vendido a bombo y platillo por la televisión pública, que carece de espacios musicales de actualidad en su parrilla, es en realidad un Eurodrama.

Más allá de que uno piense que artistas como Soleá Morente, El Niño de Elche, Toundra, Jacobo Serra, Los Chicos, Alberto Montero o Fabián, podrían representar a España en el extranjero mucho mejor que cualquiera de estos candidatos, todo lo que mueve a Eurovisión, al menos en este país que vio nacer a Camarón de la Isla, Paco de Lucía, Enrique Morente, Pepe Risi, Enrique Urquijo, Sergio Algora y Antonio Vega, es marketing. Gustará a muchos, pues para eso están los colores, pero, si esto fuera exportar a la Barei y compañía de nuestro cine, literatura o teatro, otros tantos implicados se llevarían las manos a la cabeza. No les haría ninguna gracia. Y lo verían como lo que es: un Eurodrama. O un mal chiste.

Más información