ENTREVISTA

Félix de Azúa: “Está muy mal visto ser viejo”

El escritor se sirve del género histórico para contar el fracaso de proyectos disparatados en Mansura, obra en la que halló su voz y que ha sido rescatada en una sobria edición

En medio de una de las muchas refriegas que se relatan en Mansura, uno de los combatientes más valerosos entra de pronto en acción y consigue correr a los turcos como a borregos. “Flotaba sobre sus enemigos como el ángel de la muerte, y sus mandobles parecían lentos y despaciosos. Era como si matase por distracción”. La novela tiene esa prodigiosa ligereza con la que Félix de Azúa se embarcó a contar una disparatada cruzada en el año 1248 y el Reino de Redonda, del que el escritor es duque de Mansura desde el año pasado, la ha rescatado en una elegante y sobria edición.

PREGUNTA. ¿Por qué la considera su primera novela?

RESPUESTA. Ya había publicado una trilogía, Las lecciones, pero aquellas novelas estaban demasiado influidas por el noveau roman y plantean unas exigencias al lector que me parecen excesivas. Me di cuenta de que no quería seguir por ese camino y pensé que igual merecía la pena volver a un género por completo obsoleto, el de la novela histórica. Estamos hablando de los años ochenta y, en esa época, la novela histórica sólo se leía en las peluquerías de señoras.

P. ¿Cómo se anima a dar un salto tan grande?

R. Por aquel entonces estaba yo fascinado con dos cosas. Una, los ensayos sobre el lenguaje militar de la Edad Media y el Renacimiento de Martín de Riquer, el medievalista más grande de Europa. La otra, las crónicas medievales. Son auténticas novelas de aventuras, pero que cuentan episodios que han ocurrido de verdad. Ahí está, por ejemplo, la de Ramon Muntaner. Se ocupa de una expedición de catalanes que acudieron en auxilio del emperador de Bizancio y les gustó tanto la zona de Grecia donde estaban que decidieron quedarse. Ya entonces los catalanes eran un poco así, por lo que fundaron una monarquía que se llamaba Neopatria. Es una historia deliciosa, y está maravillosamente narrada por Muntaner. De ahí me vino la idea de una cruzada de catalanes en Oriente.

P. La deuda que reconoce, sin embargo, es con Jean de Joinville.

R. Tomé como andamiaje su crónica sobre la cruzada del rey san Luis, que es una bellísima narración. Yo estaba iniciando por aquellos días una nueva vida, y quería dar testimonio de mi generación, los que rondábamos los 40 años. También habíamos hecho una cruzada: comunismo, drogas, sexo a gogó, viajes a lugares condenados al desastre, comunas…, todo aquel mundo de los años setenta, y habíamos fracasado en cada una de estas empresas exactamente igual que los cruzados fracasaron desde el primer día de su llegada a Tierra Santa. Esa era la alegoría. También nosotros caímos en una locura parecida a la de los cristianos. También nosotros íbamos por el mundo diciendo que había que ser comunista, que tenías que acostarte con la mujer de tu mejor amigo, que había que tomar LSD y tirarse por una ventana. Cosas de esas. Mansura es un poco eso: la alegoría de ese fracaso.

“También nosotros hicimos una cruzada: comunismo, drogas, sexo a gogó, viajes locos, comunas… Y fracasamos”

P. Aquella fue una época de grandes cambios políticos y culturales.

R. Cien años de soledad, de García Márquez, apareció en el setenta y pico en España. Yo trabajaba entonces en la editorial de Carlos Barral, que rechazó publicarla: le pareció una novela casi un poco juvenil. El primero en defenderla, en aquel medio tan de izquierdas y de alta literatura, fue Salvador Clotas. Fue como si nos hubiera dado permiso para que nos gustara, y se convirtió en una revolución.

P. ¡Auténticos árbitros del buen gusto!

R. Cualquier cosa que se convertía en popular era mirada con sospecha. Y es que habrá que decirlo alguna vez: nosotros, como la mayor parte de la oposición al franquismo, no éramos demócratas. Los demócratas eran los de UCD, a nosotros nos daba risa la democracia. Por darnos risa, nos daba risa incluso el socialismo. Entre los años 1976 y 1980 fue eso lo que cambió. Buena parte de la izquierda se dio cuenta de que era un camino equivocado, que no hacía sino prolongar el franquismo, y entonces todo el mundo empezó a hacer profundos estudios de democracia para convertirse en demócrata y llegar a ministro. Ése fue el cambio. El arte no puede ser elitista, no puede ir dirigido a una minoría, porque eso es traicionar la esencia misma del arte y, sobre todo, te lleva a considerar (esta cosa insoportable de la izquierda) que todo el mundo es idiota menos nosotros.

P. Esto del idiota me resulta familiar.

R. Poco después de Mansura vino la Historia del idiota, que es exactamente el mismo libro. La historia de un fracaso. Hay una continuidad, y yo diría que se trata del desen­gaño absoluto por todo lo colectivista, lo gregario, lo masivo, las ideologías de masas. Y un humilde intento de empezar una carrera individual. Intentar saber si es posible ser un individuo.

"El arte no puede ser elitista, no puede ir dirigido a una minoría, porque eso es traicionar la esencia misma del arte"

P. ¿Y cómo ve las cosas en este momento?

R. La vida es como una obra de teatro en tres actos. El primero es sensacional, ya hemos hablado de él, y en la actualidad viene a durar hasta los 40 años. Luego viene el momento de responsabilizarse de algo: ya no puedes seguir bailando todos los días. Esto dura un poco menos, unos 25. Y el tercero, el que me toca ahora, es donde resulta más difícil actuar. Porque es dificilísimo mantener la dignidad. Sobre todo en esta sociedad donde la vejez es casi una enfermedad. Está muy mal visto ser viejo, es algo muy feo; para la sociedad, claro, no para el viejo. Pobre hombre. Y ocurren cosas espantosas. Tengo amigos de mi edad que siguen llevando unos tejanos y pendientes y se hacen piercings en un desesperado intento por no llegar al tercer acto. Se mueren en el segundo, como en las malas obras.

P. ¿De qué va ese último acto?

R. Si has vivido con cierta honradez, eso quiere decir que te has preocupado por aprender algunas cosas. Los viejos sabemos cosas y a veces son muy interesantes. Lo difícil es exponerlas sin arrogancia, con toda la claridad posible y sin dar lecciones inútiles.

P. ¿Cuál es entonces su plan?

R. En cuanto termine lo que llevo encima, hacia mayo, me voy a dar un año sabático para escribir la cuarta falsa autobiografía. Es la última, donde voy a matar al personaje. Es puro tercer acto. Voy a tratar de exponer, de la manera más serena posible, y agradable, en qué consiste eso de estar igual que en el poema: como las hojas de los árboles en otoño. A punto de caer.