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“Saber cuándo me iba a morir me liberaba de la incertidumbre”

El guitarrista de blues rock celebra con conciertos la superación de un cáncer terminal

El guitarrista la pasada semana en Barcelona. Gianluca Battista

Johnson Wilko Johnson debería estar muerto, pero aparece jovial por la puerta del hotel barcelonés en el que se hospeda. Le acompaña, más menudo, unos metros más abajo, Norman Watt-Roy, el bajista-escudero de Ian Dury, que de no ser inglés sería palmero en un tablao. También sonríe. Festival de risas, Wilko Johnson sigue vivo y vive en los escenarios, probablemente responsables de que hoy siga tocando Back In The Night por esos mundos de dios: “Me diagnosticaron un cáncer terminal que acabaría conmigo en diez meses, antes si no me sometía a tratamiento. Yo quería vivir bien lo que me restase, así que seguí tocando. Y aquí estoy”.

Por si su jovial tono de voz no indicase suficiente alegría, Wilko, traje negro, camisa blanca, extiende expansivo los brazos, sonríe abiertamente como el abuelo que acaba de sorprender a su nieto y abre exageradamente los ojos para mostrar que ellos también se carcajean. Fue diagnosticado en 2012 y dos años después declaró haber vencido la enfermedad. Su odisea la cuenta The Ectasy Of Wilko Johnson, un documental de Julien Temple. “Todavía me cuesta creer que el señor que allí aparece continúe vivo”, desliza Wilko, volviendo a abrir los brazos. Parece un niño con una vida nueva.

En ‘schock

“Cuando me dijeron que moriría entré en shock, perdí la capacidad de reacción”, recuerda el que fuera guitarrista de los simpar Dr. Feelgood. “Pero como no sentía dolor estaba tan bien. Miré los árboles y al cielo y me inundó la vida, pensé en que había cosas muy hermosas. Puede que fuese una forma de positivar la situación”. ¿Y qué es lo primero que quiso hacer además de seguir tocando? “Ir a Japón, donde tengo muy buenos fans. Pensé que podía iniciar allí mi despedida de los escenarios. Cuando en el último bis decía adiós con el Johnny B Goode, realmente me estaba despidiendo para siempre”. ¿Y notó si el público le iba a ver por morbo?, “Bueno, alguno debía de haber”, asegura Wilko, “pero la mayoría simplemente fueron a despedirse. Y pasaron cosas hermosas, como el día en el que tocamos en el festival Fuji, donde había estado lloviendo copiosamente, y justo cuando salimos al escenario se abrió cielo y los rayos de luz lo iluminaron. Fue mágico” El brillo de sus ojos no miente, debió serlo.

"Saber cuándo me iba a morir me liberaba de la incertidumbre

Pese a su aspecto fiero, no en vano encarnó al verdugo Ilyn Payne en Juego de Tronos, Wilko es emotivo y una persona positiva. Tal y como explica en el excelente documental de Temple. “Saber cuándo me iba a morir me liberaba de esa incertidumbre que acosa a los demás humanos”, afirma. Lo que conduce a preguntarle cómo se siente ahora, cuando de nuevo ignora cuándo y de qué morirá. “Es extraño porque estoy volviendo poco a poco al mundo de los normales, estoy bajando de las nubes en las que vivía mientras pensaba que iba a morir, pero no es un proceso rápido. Además, como me dijo un amigo, antes tenía la suerte de saber que no iba a envejecer”, suelta con una carcajada que hace temblar la crema de su café con leche. ¿Y el público y sus allegados le trataban como a un enfermo? “Yo no me sentía enfermo, sabía que lo estaba, pero sólo percibía que el tumor me abultaba el vientre, y al vivir con normalidad no me trataban como a un paciente. Mi hijo es mi manager y le decía que había que reparar tal o cual cosa de casa antes de morirme y la gente me decía que no se lo dijese con tanta frialdad, que era mi hijo, que yo podía tener clara mi muerte pero que no todos lo vivían así. Hace diez años mi mujer murió de cáncer, habíamos estado juntos 40 años, y aún la añoro, aún la amo. Lo peor es no poder hacer nada por quien ves que se está muriendo. Eso es casi peor que saber que tú tienes cáncer”. ¿No sentía miedo a morir? “No le temo a la muerte, lo que temo es el acto de morirme”.

Y Wilko Johnnson siguió tocando por el mundo, despidiéndose. El disco conjunto con Roger Daltrey, Going back home, es un poco hijo de la enfermedad. “Era un proyecto antiguo”, rememora Wilko, “pero con la enfermedad le dije a Roger que había que grabarlo ya”. Y ríe.

“Resultó que el turmor era operable. Me lo extrajeron. Pesó 3 kilos”

La vida siguió y un día, en un backstage, un cirujano que además es fotógrafo le interpeló. “Me dijo que era raro que el tumor, enorme ya, no me hubiese matado. Me sugirió ir a Cambridge a hacer unos análisis y resultó que el tumor era operable. Y me lo extrajeron. Pesó 3 kilos”. Luego, la música le salvó la vida, de no seguir tocando igual hubiese muerto. “No”, responde Wilko de inmediato. “Me salvaron los doctores”, añade. ¿Pero usted sigue creyendo en los doctores? “Por supuesto, creí al que me dijo que moriría y creí al que me dijo que sanaría”. ¿Y no va a contar esta experiencia con nuevas canciones? “No, empecé a escribir música y sólo me salían letras de relojes en cuenta atrás. Prefiero escribir mis memorias, que es lo que estoy haciendo”.