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EL CORREO DEL ZAR

Mujeres de corazón helado

Mi mujer de explorador polar favorita es Kathleen Scott, la esposa del célebre capitán Robert Falcon Scott, el hombre que se dejó la vida en la carrera al Polo Sur. Kathleen, née Bruce (su familia descendía de Robert the Bruce, rey de Escocia), era una mujer de temperamento, aventurera y de bonitos ojos azules. Reputada escultora, fue amiga de Rodin, de Isadora Duncan, de J. M. Barrie y de Bernard Shaw. Había probado el opio y utilizaba modelos masculinos desnudos, lo que ahora nos traerá al pairo pero en su eduardiana época hacía arquear más de una ceja. Estaba considerada una de las mujeres peor vestidas de su tiempo y sin embargo los hombres —que siempre hemos sabido mirar más allá de la ropa— la encontraban enormemente atractiva. Mientras su marido se medía heroicamente con las frías soledades antárticas, Kathleen tuvo un tórrido romance con Fridtjof Nansen, otro de los grandes exploradores polares. A la vista de su gusto en materia de hombres uno diría que su postre preferido era el sorbete. Algunos historiadores dudan de que Kathleen y Nansen pasaran a mayores pero eso me parece incompatible, además de con la naturaleza humana, con la incandescencia que desprenden las cartas del noruego, capaces de fundir un iceberg. En fin, mi atracción por Kathleen no radica (solo) en esos asuntos sino en detalles de su biografía como que una vez ayudó a desenterrar un sarcófago con tres momias.

Decía que mi mujer favorita de explorador polar es Kathleen Scott (para un compendio de las más conocidas, entre ellas las de Shackleton y Franklin, véase Heart of the hero, the remarkable women who inspired the great polar explorers, de Kari Herbert), pero entiendo y comparto —y más después de ver su conmovedora y bellísima película Nadie quiere la noche— la atracción de Isabel Coixet por Josephine (Jo) Peary, la esposa de Robert E. Peary. Todo lo que cuenta la cineasta de esa valiente mujer en su película, incluidas las congeladas enaguas de Juliette Binoche, es cierto, con alguna licencia narrativa. En realidad, no fue en un iglú donde Josephine pasó un invierno ártico con una joven esquimal (ahora diríamos inuit) embarazada de su marido, que ya es lío. Fue, en condiciones no mucho mejores, en el barco Windward atrapado por el hielo en Payor Harbour, Groenlandia. La chica esquimal se llamaba Aleqasina y el pillo explorador había iniciado la relación cuando ella era menor. Sobrevivió para tener otros tres hijos, incluido un segundo ilegítimo de Peary, esa joya de hombre. Y es que Jo se casó con el explorador polar humanamente más deplorable. Si todos sus colegas fueron como él hombres obsesionados con las conquistas (polares) y consagrados a sus carreras —un patrón muy masculino, cierto, solo falta el fútbol—, Peary fue además un déspota ególatra y racista. Jo se lo aguantó todo y participó en sus expediciones, comiendo foca y disparando, con notable puntería, a las morsas hostiles. Pero uno piensa que en contacto con la fría y egoísta voluntad de su marido, hacía tiempo que a ella el corazón —y no solo los pies— se le había helado.