UNIVERSOS PARALELOS

El final de una era

La muerte de Bowie recuerda que se están extinguiendo las auténticas estrellas del rock

Un mes después, todavía intentamos buscar sentido a lo ocurrido tras la muerte de David Bowie. Entender la conmoción general, la intensidad de la respuesta, la universalidad del impacto que causó la noticia.

Podríamos recurrir a la confluencia de vectores. Para más de una generación, Bowie encarnó la liberación sexual. Tuvo su respetable carrera cinematográfica; la gran pantalla literalmente amplificó su belleza y su misterio. Fue una celebrity, casado incluso con una modelo, como mandan los tópicos. Sobre todo, ejerció de estrella del pop (y más aún, del rock).

Las estrellas cumplen funciones simbólicas, incluso en su desaparición. Bowie esquivó esa trampa moralista por lo repentino de su defunción, por el sigilo de sus últimos años; en todo caso, ofreció un modelo de bien morir. Nos hemos habituado a convivir con el deterioro de figuras queridas. Nadie podía sorprenderse con el fallecimiento de B. B. King, con 89 años, tras arrastrar su deterioro por los escenarios del mundo entero. Lo de Michael Jackson, 50 años, pudo ser sorpresivo pero llevaba dos décadas exhibiendo una decadencia espiritual y financiera; su partida nos evitó mayores decepciones. Felizmente, Elvis Presley se marchó en 1977, sin conocer la era en que los semidioses viven bajo el microscopio y son juzgados cada minuto.

El óbito de Bowie, con 69 años, avisa del próximo eclipse de los protagonistas de la Década Prodigiosa. Más pronto que tarde, se irán Dylan y Joan Baez, McCartney y Ringo, Jagger y Richards, Jimmy Page y Robert Plant, Pete Townshend y Roger Daltrey, Eric Clapton y Jeff Beck.

No quisiera adelantarme, claro. Todavía coexistimos con prodigios de longevidad: se mantienen algunos de sus padres putativos (Chuck Berry, Jerry Lee Lewis, Fats Domino, Little Richard). Aunque estos pioneros no derivan su carisma de la identificación con las virtudes y los excesos de la juventud insurgente; ellos no pretendían hacer la Revolución.

Los cabecillas de la Generación Rock sí articularon, aunque fuera fugazmente, la urgencia de una revolución metafórica, una transformación social, una renovación de los estilos de vida. Y se lograron bastantes de sus objetivos, gracias al arrojo de muchos de sus seguidores, embriagados por las certezas de la edad.

Desde hace tiempo, los medios juegan a entronizar como las actuales Estrellas del Rock a practicantes de otros oficios. Por lo que ahora recuerdo, así han sido considerados los diseñadores, los humoristas, los emprendedores digitales, los futbolistas, los DJs y, en tiempos recientes, hasta algunos políticos.

Pero hemos necesitado el deceso de Bowie para comprender que se están extinguiendo las auténticas estrellas del rock. Atención: eso nada tiene que ver con la calidad de la música del presente. Tampoco se refiere a esas parodias de rock stars, pura pose, que ahora llenan festivales.

No. Están sucumbiendo las estrellas que tuvieron resonancia global, que retrataron un tiempo turbulento con sus canciones, que estuvieron al frente de un ejército invisible. Y los antiguos reclutas, los miembros de esa tropa, saben que las campanas de hoy también suenan por ellos.