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“Mientras no haya pancartas reclamando libros vamos mal”

Exigente crítico de poesía, director del Instituto Cervantes, exdirector de la RAE. Califica el uso de la lengua hoy de zarrapastroso

Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes. Carlos Rosillo

O sea que hablamos fatal. Depende de quién. Una gran parte de la población habla descuidadamente. Y no solo eso. Doña Emilia Pardo Bazán cuenta en Insolación que en ese tiempo se había puesto de modo hablar mal en español. Recuerdo que Rafael Lapesa, tan cuidadoso, le gritó a un motorista: “¡Imprudente!” Le pregunté por qué su generación hablaba así. Fue porque se educó en la Institución Libre de Enseñanza. El modo de hablar traduce la educación. Y la ILE, decía Lapesa, les inculcó el cuidado del lenguaje. Hoy se ha puesto de moda, como cuando Pardo Bazán, el hablar zarrapastroso.

De unas y de otros. No hay diferencia en cuanto soltar tacos entre hombres y mujeres. No estamos en una época histórica en la que se cuide a la lengua, sabiendo, como nos recordaba hace poco Ferlosio en BABELIA, que la lengua es la que nos hace.

¿Qué consecuencias tiene en la calidad de la conversación? Pues que rebaja el nivel, cierra los cauces para un discurso abierto al matiz, a la reflexión, a la crítica, a la racionalidad. Se entra en la espontaneidad vulgar, en la afirmación machista, sea hombre o mujer quien hable.

Es, pues, un tema de educación… Hoy hay un problema en la enseñanza media; alumnos míos que son catedráticos de Instituto están suspirando por marcharse: no soportan lo que está ocurriendo en esos centros. Se ha roto el necesario nivel profesor-alumno, está invadiendo la mala educación y se escapan de profesores. Preocupante.

¿Cómo se podría atajar? Se ha perdido el respeto al profesor. Vendrá otra época; no soy pesimista. Nos ha tocado vivir como a finales del XIX. Hay que crear esa conciencia en los padres, retornar a un orden civilizado, crear buenos ciudadanos, restablecer el coloquio profesor-alumno en el que se educó Lapesa.

Contribuye la ausencia de hábito de la lectura. Estamos en una civilización visual; la televisión quita espacio a la lectura. Se ha perdido el cuidado que proclamaba Nietzsche: “el lector ha de tratar con dedos suaves lo que está leyendo…” El ambiente cultural conspira contra eso.

Quitan horas de lectura, quitan la filosofía… Pero no hay protestas, como cuando quitan los toros. Estamos en una época en la que el nivel de exigencia de cultura ha bajado. Hasta que no haya gente con pancartas, “¡Venimos a defender el libro!”, no vamos por buen camino.

En el descuido participa el Estado. ¿No le alarma? Muchísimo. La enseñanza pública tiene que dar el tono, lo digo desde mi respeto por la enseñanza privada. De la pública debe venir la exigencia…

Ya debe estar alarmado para que una persona que mide tanto como usted las palabras haya llegado al adjetivo zarrapastroso… Gracias a los dioses hay excepciones; pero el conjunto indica que estamos en una situación de pérdida de nivel en el ámbito humanístico.

¿La alarma la trasladaría al debate político? También. El ciudadano no es solo quien tiene unas ideas políticas básicas… Es aquel que tiene una capacidad de juicio. El problema de hablar afecta a la libertad; quien habla mejor defiende mejor sus ideas, sabe discriminar lo que oye. Lo que hablando de políticos de la Roma clásica decía Juan de Lucena: con los tres dedos que se escribe se sirve mejor a la cosa pública que con los dos puños con que se pronuncian los discursos en el foro…

Ahora se abrevia todo. ¿Llegaremos a enmudecer? Sería dramático, significaría una rebaja, una pérdida de lo que es la humanidad. El animal que habla y razona, crea afectos, sensibilidades. Si entráramos en un lugar de mudez o de simples berridos, sería una catástrofe.