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CRÍTICA | CLÁSICA

Sentir lo escrito

Inolvidable recital del pianista Maurizio Pollini en el Teatro Real

“En una ocasión una señora me preguntó a qué tendencia pertenecía, a los que tocan como está escrito o a los que lo hacen como sienten”. El pianista Artur Schnabel recoge esta anécdota dentro de su libro póstumo My Life and Music (1961). Su respuesta serviría hoy a Maurizio Pollini (Milán, 1942): “¿No puedo pertenecer a los que sienten como está escrito?”. El legendario pianista italiano siempre ha defendido, citando precisamente a Schnabel, el valor intrínseco de la obra musical por encima de cualquier interpretación. Es, eminentemente, un “lector”, tal como lo retrata el historiador del piano Piero Rattalino. Profesa una destreza musical única que permite a unos escuchar en un mismo recital profundidad intelectual y a otros fría pirotecnia. La efectividad musical de sus interpretaciones resulta asombrosa. Su técnica obra el milagro de que nos olvidemos de la técnica.

Obras de Schumann y Chopin. Maurizio Pollini (piano). La Filarmónica. Teatro Real. 27 de enero.

Pollini regresaba a Madrid para cumplir con su concierto cancelado el pasado abril por una inoportuna tendinitis. Volvía para plantear otro recital inolvidable en el Teatro Real. Quizá un nuevo reto. Desde luego otra lección magistral como pianista e intelectual. Si en junio de 2013 fue Chopin-Debussy ahora se decantó por Schumann-Chopin. En el primer caso lo sustentaba en la reivindicación póstuma del compositor polaco que encabezó Debussy a comienzos del siglo XX, en el segundo lo hacía en su natural descubrimiento coetáneo por Schumann desde las páginas del Neue Zeitschrift für Musik, tal y como recuerda Luis Gago en sus excelentes notas al programa. Schumann y Chopin son poetas, mientras Pollini actúa como ideal recitador de sus versos.

Fiel a su estilo, el pianista italiano combinó en el programa obras bien conocidas con extrañas afinidades. Como defensor de la vanguardia, a Pollini le atraen las composiciones que plantean caminos insospechados o viajes a ninguna parte. Buen ejemplo de ello fue el Allegro en Si menor, op. 8, que abrió la primera parte íntegramente dedicada a Schumann. Le sirvió como exordio al discurso poético en que convirtió la Fantasía, op. 17, cuyo primer movimiento fue una de las cimas musicales de la noche. Toda una lección de articulación rítmica y transparencia en el fraseo, que convivió con la cualidad vocal y retórica, con la tensión y la fantasía. La cuadratura del círculo schumanniano.

La segunda parte dedicada a Chopin fue a más, si cabe. Se abrió con una Barcarola, op. 60, “dicha” o “cantada” con resabios transalpinos. El pianista italiano reivindicó, no obstante, un Chopin más progresivo y menos sentimental, más díscolo y libre que expresivo, algo evidente al programar los dos nocturnos, op. 55, y, especialmente, la Polonesa-Fantasía, op. 61. Ésta última pieza, donde Chopin explora por acumulación aspectos musicales que no vivió para desarrollar, fue la otra cima de la noche. El guante a medida para el intelecto de Pollini.

El programa oficial culminó con una vuelta al Chopin más popular, la Balada n° 1, op. 23, pero también quizá menos interesante en manos del pianista italiano. Al final correspondió a los aplausos del público con dos propinas chopinianas: el Scherzo n° 3, op. 39, precedido por una sensacional versión del Estudio, op. 10 n° 12, “Revolucionario”. Fue un colofón pero también un corolario de la famosa frase de Schumann por boca de Eusebius: “Más un poema que un estudio”.