La Biblia, pero no toda...

Las películas basadas en los textos sagrados han vuelto a ser fuente de inspiración para el cine

Desde que en 1913 se impuso una prohibición para construir cines a menos de 60 metros de una iglesia en algunos territorios de Estados Unidos, ha llovido mucho en las relaciones entre la industria cinematográfica y el cristianismo. Pasados esos primeros momentos, el cine, y no solo el estadounidense, abrazó la fe con fuerza. Posiblemente, la Biblia es la mayor cantera de guiones que ha visto la historia, si se exceptúa a William Shakespeare: historias y personajes más grandes que la vida misma, batallas y acción, complejas intrigas familiares y una cronología conocida para mucha gente. “Denme un par de páginas de la Biblia y les haré una película”, decía Cecil B. De Mille, cuyo cine, más espectáculo que religión, fijó el universo bíblico en las retinas de los espectadores mucho más que las páginas del catecismo, gracias a sus hordas de gladiadores, orgías sobreentendidas y dosis ingentes de Vista Visión, los míticos péplums.

 

 

Ya los inventores del cine, los hermanos Lumiére, rodaron una película sobre la muerte de Jesucristo y realizadores como David W. Griffith abordaron el tema en uno de los capítulos de Intolerancia (1916), desde una perspectiva austera y casi sobrenatural, pero es en el Hollywood de los 40 y los 50 donde el cine bíblico echa raíces, aunque intermitentes y de fortaleza irregular, según las décadas, sobre todo con De Milley sus Diez Mandamientos (1956) en los que transformó a Moisés, un impactante Charlton Heston, en casi una estrella del rock. Otros éxitos que arrasaron en taquilla fueron Sansón y Dalila (1949), Quo vadis? (1951), La túnica sagrada (1953),  Salómon y la Reina de Saba (1959) o Ben Hur (1959). Terminada la guerra, la obsesión de la industria era lograr que los espectadores apagaran el televisor de su casa y acudieran al cine, para lo que no importaba incluso forzar un poco la palabra de dios y trastocar o cambiar algunos hechos, como por otra parte ocurre muchas veces. Pero no todos estos blockbusters bíblicos tuvieron la misma fortuna. Por ejemplo, La historia más grande jamás contada (1965) se estrelló con público y crítica y ese fracaso hizo que Hollywood abandonara el gran libro en las siguientes décadas, salvo excepciones.

En cambio en Europa, proliferaron versiones menos canónicas del libro de libros: El Evangelio según San Mateo (1964) en la que Pier Paolo Pasolini cuenta la vida de Jesús desde una perspectiva gay y marxista, para escándalo de la época, o la irreverente La vida de Brian (1979) más bien una sátira desternillante sobre la religión, pero en la que abundan los guiños al Hollywood clásico. Los Monty Python hicieron caja para la época (20 millones de dólares sólo en su estreno en EE UU), igual que Norman Jewison con la versión cinematográfica de Jesucristo Superstar (24 millones en su estreno en 1973), pero no puede decirse que fueran muy ortodoxas.

Hubo que esperar al efecto Gibson con La pasión de Cristo (más de 600 millones de dólares recaudados en su estreno en 2004), espoleado por el conservadurismo que se vivía en Estados Unidos, para que volviese a despertarse el interés de los estudios por este género (La última tentación de Cristo, de Scorsese, de 1988, generó protestas, quemas de cines y hasta juicios y eso que no estaba basada en los textos bíblicos ). A partir de ahí, en los últimos años se mezclan obras maestras con auténticas mediocridades como Exodus, de Ridley Scott, o  Noé, de Darren Aronofsky que recaudó millones en todo el mundo en 2014, un año en el que hubo avalancha de películas religiosas tras el éxito de la serie televisiva La Biblia del Canal History, que fue vista por 14 millones de espectadores, y cuya exhibición fue prohibida en varios países musulmanes. Parece que por el momento, el péplum está de moda, quizá de la mano del aumento del peso de la religión en todo el planeta.

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