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Tiempos modernos

Christie ha optado por un enfoque modernizador y casi divulgativo en la obra Monsieur de Pourceaugnac

MONSIEUR DE POURCEAUGNAC

Música de Jean-Baptiste Lully. Les Arts Florissants. Dirección musical: William Christie. Dirección escénica: Clément Hervieu-Léger. Teatros del Canal, hasta el 23 de enero.

Quienes estuvieran en el Teatro de la Zarzuela en febrero de 1992 difícilmente habrán olvidado aquellas representaciones de Atys de Lully que ofreció William Christie al frente de Les Arts Florissants. Como una revelación, la ópera barroca francesa se mostró ante nuestros ojos más de tres siglos después como si el tiempo no hubiera transcurrido, en lo más parecido a lo que debió de ser su estado prístino, con decorados, coreografía, vestuario, gestualidad, maneras e instrumentos que parecían haber viajado casi intactos a través de un misterioso túnel del tiempo. Aquello fue “musicología en acción” en su acepción más pura y aquel espectáculo, por supuesto, marcó una época.

Ahora, casi un cuarto de siglo después, el más afrancesado de los músicos estadounidenses ha vuelto a recalar en Madrid con música de aquel “joli petit Italien” que había solicitado Mademoiselle de Montpensier al Chevalier de Guise y que dejó también su país natal para hacer de París su hogar. En apenas quince años pasó de ser chico para todo en la cocina de “la Grande Mademoiselle” a ocupar el más alto cargo musical en la corte de “le Grand Monarque”, el musical y dicharachero Luis XIV: nada menos que “Compositeur et Surintendant de la Musique de la Chambre du Roi”. El pequeño Giovanni Battista Lulli se había transformado, casi en un abrir y cerrar de ojos, en “l’incomparable Lully”.

Al contrario que Le bourgeois gentilhomme, este Monsieur de Pourceaugnac raramente se interpreta, aunque ahora ha quedado patente que esta otra comédie-ballet de la legendaria pareja formada por “les deux Baptiste” (Molière y Lully) es notablemente inferior tanto en calidad e ingenio literario como en valores estrictamente musicales. Quizá por ello Christie ha optado por un enfoque modernizador y casi divulgativo: nada es por ello como fue en 1992, pues todo se ha remozado, algunos instrumentos incluidos (como las rechiflas que producen los flautistas), transformando aquel espectáculo cortesano que ofreció Luis XIV en su castillo de Chambord en 1669 en una moderna farsa. El texto se respeta casi en su integridad, aunque se han incluido licencias para hacerlo supuestamente más gracioso y actual, como la transformación de un personaje flamenco (de Flandes) en el original en un sevillano aflamencado, traje de luces y capote incluidos. El delicado humor de Molière se tiñe a veces de un barniz chusco y demasiado primario: todo lo que en Atys fue equilibrio, calma y contención se torna aquí exceso, premura y frenesí, y no basta el paso de tragedia a comedia para justificar tal abismo.

Ausentes los ballets, recortados los escasos números musicales (sobre todo al final del tercer acto), el reparto está dominado por completo por los actores, entre los que destacaron la Nérine de Clémence Boué (peor cuando el director la obliga al desafuero) y el personaje protagonista, interpretado con la comicidad justa y sutiles matices tragicómicos por Gilles Privat: no es nada fácil ser el constante hazmerreír y el objeto de incansable escarnio por parte de todos, con ridículo travestismo femenino incluido. Fue muy decepcionante, en cambio, la prestación del pequeño grupo instrumental, con dos violinistas raramente conjuntadas (y a menudo desafinadas), una percusión altisonante e intrusiva y —modernidad manda— un clave que sonó incluso amplificado. Menos mal que el joven pero ya muy experimentado Thomas Dunford supo destilar aquí y allá con su tiorba esencias auténticamente barrocas: sus detalles musicales fueron con mucho lo mejor de la noche.

De Christie y de su fabuloso respaldo artístico y financiero cabía esperar un espectáculo mejor concebido y realizado con menos brocha gorda, pero su reciente –y difícilmente comprensible– doblete Lully/Rameau con la Orquesta Nacional de España corrobora que ahora impera el dinero fácil. Aquel Atys, como el magistral Le bourgeois gentilhomme que haría años después Vincent Dumestre siguiendo su estela, serán recordados siempre. Este Monsieur de Pourceaugnac, en cambio, difícilmente sobrevivirá al eco de las escasas risas que provoca.