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Los Chichos y la era del postureo

Primavera Sound logra 'epatar' con la contratación del veterano grupo rumbero

Los Chichos. Vídeo: Primavera Sound 2016

Ha sido una jugada perfecta, oiga. El festival Primavera Sound anuncia su cartel y las redes se han puesto al rojo vivo a partir de un detalle aparentemente trivial: la inclusión de Los Chichos. De principio, nadie puede objetar nada: se justifica con las invocaciones de los organizadores a “la diversidad musical”.

Apunten más argumentos respetables: ampliar el horizonte sonoro de la tropa hipster, la reparación de una injusticia histórica, la reivindicación de la rumba suburbial. A continuación, borren tranquilamente esas excusas. Recuerden: la estética que encarnaban Los Chichos ya llegó a los museos en 2009 (Quinquis de los 80, inaugurada en el CCCB). Simbólicamente, fueron celebrados en El del medio de los Chichos, uno de los primeros éxitos de Estopa en 1999. Y también conviene precisar su grado de marginación.

Cierto es que, durante sus inicios, los medios escritos prestaban poca atención a las músicas más raciales. Fue el poeta José Miguel Ullán, entonces colaborador de EL PAÍS, quién rompió el tabú, con unas evocaciones líricas de las folclóricas, que pronto amplió a los pujantes rumberos madrileños.

En realidad, se tiende a olvidar que Los Chichos clásicos grabaron para una multinacional, Philips. Hacían discos lustrosos, a toda orquesta; trabajaban con Ricardo Miralles, inmortalizado por sus colaboraciones con Serrat. Se les promocionaba en radios y programas de variedades de TVE. El dato de que vendieran más casetes que elepés obedecía a una realidad del consumo, no a una minusvaloración previa del producto o –sí, se ha llegado a decir- un apartheid racista.

Los Chichos triunfaron a lo grande. Su principal problema, en términos mercadotécnicos, fue la aparición –cuatro años más tarde- de Los Chunguitos. Competencia dura: los Salazar tenían unos arreglos más “modernos”, unas letras menos truculentas, una imagen más informal. Y fueron reclamados por Carlos Saura (Deprisa, deprisa, 1981) o por Paloma Chamorro para La edad de oro.

De alguna manera, los veteranos intentaron seguir la pista de sus jóvenes alumnos. Los Chichos hicieron canciones para Yo, El Vaquilla (1985), la película de José Antonio de la Loma: se montó un concierto del grupo en el penal de Ocaña, para que actuaran ante el personaje, de nombre real Juan José Moreno Cuenca, y sus compañeros de infortunio; los periodistas que allí estuvimos atesoramos momentos alucinantes.

En 1989, lanzaron un doble en directo, Y esto es lo que hay, con producción de Joaquín Sabina y el refuerzo instrumental de la banda del cantautor. En aquel momento, dentro de la industria, el chiste era que no se sabía quién tenía mayor peligro, si Sabina o los rumberos. Estos, en Interviu, alardeaban de las virtudes de la cocaína y de su excelente relación con algunos miembros del servicio antidrogas de la Guardia Civil.

Y se pagó un precio. En 1990, se marchó Juan Antonio Jiménez Muñoz, alias Jeros, el miembro más carismático del trío, rumbo a una carrera en solitario que no despegó; aquejado de depresiones, falleció en 1995, en lo que se interpretó mayormente como un suicidio. Su hijo, Chaboli, casado con Niña Pastori, se ha ocupado de alentar un disco de homenaje y rescatar canciones inéditas.

Nunca volverían a la cresta de la ola, pero igual destino esperaba a Los Chunguitos. Les quedaba el circuito de segunda división, combinado con actuaciones ocasionales ante grandes públicos: el pasado año, Los Chichos arrasaron en Viña Rock.

Cierto que pocos se enteraron de semejante transgresión de uno de los festivales más multitudinarios. Y esa es la gran diferencia con Primavera Sound, donde manejan maravillosamente a los medios (y en esa categoría incluyo a los mismos usuarios de redes sociales). Saben que van a triunfar, en todos los sentidos de la palabra.

Presentar a Los Chichos en semejante conclave de la modernidad es una espléndida chulería, una respuesta directa a esos críticos avinagrados que acusan de elitismo a los festivales indies. Pero se trata de un gesto vacío, donde solo se detecta una vocación de epatar. Aquí no se pretende dignificar las músicas llamadas “callejeras”; más bien, es un capricho de gente rica, como aquellos señoritos que –recordaban Los Chichos- les contrataban en las barras americanas de Salamanca para animar la juerga.

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