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La exploración frenética y desafiante de Frank Stella

El Whitney Museum recorre seis décadas del arte experimental de un creador inagotable

A diferencia de otros artistas, a Frank Stella (Malden, Massachusetts, 1936) el éxito le llegó con apenas 25 años cumplidos, cuando fue incluido en la ya mítica exposición Sixteen Americans en el MoMA en 1958 y celebró su primera muestra individual en la galería de Leo Castelli. En un panorama dominado por los expresionistas abstractos, sus austeras Black Paintings (precursoras del Minimalismo) se contemplaron como un desafío a la tendencia dominante. Pronto llegaron sus archifamosas y coloridas composiciones geométricas que rompieron con todo lo conocido y supusieron el comienzo de una actividad casi frenética (se le atribuyen más de 10.000 obras). El resultado de ese incontenible afán experimentador se puede contemplar en la espectacular antológica que el Whitney Museum de Nueva York le dedica hasta el 6 de febrero.

Todo en esta exposición se presenta como superlativo: la más completa, la más grande y la más esencial. Con un centenar de obras elegidas por el propio artista y distribuidas según sus deseos, la muestra ocupa 560 metros cuadrados del espléndido edificio construido por Renzo Piano junto al río Hudson. En palabras del coordinador de la muestra, Adam D. Weinberg, “no se trata simplemente de mostrar lo dilatado de su carrera, sino de resaltar la intensidad de su obra y la habilidad que ha demostrado para reinventarse como artista”.

Frank Stella, Die Fahne hoch!, 1959.

Organizada en orden cronológico, la exposición arranca con cuadros realizados a finales de la década de los cincuenta. Son sus pinturas-objeto realizadas sobre aluminio y cobre, aquellas que resultaron determinantes para el nacimiento del Minimalismo y que destacan por el color negro distribuido en líneas regulares y en las que cada trazo resulta exactamente igual que el anterior. La repetición de la forma de las líneas evoca laberintos arcaicos.

En el siguiente grupo de obras, ya fechadas en los sesenta, esos mismos motivos aparecen plasmados sobre soportes de formas geométricas y grandes formatos. El color se libera de la forma del cuadro. Son años en los que el hard edge (pinturas de filo duro) gana terreno y la creatividad feroz del artista sorprendió al mundo con sus shaped canvases, con los que se permitía desplegar sus diseños en formatos caprichosos, impactantes y con tamaños cada vez más grandes.

A partir de 1976, Stella se lanza de lleno a sus piezas tridimensionales. Conocidas como construcciones barrocas, cada obra es más compleja, rica y brillante que la anterior. Para los comisarios, con estas obras replica al Pop-Art con una personal versión que se mueve entre lo conceptual y lo irónico.

Todo en esta exposición se presenta como superlativo: la más completa, la más grande y la más esencial

La segunda parte de la exposición está dedicada a las obras creadas a partir de la década de los ochenta, una etapa en la que el artista se dejó guiar por la música y la literatura. La serie escultórica inspirada en Moby Dick, de Herman Melville es una espectacular suma de unas formas tan complejas que el resultado tiene que ver más con maquetas arquitectónicas que con esculturas tradicionales. Elevadas sobre el espacio y creadas con el apoyo de tecnología digital, rompen todas las dimensiones posibles de la creación cambiando su apariencia en función del ángulo desde el que se las contemple. Como la ballena blanca que perseguía el capitán Ahab, en esta parte de la exposición se percibe la obsesiva búsqueda de Frank Stella por las nuevas formas , sin olvidar siempre su pensamiento más conocido: “La pintura es solo una superficie plana con pintura por encima. Y nada más”

El artista Frank Stella junto a su obra 'La Marquesa de O'.

Artista ambicioso y prolífico, capaz de simultanear la realización de más de diez obras a la vez, ha tenido siempre en el papel uno de sus materiales predilectos. En colores primarios y tonos ácidos, manipulado como si fuera chatarra, el papel es su principal materia prima. En entrevistas recientes ha asegurado que el grabado ha sustituido a la pintura. Cortaplumas en mano ha creado gigantescos collages a los que luego insufla el efecto de una pintura. Y el papel, precisamente, cierra su exposición neoyorquina con series como Shards Prints, donde reutiliza fragmentos de obras anteriores con una técnica que parece extraída de su personal concepto del arte y de la vida.