CLÁSICA | CICLO DE LIED

Todos en uno

Müller-Brachmann sufrió para mantener la afinación al apianar, sobre todo en la zona aguda, donde la voz suena más castigada

Nada más fácil que diseñar un gran programa de Lieder compuestos a partir de poemas de Goethe, porque desde su amigo y coetáneo Carl Friedrich Zelter hasta nuestros propios contemporáneos Friedrich Gulda o Wolfgang Rihm no ha habido compositor que no se haya sentido irresistiblemente tentado de poner música a los versos del autor de Fausto, quizá los más perfectos y plurales escritos en lengua alemana. Nada más difícil, sin embargo, que la interpretación logre estar a la altura de la selección, sobre todo si esta se ciñe a dos de los maestros incontrovertibles del género: el lunes, en el Teatro de la Zarzuela, Franz Schubert y Hugo Wolf, con la inusual pero gratísima compañía de Ferruccio Busoni.

CICLO DE LIED

Obras de Schubert, Wolf y Busoni. Hanno Müller-Brachmann (barítono) y Hartmut Höll (piano). Teatro de la Zarzuela. 11 de enero.

Llegaba Hanno Müller-Brachmann a Madrid tan solo un día después del recital cancelado por Jonas Kaufmann en el Teatro Real, lo que parecía añadir algo más de carga sobre sus espaldas. Aunque debutaba en el ciclo, los buenos aficionados lo recordarán de algunas de las visitas madrileñas con la Staatsoper berlinesa y Daniel Barenboim, como cuando cantó en 2001 el Don Fernando en Fidelio o, el año siguiente, Orestes en Elektra. Ahora se veía obligado a explorar otros registros, y el plural no es gratuito, porque el alemán buceó en todos los poetas que confluyen en Goethe: el miniaturista y el omnímodo, el helenófilo y el orientalizante, el terrenal y el metafísico, el serio y el mordaz, el naturalista y el romántico, el diáfano y el oscuro. No cabe un pero a su elección, aunque jugara a veces en su contra, ya que no parece ser Schubert su compositor más afín. Tan solo An Schwager Kronos, el más dramático de la serie, conoció una interpretación más o menos convincente y emotiva. En el resto, el alemán sufrió para mantener la afinación cuando apianaba, sobre todo en la zona aguda, donde la voz suena más castigada. Pero pocas veces se escucha una dicción tan perfecta, con tal riqueza de recursos fonéticos, y aun cuando su voz le jugaba malas pasadas, la impecable dicción y la musicalidad de Müller-Brachmann jamás se resentían.

En Wolf ascendió algo el nivel y las tres Canciones del arpista fueron adecuadamente intensas, aunque la mejor planteada fue Erschaffen und Beleben, que al final quedó malograda al atacar justísimo, y no en plenitud, al Mi agudo conclusivo. Fue decepcionante, sin embargo, Der Rattenfänger, una balada de lucimiento pensada para acabar en lo alto la primera parte, pero sí que sonaron muy teatrales, y fueron con mucho lo mejor del recital, las cinco canciones de Busoni, las únicas en que se le notó realmente cómodo, como experimentadísimo cantante de escena que es. En el Ziegeunerlied llegó incluso a convocar fragancias de su maestro Dietrich Fischer-Dieskau, cuyo espíritu ya se hallaba presente gracias al pianista Hartmut Höll, su fiel acompañante durante años y que, sorprendentemente, debutaba también en este ciclo. Su actuación fue sobresaliente de principio a fin y en los aplausos finales Müller-Brachmann tuvo el noble gesto de hacerle saludar en solitario.

El público aplaudió con cortés frialdad antes del intermedio y con mayor calidez —y arranques aislados de entusiasmo— al acabar el recital, que se alargó, ya fuera de programa, con Grenzen der Menschheit y Rastlose Liebe, dos certeras elecciones que nos devolvían otra vez al Goethe pluriforme: al creador panteísta y al poeta del amor cotidiano, al escritor que coqueteó con trascender “los límites de la humanidad”, emulando a los dioses, y al hombre incesantemente enamorado.