Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Este hombre no se suicida

'Fin de poema' no es una novela de un enfermo de literatura, sino de un escritor. Tallón registra las últimas actividades de los autores que se han quitado la vida desde la ficción

Juan Tallón no se va a suicidar. Al menos en la próxima media hora, porque acaba de ponerse una copa balón. Se ha dejado caer en el sofá y se va sacando las extremidades mientras me mira lentamente con la violencia habitual. Cuando ya ha colocado la cabeza dentro de la pecera como si fuese una dentadura, dice: “¿Estás trabajando en algo?”. Yo asiento mientras cojo el mando de la Play: “Tengo que ir al mercado de invierno”.

Tallón es escritor.

—¿Te vas a suicidar, Juan? —le digo.

En 2013 Tallón publicó en Sotelo Blanco una novela con la que ganó el Premio Lueiro Rey. Es un libro de suicidas en el que registra sus últimas actividades sísmicas desde la ficción. Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik, Anne Sexton y Gabriel Ferrater. Ese libro escrito en gallego lo tradujo al español y lo publica ahora Alrevés. En él hay una carta de Pavese a las mujeres que le han ido rechazando llena de una piedad exquisita.

“Queridas Connie, Tina, Fernanda, Bianca, Pierina… Todas. No me habéis dado sino motivos para matarme. Os felicito. Todo lo que me ha conducido esta tarde hasta aquí ha tenido su origen de una manera u otra en vuestras mentiras. No habéis tenido piedad conmigo. Espero que el tormento al que yo hoy pongo fin se reparta equitativamente entre vosotras. Habrá suficiente para todas. Ojalá tengáis cáncer”.

Este hombre no se suicida

Le pregunto si Pavese escribió eso de verdad. “Creo que es inventada, pero voy a investigar un poco”. Deja un silencio de sorbitos. Si fumase, quiero decir si volviese a fumar, Tallón fumaría como el padre de Pizarnik: una liturgia según la cual le llevaba meses encontrar primero el cigarro en los bolsillos, y luego pasarlo por los dedos para empezar a fumarlo cuando un tumor, impaciente, podría estar reventándole los pulmones.

—¿Viste esa encuesta sobre la altura de la gente? –me pregunta-. Al llegar a 1,79 el gráfico se desploma. Nadie quiere la frontera.

—Yo mido 1,82 con 9. Lo digo y no me importa. Podía decir 1,83.

—Pero mides 1,81 con 9, me lo contaste en verano.

 —Tanto da, la honestidad no cambia.

El libro se llama Fin de poema. Habla de la frontera de forma poco habitual: nadie termina por cruzarla si se instala en ella. Todos se dirigen al suicidio a través de unas horas interminables en las que hay expiación, poesía, nostalgia y una delicada devastación humana. Una incomprensión y un vacío tal que asusta pensar en el hombre que lo está describiendo. Anne Sexton maldice a su amiga Sylvia Plath: “Se adelantó y me robó la muerte”. Pavese finalmente perdona a todo el mundo y pide: “No chismorreéis”. Ferrater recuerda con aprensión a Raymond Chandler, que trató de suicidarse y no fue capaz: sus amigos le reprochaban que fuese capaz de escribir novelas negras pero no de saber matarse. La niña Pizarnik, bloqueada, poeta sin palabras, de “boca arrancada”, llama al periódico para que se vaya poniendo con la necrológica.

No es la novela de un enfermo de literatura sino de un escritor. Un amigo escritor, que es lo peor. Flaco y chupado como un yonqui que se hubiera quedado a medio camino. Adicto a un fracaso suave.

Pavese junto a alumnas y profesoras de su escuela nocturna. ampliar foto
Pavese junto a alumnas y profesoras de su escuela nocturna.

Hubo una época en la que ese escritor venía a mi casa a reprocharme que no publicase libros como él. Llegaba con una bolsa de botellas en la mano, una de esas bolsas de joyería, y cuando terminábamos de beber seguía abroncándome porque no me ponía a escribir; yo ya no podía ni vocalizar, y le pedía el váter de Onetti para vomitar dentro. Había algo en aquellas visitas de las que el joven Enric González hacía a Feliciano Fidalgo en la suite del Lutetia de París, donde el histórico periodista de EL PAÍS se había atrincherado. Presionado por el diario, González iba a convencerle de que se fuese porque estaba arruinando a todo el mundo en Miguel Yuste. Fidalgo, en bata de seda, pedía champán hasta que González se marchaba sin recordar qué había ido a hacer allí ni dónde estaba.

Tallón tuvo una hija o algo parecido y dejó de venir por casa. Eso y que tampoco se iba a encontrar a mi novia, que en realidad era a lo que venía: quería que yo me pusiese a escribir para que los dejase solos. Aproveché que no lo veía tanto para empezar a leerle. ¿Quién era aquel tipo que llegaba a casa medio desmayado y terminaba de una pieza, exultante, al borde de la cirrosis, listo para trabajar?

Un escritor, deduje tras leer Libros peligrosos (Larousse): quizás el primero que conocía de verdad en la intimidad. Se había hecho con una prosa y un objetivo, una suerte de continuidad dinástica de un libro a otro según la cual podía ir cambiando de heredero, incluso a latitudes exóticas, sin perder la pureza. Hay algo en él, pienso con el libro de los suicidios en la mano, que no repara en gastos, el mayor de todos, su propia vida.

Al rato dice sobre la carta de Pavese:

—Mi teoría es que Pavese se olvidó de escribirla. Me leyó tarde.

Fin de poema. Juan Tallón. Alrevés. Barcelona, 2015. 160 páginas. 14 euros