Una sonrisa y 20 tazas de té para llegar a los Goya

El creador musical de 'The Rhaven', 'Mientras duermes' y 'Fast&Furious6' opta por partida doble a los premios del cine español

Lucas Vidal es una gran sonrisa y un poco de cachondeo. Tras su flequillo castaño claro se esconde una mente clara y creativa que nunca deja de bullir. De pequeño ya apuntaba maneras en su casa de Madrid: cuando veía las películas, bajaba el volumen y tocaba con el piano mientras el filme seguía adelante. A sus 31 años lo tiene todo por delante, pero lo inmediato es cruzar los dedos para que el 6 de febrero se transformen en premios sus dos nominaciones a los Goya por la mejor canción original y la mejor banda sonora.

“La música es como las matemáticas, te ayuda a lo largo de tu vida; ensalza el alma y te crea sentimientos. La canción que sonaba cuando diste tu primer beso te hace evocar ese momento de tu vida. También tiene la función de hacerte desconectar de los problemas”, dice Vidal, quien comenta que su vida en Los Ángeles es sencilla: ir al trabajo en bici, pasar todo el día en el estudio y, de nuevo, en bici a casa, con ratos de asueto para montarse en la tabla y surfear. “Cuando estoy componiendo no concibo el tiempo, se me pasa volando. No soy consciente de las horas que pasan, la música es como un juego en el que vas descifrando problemas. Cuando dirijo, me gusta el contacto con la gente y ver las aportaciones que me hacen otros músicos”, relata Lucas Vidal, que se ha subido por última vez al podio en el Teatro Real de Madrid para dirigir un concierto de Navidad homenaje a John Williams.

Ha escrito la música para Fast & Furious 6, The Raven o Mientras duermes, pero ahora las melodías que aún suenan en su cabeza son las de Palmeras en la nieve y Nadie quiere la noche, con las que va nominado a los Goya, aunque lleve fatal rememorarlas. “No me gusta oír lo que hago. Yo acabo un proyecto y empiezo otro, pero no me gusta volver a oírlo”, dice Vidal, que se define como “un chaval hiperactivo que tiene en su estudio 20 tazas de té repartidas por todas partes”. Sus maestros los tiene claros: su hermano, la Escuela de Berklee, que le enseñó a buscarse la vida, y sus padres, que lo llevaban cada domingo al Prado y de vez en cuando al Auditorio Nacional a escuchar música. Su punto de inflexión, el cáncer que superó cuando pasaba la veintena y que le hizo lanzarse a apostar por hacer lo que le gusta.

Mientras trabaja en música de danza para el Boston Ballet, descansa de la última película que ha hecho con Mateo Gil y piensa en un proyecto futuro con Nacho Cano, recuerda cuando estudiaba en Berklee y fundó Musical Motion con unos amigos de clase. “Grabábamos con músicos que veíamos por la calle. Los abordaba y les decía que si querían grabar con nosotros, que no teníamos nada de pasta, pero sí un bocata y una carta de recomendación para su beca. Tiempo más tarde, acabamos con una orquesta de 140 músicos y grabando en el Boston Symphony Hall”, cuenta Vidal.

El compositor sabe que volverá a España en un futuro no muy lejano, y sigue pensando en trabajar con los directores españoles. “Tenemos un cine estupendo, y fuera ven el cine español como algo alucinante. Aquí hay una industria cada vez más potente y unos artistas geniales”, dice el joven creador. Para él, componer es como cuando un niño se inventa una historia, y admite que le interesa mucho más el camino que la meta. “La música siempre tiene que estar al servicio de la película, pero tiene que ayudar a transmitir sensaciones, personajes, conceptos abstractos. Es un elemento como la dirección de fotografía, que está ahí, pero no siempre te das cuenta”, explica. Y su música, que no sabe definir, es un reflejo de sí mismo: fruto de la ilusión de una gran sonrisa y de una energía incombustible.