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CRÍTICA | LA ACADEMIA DE LAS MUSAS

Teoría (y práctica) del amor

'La academia de las musas', de José Luis Guerín, es un fascinante experimento fílmico

Fotograma de 'La academia de las musas'.
Fotograma de 'La academia de las musas'.

Universidad de Barcelona. Un profesor italiano imparte una clase en un posgrado de Filología acerca de las musas y su influencia, particularmente en la Divina Comedia, de Dante. Sus alumnos, y sobre todo sus alumnas, interactúan mientras José Luis Guerín, creador de este fascinante experimento cinematográfico, los filma con realismo, sin alharacas formales. Con la misma naturalidad que llevó al director catalán a capturar la trascendente sencillez del discurso social en la vida del barrio de En construcción (2001), la cámara de La academia de las musas, su nuevo artefacto cultural, trasciende hasta el milagro. Porque la teoría del profesor, poco a poco, va pasando a la práctica: a través de conversaciones, de hechos, de miradas, de flirteos, de acciones. Allí donde la palabra puede pasar a ser palabrería. ¿Es un documental, una ficción? No importa, aunque dé la impresión de experimento documental que se vuelve ficción para dar respuesta práctica a sus teorías.

LA ACADEMIA DE LAS MUSAS

Dirección: José Luis Guerín.

Intérpretes: Raffaele Pinto, Emanuela Forgetta, Rosa Delor Muns, Mireia Iniesta.

Género: docuficción. España, 2015.

Duración: 92 minutos

En esta insólita película sus criaturas reflexionan sobre el origen del amor, de la palabra y del concepto; sobre su posible ascendencia económica, alrededor del concepto de familia; sobre su probable fuente literaria ("El amor es una invención de los poetas"), y sobre la influencia del entorno natural. Unos hablan desde el púlpito (físico o mental), y otros ponen los puntos prácticos sobre las íes, sobre todo la esposa del profesor o el joven de Internet, cuando habla del amor (¿ficticio?) como utilización mutua basada en la necesidad. Y, aunque no se hable de ello, el lenguaje corporal acaba mandando: el de los ojos, el de las manos y la dirección del cuerpo. Es este el que nunca miente, el que va más allá del ensayo o del plan, el que es verdaderamente espontáneo en un entorno entre lo dulce y lo cruel. Y Guerín, con su seductor ejercicio cinematográfico, traspasa la pantalla. Hasta golpear al espectador.

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