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CRÍTICA / ESTOPA

Religión del compadreo

Puede que la nueva gira no pase a la historia, pero los Muñoz se siguen haciendo acreedores del pan y la sonrisa

DVD 761 (29-12-15). Concierto de Estopa en el barclaycard center de Madrid. FOTO: LUIS SEVILLANO EL PAÍS

Asistir a un concierto de Estopa equivale a unas cañas con el cuñado. O, por perfeccionar el símil y ahorrarnos suspicacias con los hermanos políticos, es como un reencuentro con ese primo salao que hay en toda familia. Le vemos de higos a brevas y acaso no tengamos demasiado en común con él, pero las risas están garantizadas. Los hermanos Muñoz no son unos abanderados del manido buenrollismo: simplemente se nos plantifican a pie de barra, tal cual, y el cuerpo pide pagarles un par de rondas. Nunca colgaremos un selfie con ellos para dárnoslas de modernos, pero tampoco nos hace falta esconder la entrada como si fuera el calendario del peep show. Los Estopa molan, incluso aunque llevemos años sin molestarnos en ejercer el completismo con su (ya abultada) discografía.

Rumba a lo desconocido, novena entrega y excusa propicia para su concierto de anoche en el Barclaycard Center madrileño (14.800 espectadores, llenazo total), reincide en vicios y virtudes: ingenio, mirada lúcida, oído apegado a la acera… y una cantinela bastante recurrente en su formulación de la electrorrumba calorra, esa bisectriz casi perfecta entre Los Chichos y Extremoduro. Todo ello se traslada al directo con un sonido bastante aturullado, como de pabellón de deportes en fiestas patronales, pero no importa demasiado: Cacho a cacho o Vino tinto son carne de karaoke universal, así las escuchásemos en un casete de doble pletina.

Los Muñoz exudan compadreo, esa bendita religión que no invita a la apostasía. Animan a pensar por un momento en el mundo como un lugar propicio para el colegueo sano, las novietas ineludibles, los romances bajo el auspicio de la luna lunera. Hay margen durante la noche para los lugares comunes, como en cualquier discurso, pero también momentos afortunados: la recién estrenada Gafas de rosa aúna guasa y un punto de perfidia, la excelente Hemicraneal toma el testigo de aquel Sabina lúcido y José, el hermano menor, se queda solo en Ya no me acuerdo para transmutarse en un estupendo Serrat de extrarradio.

No anduvieron singularmente sembrados esta vez los hermanos en presentaciones ni parlamentos, pero tampoco lo necesitan: la química es consustancial al dúo, el gallinero se las corea todas (salvo Sin sombrero o Tonto, aún poco interiorizadas) y el desparpajo incluso les permite improvisar una lectura de Hola don Pepito, hola don José sin que, ejem, se nos quede cara de pánfilos. David y José son pura chispa en formato de dúo (Destrangis in the night, Mi primera cana) y su sexteto acompañante parece sonar mucho más entonado cuando retoma la faena, a partir de Tan solo.

La nueva gira no pasará a la historia por ningún hallazgo extraordinario ni por sus grafismos, que parecen salvapantallas del Windows Vista. Pero los Estopa se siguen haciendo acreedores del pan, la sonrisa, las cerves. Y de las ganas de pegarles otro toque en cualquier momento, como al bandarra de nuestro primo. Lo del cuñao, mejor pensado, puede esperar.