El gran año del pastiche

El escritor argentino Osvaldo Lamborghini (1940-1985), en su casa de Barcelona.

En La mano del teñidor, un clásico sobre el ejercicio de leer, el poeta W. H. Auden lanzó un aviso pertinente para cualquier fin de año: “Hay libros que han sido injustamente olvidados; ninguno es injustamente recordado”. Los puristas que han leído todas las novelas, ensayos y poemarios publicados en 2015 dicen que el que acaba ha sido un curso ramplón. Los que solo hayan leído unos pocos tal vez recuerden que muchos merecieron la pena. Aquellos que persiguen la ballena blanca de las letras mundiales viven decepcionados desde 1615, fecha de culminación del Quijote. Entretanto, aquellos que no olvidan que la literatura tiene más impurezas que el agua de piscina habrán disfrutado estos meses un puñado magistral de pastiches. Por ejemplo, estos cinco (plagados de virtudes):

Promiscuidad. El cavernícola argentino Osvaldo Lamborghini se parapetó durante años en un apartamento de Barcelona para marear una obra —narrativa y poética— difícil de clasificar incluso para alguien inclasificable como César Aira, su valedor máximo. Mientras, se dedicó a hacer collages manipulando revistas pornográficas a los que tituló Teatro proletario de cámara. El Macba los expuso en enero y los recogió en un volumen —El sexo que habla— con textos del propio Aira, Alan Pauls, Beatriz Preciado, Valentín Roma y Antonio Jiménez Morato. Algún día será pasto de bibliófilos. Por ahora, un aviso: no dejar al alcance de los niños; ni de los epígonos.

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Collage del 'Teatro proletario de cámara', de Osvaldo Lamborghini.

Santidad. Los que piensan que el centenario de un clásico solo sirve para inaugurar estatuas harían bien leyendo Malas palabras, la novela en la que Cristina Morales habla sin pelos en la lengua por boca de Santa Teresa. Dicen que esta suerte de cara B del Libro de la vida fue un encargo de la editorial Lumen. ¿Y? ¿No fue un encargo la Eneida?

Enfermedad. “La industria del libro sería mucho mejor sin los escritores”, le suelta un editor a un escritor en Patria o muerte (Tusquets), la novela en la que Alberto Barrera Tyszka narra la vida de media docena de venezolanos —ancianos y niños, analógicos y digitales, favorables y contrarios al Gobierno— durante los últimos días de Hugo Chávez (marzo de 2013). Barrera combina lo mejor del periodismo y lo mejor de la literatura. Ficción casi en tiempo real pero sin fecha de caducidad.

Curiosidad. El científico Jorge Wagensberg saca chispas de todo lo que toca y en el caso de Algunos años después (Now Books) lo que toca es su infancia empezando por la llegada a Barcelona de sus padres, judíos polacos que en los años 30 cambiaron el gran mal (el Holocausto) por un mal menor (la Guerra Civil). “Solo los niños saben lo poco que saben los adultos de los niños”, escribe allí un adulto que no ha perdido la curiosidad y que cuenta su niñez como si la silbara.

Sobriedad. Digámoslo a lo grande: aunque en 2015 solo se hubiera publicado Otra vida (traducido por Martin Lexell y Mónica Corral para Destino), el año sería uno de los mejores de los últimos tiempos. Escritas en tercera persona, las memorias del novelista y dramaturgo sueco Per Olov Enquist son un retrato de la segunda mitad del siglo XX y a la vez el retrato de un hombre que salió del alcohol como antes salió del atletismo: por la tremenda. Tienen, además, la virtud de las obras maestras del género: no hace falta haber leído una sola línea de Enquist para quedar atrapado en su vida. Dicho esto, solo queda desear que 2016 sea un año tan malo como este.

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