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Warhol en Teherán

El Museo de Arte Contemporáneo muestra 42 obras de los fondos que guarda desde 1979

Grupos de estudiantes, cámara en mano, se amontonan entusiasmadas ante los cuadros. El arte siempre ha tenido predicamento en Irán, pero la exposición abierta desde finales de noviembre en el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán (TMOCA) presenta un aliciente añadido. Aunque el cartel solo anuncia una retrospectiva de la prolífica artista local Farideh Lashai (1944-2013), junto a sus pinturas e instalaciones los comisarios de la exposición, el italiano Germano Celant y la iraní Faryar Javaherian, han colocado 42 obras de la colección permanente, almacenada desde la revolución de 1979.

Tuvieron que pasar 20 años antes de que ciertas joyas de la que se considera la mejor compilación de arte moderno de Oriente Próximo volvieran a salir a la luz durante el Gobierno del reformista Jatamí. Desde entonces, solo en contadas ocasiones han subido de los sótanos alguno de los picassos, mirós, sauras, kandinskys, monets, magrittes… que los dirigentes islamistas prohibieron como símbolos de la decadencia occidental. Ahora, pinturas de esos autores se muestran para dar contexto a la obra modernista de Lashai, en varios casos por primera vez desde que se guardaron.

Destacan el Mural en fondo rojo indio, de Jackson Pollock, una de sus mejores pinturas de goteo (dripping), acabada en 1950 y que Christie’s valoró en 250 millones de dólares (229 millones de euros, al cambio actual) hace cinco años. Así que no es de extrañar que, cuando el Museo Nacional de Arte Moderno de Tokio la devolvió tras un préstamo en 2012, el servicio de aduanas iraní la confiscase para cobrar una deuda que reclamaba al Ministerio de Cultura, gestor del TMOCA.

Dos mujeres observan Hombre reclinado con escultura, de Francis Bacon, en el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán. ampliar foto
Dos mujeres observan Hombre reclinado con escultura, de Francis Bacon, en el Museo de Arte Contemporáneo de Teherán.

También pueden verse hasta finales de febrero Hombre reclinado con escultura, de Bacon; Siena y negro sobre marrón oscuro, de Rothko, y Suicidio, de Andy Warhol. Esta última, un acrílico de 1963, representa a un hombre lanzándose a la muerte desde lo alto de un edificio. Una obra similar del autor perteneciente a la serie Muerte y desastres fue vendida por 105 millones de dólares en 2013.

En la inauguración, el ministro de Cultura, Ali Jannati, declaró que esperaba que la exhibición sea parte de la creciente apertura de Irán al mundo. Pero los límites se hacen evidentes en las ausencias. Tanto las pinturas consideradas demasiado asociadas a EE UU, como la serie de retratos de Marilyn Monroe de Warhol, o cargadas de erotismo, como Gabrielle con la blusa desabrochada, de Renoir, siguen a resguardo del público.

En 2005, el entonces director del museo, Ali Reza Samiazar, se atrevió a exhibir el tríptico Dos figuras tendidas en una cama con testigos, de Bacon. El primer día, dos basiyis (vigilantes islámicos) se llevaron la tela central porque las dos figuras tendidas en la cama les resultaron obscenas. Las obras más polémicas, entre ellas El pintor y su modelo, de Picasso, ni siquiera figuran en el catálogo de los fondos. Los medios iraníes también evitan mencionar que fue Farah Diba, esposa del depuesto sah Mohamed Reza Pahlavi, quien fundó la pinacoteca.

“El artista está expresando las limitaciones a las que se enfrenta el ser humano”, explica una profesora ante un cuadro sin título de Bahman Mohasses que muestra a un hombre envuelto por una tela que lo inmoviliza y le impide hablar. En el contexto, el comentario resulta valiente, aunque la profesora no se arriesga más. Pasa sin detenerse ante el Suicidio de Warhol. Tal vez no sea tan obvio como su sensual Marilyn, pero el tema es demasiado delicado como para dar pie a un debate.