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Visitando al maestro

La historia del encuentro entre un Hitchcock fatigado y Truffaut, el discípulo ansioso

Alfred Hitchcock y François Truffaut, en 1962.
Alfred Hitchcock y François Truffaut, en 1962.

No sé si hay otro libro que pueda alimentar mejor una vocación temprana por el cine o por la literatura como El cine según Hitchcock, de François Truffaut. Es un acto de admiración de un gran director joven hacia su maestro y es también una conversación fervorosa entre dos personas que aman con idéntica intensidad el oficio al que se dedican. Ninguno de los dos se cansa de hablar de lo que más le gusta, de examinar por dentro los mecanismos de la narración, a la vez sofisticados y primarios, y de fijarse en los saberes técnicos que la hacen posible. Hablan de cómo se hacen y cómo funcionan las películas, pero podrían estar hablando de novelas, y no habría gran diferencia en el valor de sus observaciones. Hablan de lo que se muestra y de lo que se sugiere, de lo que parece muy importante en una historia pero tan solo es un pretexto para mantenerla en marcha, del modo en que la narración es un esbozo que solo llega a completarse en la imaginación hipnotizada del espectador. Por eso, cuando el libro caía en manos de un aprendiz de novelista, ya no había manera de que dejara de leerlo.

La edición original en francés y la que se hizo en Estados Unidos contenían un gran despliegue de tipografía y de fotogramas de películas que ya era en sí mismo una completa experiencia visual. Nosotros, los que lo descubrimos en español cuando éramos muy jóvenes, leíamos la edición de Alianza, que no contaba con las ilustraciones, pero que permitía, por su formato de bolsillo, llevar el libro a todas partes. Esa lectura satisfacía sobre todo la pasión fundamental por el aprendizaje de la forma. En una época de grandes mensajes, de nieblas ideológicas que lo cubrían y lo justificaban todo, incluida la incompetencia técnica, Truffaut y Hitchcock resaltaban la dificultad y el placer de contar las cosas de la mejor manera posible, con un máximo de economía y eficacia, con una atención y una sagacidad que habían de mantenerse igual de alerta en cada plano, en cada encuadre. Una película se construía tan meticulosamente como un soneto o como un enigma policial: graduando la información, controlando el ritmo a lo largo de todo el relato, con las pausas adecuadas, como en una composición musical, con zonas de quietud y acelerones de crescendo.

El entusiasmo por Hitchcock se me quedó atrás durante mucho tiempo, aunque ha ido volviendo poco a poco, con alguna diferencia

Algo más nos atraía, de una manera más profunda: éramos el joven entusiasta que va a visitar a su maestro, el que cambió su vida al ayudarle a descubrir su vocación. En 1962, cuando visitó a Hitch­cock en Los Ángeles y se quedó una semana entera conversando con él, Truffaut tenía 30 años. Había dirigido ya tres películas, pero en su actitud, en los gestos y en la manera de mirar y sonreír que tiene en las fotos, parece más joven todavía, un hombre que lleva intacta en la cara la disposición para el asombro, la expectativa de algo que está a punto de sucederle, la idea para una nueva película, el encuentro con una mujer de la que se va a enamorar instantáneamente. El fotógrafo Philippe Halsman dejó un amplio repertorio gráfico de aquellas conversaciones: Hitchcock es un hombre hinchado y mayor, tieso como un ídolo, la gran papada derramándose sobre el cuello de la camisa y la corbata negra, vestido todo de negro. Truffaut era una de esas personas destinadas a parecer siempre más jóvenes de lo que son: Hitchcock, que tenía 63 años cuando se encontraron, parece más viejo. Truffaut está empezando la fase de más fértil originalidad de su carrera: Hitchcock, después de la irrepetible cima estética y comercial de Psicosis, se encuentra en otro umbral, aunque en ese momento todavía no lo sabe, el del agotamiento de su imaginación, que coincide con los comienzos de una década en la que el tipo de cine con el que ha labrado su maestría va a quedarse anacrónico, en parte por la crisis de los grandes estudios, dañados por la televisión, pero sobre todo por las influencias renovadoras que vienen de Europa, de las que precisamente Truffaut es un emisario.

Truffaut sabe lo que aprende de él, el dominio supremo y la disciplina de una forma estética que casi nadie más ha alzado tan alto

Hace muchos años que no leo El cine según Hitchcock. El libro se quedó en las estanterías de alguna vida anterior. También el entusiasmo por Hitchcock se me quedó atrás durante mucho tiempo, aunque ha ido volviendo poco a poco, con alguna diferencia. Antes me gustaba lo novelesco que había en esas películas. Ahora lo que me gusta es su poesía. Lo recupero todo, el amor por Hitchcock y por Truffaut, por la fábula del discípulo ansioso y el maestro fatigado, viendo un documental que acaba de estrenarse en Nueva York. En Hitchcock/Truffaut, Kent Jones reconstruye la historia de aquel encuentro, organizándola en un collage de fotografías, pasajes de películas, fragmentos de las cintas grabadas durante más de 26 horas, testimonios de directores de cine, Martin Scorsese entre ellos, que descubrieron el libro cuando eran niños o adolescentes y lo recuerdan como un episodio central en su vocación. Hitchcock y Truffaut hablan junto a una mesa como de sala de reuniones, delante de una cortina neutra. En la mesa hay papeles, ceniceros, cigarrillos, puros habanos. A veces en la cinta grabada una voz se interrumpe y suena el chasquido de un encendedor, y luego la exhalación de una bocanada de humo. Truffaut no habla inglés, ni Hitchcock francés. Una intérprete va traduciendo sobre la marcha, siguiendo muy de cerca lo que dice cada uno. Con frecuencia se superponen las voces. La conversación continúa durante días enteros. Toman un descanso para comer y siguen charlando. Truffaut no se cansa de preguntar y de observar, repasando película por película, casi un plano tras otro. Hitchcock responde con su engolada voz inglesa, su acento no alterado por más de 20 años en Estados Unidos. Hace chistes, se recrea en recuerdos, caldeado gratamente por la admiración de su discípulo, ese espectador perfecto que no ha dejado de advertir ningún detalle.

Truffaut sabe lo que aprende de él, el dominio supremo y la disciplina de una forma estética que casi nadie más ha alzado tan alto. Como es muy joven, aunque no tanto como siempre creemos, probablemente no sabe todo lo que él está dándole a Hitchcock, el otro cómplice en un vínculo de gratitud que ya no perderán nunca. Al maestro envejecido la admiración del hombre joven le alimenta algo más hondo que la vanidad: lo revive por dentro, al mostrarle en estado puro el mismo impulso, el mismo principio de certidumbre que él sintió cuando empezaba a encontrar su estilo. Piensa: si alguien joven con tanto talento celebra mi trabajo, quizás he logrado algo valioso de verdad.

Siguieron escribiéndose, comentando cada uno a distancia las películas del otro. En las cartas de Hitchcock hay una creciente inseguridad. Ahora también él tiene fracasos en la taquilla, y se pregunta, le pregunta al discípulo, si no será que le ha faltado imaginación o entereza para salirse de un estilo que ha derivado ya en una fórmula mustia. En sus últimas fotos, Hitch­cock es un anciano apoplético, la cara abotargada y rojiza, el pelo escaso muy blanco. François Truffaut, que parecía tan joven, murió solo unos años después que él.