El director de orquesta Nikolaus Harnoncourt anuncia su retirada

Se despide de los escenarios con una carta manuscrita por sus problemas de salud

Harnoncourt, en un montaje en Salzburgo de 'La flauta mágica', de Mozart, en 2012. REUTERS

Los asistentes al ciclo de conciertos del Concentus Musicus Wien el pasado sábado en la Musikverein de la capital austriaca se encontraron con una inesperada sorpresa dentro del programa de mano: el facsímil de una misiva redactada por Nikolaus Harnoncourt (Berlín, 1929) donde anunciaba su retirada. Un adiós manuscrito para quien ha revelado el sonido de tantos manuscritos musicales del pasado; para un visionario que ha impulsado el movimiento historicista con instrumentos de época. Y, sobre todo, para alguien que ha revolucionado el sonido de las orquestas modernas desde el podio, un músico influyente como pocos.

La noticia se confirmaba ayer en su web oficial coincidiendo con la celebración de su 86º cumpleaños. Harnoncourt, quien ha arrastrado importantes problemas físicos durante los últimos años, había restringido prácticamente su actividad al Concentus Musicus de Viena, el legendario conjunto de música antigua que fundó junto a su esposa Alice en 1953. Sus frecuentes cancelaciones coincidían con el anuncio de nuevos compromisos, lo que hacía presagiar una pronta recuperación. Pero Harnoncourt no dirigirá Fidelio en el Theater an der Wien a mediados de enero próximo, ni a la Filarmónica de Viena en la Mozartwoche de Salzburgo, ni tampoco el esperado ciclo de las sinfonías de Beethoven que había programado con el Concentus Musicus en el Styriarte del próximo verano.

Carta de despedida de Nikolaus Harnoncourt.

De ancestros nobiliarios e infancia acomodada en Graz, donde creció en el Palais Meran, Harnoncourt se formó musicalmente en Viena como violonchelista con Emanuel Brabec. Ingresó en la Orquesta Sinfónica de la capital austriaca en 1952 a la vez que despuntaba su pasión historicista, que le llevaría a fundar el Concentus Musicus al año siguiente. El grupo, que contó con su esposa Alice como concertino desde sus inicios, fue pionero en la interpretación de la música antigua con instrumentos de época.

Palabras para un adiós

“Mis facultades físicas requieren la cancelación de mis planes futuros”, inicia Harnoncourt su carta. Se dirige a sus incondicionales, que llenan los ciclos de conciertos en la Musikverein vienesa: “Se ha desarrollado una relación increíblemente profunda entre nosotros en el escenario y con ustedes en la sala de conciertos —¡nos hemos convertido en una venturosa comunidad de descubridores!—”. Añade que todo esto seguirá, aunque no será lo mismo sin él. Sus conciertos tenían un halo especial donde el ritual de recreación moderna de obras pretéritas se combinaba con alocuciones de Harnoncourt. Una talla intelectual que ha dejado por escrito en colecciones de ensayos.

Aunque inició su fonografía en 1962 para Telefunken/Teldec con Purcell, sus discos revolucionaron la interpretación de Bach en los sesenta y los setenta: los Conciertos de Brandeburgo(1964), la Pasión según san Juan (1965), las Suites para orquesta (1966), la Misa en Si menor (1968), la Pasión según san Mateo (1970) o el Oratorio de Navidad (1972) son algunos de sus hitos fonográficos.

A todo ello se unió el proyecto pionero compartido con Gustav Leonhardt de grabar todas las cantatas de Bach entre 1971 y 1990. Y después vendrían otros registros míticos relacionados con Monteverdi, Rameau, Telemann o Biber, entre otros.

La otra huella imborrable que deja Harnoncourt está relacionada con las orquestas modernas. En los setenta comenzó a dirigir a Bach, pero con formaciones sinfónicas tradicionales a las que introducía en el uso de técnicas interpretativas de época. Fue una verdadera revolución que hoy perdura. Todavía se recuerda su debut con la Orquesta del Royal Concertgebouw de Ámsterdam en 1975 con la Pasión según san Juan, cuando indicó que tan solo necesitaría una treintena de instrumentistas, o comenzó a dirigir sin batuta con su habitual vehemencia rítmica, intensidad de ataque y expresión facial.

Con el tiempo ha transformado a jóvenes formaciones como la Orquesta de Cámara de Europa. Pero también ha conseguido que grandes orquestas como las Filarmónicas de Berlín y Viena o la referida de Ámsterdam aprendan otra forma de hacer Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Schumann, Brahms o más adelante Bruckner, Dvorak y Bartók. Con todas ellas ha dejado importantes integrales sinfónicas, entre las que cabe destacar la de Beethoven registrada entre 1990 y 1991. Sin contar sus incursiones finales en Verdi, Bizet, Gershwin o los Strauss, que le llevaron a dirigir a la Filarmónica de Viena el Concierto de Año Nuevo de 2001 y 2003 con esa frescura de miras que ha caracterizado toda su carrera.

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