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Otra generación perdida

Ambientada en Inglaterra en la II Guerra Mundial, 'Una chica en invierno' es una obra de altura sobre el desarraigo. Philip Larkin presupone la inteligencia del lector

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Despedida de reservistas en la estación de Waterloo en 1939.

Sí, Una chica en invierno es una obra maestra. La primera de su autor y la que faltaba por traducir al español. Philip Larkin (1922-1985) la escribió cuando apenas tenía 22 años, por eso sorprenden la personalidad propia de su estilo como narrador, su contención y, en cierto sentido, el pesimismo cósmico. Las características del gran poeta que Larkin llegaría a ser unos años después.

Una chica en invierno tiene límites precisos: un día de invierno durante la II Guerra Mundial en el que Katherine Lind, extranjera, bibliotecaria en una ciudad inglesa de provincias, está a punto de quedar con el que pudo haber sido su gran amor en la adolescencia. Katherine rememora, en unas horas hurtadas al trabajo, un verano de iniciación antes de la guerra. Paradójicamente, el despertar (muy al gusto del antirromanticismo de Larkin) comenzará en lo anodino de la vuelta al trabajo en el tedioso invierno inglés.

La elección de la protagonista es uno de los aciertos de la novela. Larkin no insiste en la procedencia de Katherine, quizá refugiada alemana, probablemente judía, aunque deja algunas pistas. Su extranjería le permite mantenerse fuera del círculo de la alienación que rodea al resto de personajes, jóvenes en un mundo abortado que recuerda a Los esclavos de la soledad, de Patrick Hamilton. A la vez, su apatridia refuerza otro de los temas de Larkin: la desaparición del pasado. O mejor dicho, cómo el pasado deja de pertenecernos mientras el presente no es más que la repetición de unas rutinas demoledoras en las que buscamos, sin resultado, que surja lo excepcional. Katherine es una gran analista de sus emociones, por ejemplo de ese primer amor. Una solitaria en potencia. Y aunque la voz del personaje nunca es exactamente la del narrador (Larkin se debate entre la permeabilidad del estilo indirecto libre y observaciones nítidas que superan al personaje), la sintonía es evidente. El otro protagonista de Una chica de invierno (Thomas Hardy de fondo) es el entorno. Destaca la maestría de Larkin para construir con escenas y cuadros. Con “correlatos objetivos”: imágenes que se cargan con la emoción de la trama. Un viaje en barca a Oxford. Una visita al dentista. Una fuente helada. El pequeño mundo de una biblioteca (el propio Larkin sería bibliotecario años después).

No son imágenes decorativas. Exprimen la tensión entre la atadura cotidiana y el desarraigo sentimental. Y hay algo más: una capacidad maestra de retratar el dolor sin que ocupe el centro de la escena. Dejando protagonismo a la sórdida ciudad de provincias en una especie de “pastoral urbana” de un mundo que pasa de lo agrícola a lo industrial y de lo industrial a lo mojigato, Larkin alivia del protagonismo de su dolor a los personajes. Un método aprendido de Brueghel.

Larkin nunca da más información de la necesaria para que se sostenga el edificio de la narración. Presupone la inteligencia del lector y no lo abruma con insistencias. Pero debajo de ese pacto que permite tratar con distancia las cosas penosas se cuela un pesimismo demoledor. Asimismo, la “sordina” de su estilo esconde una ambición literaria de altura que convierte esta novela en una duradera diatriba contra un mundo clausurado: el del romanticismo en su versión gaseosa y reprimida; el de la educación británica; el del mundo del trabajo, esa “amarga degradación voluntaria”; el del machismo, y el de cualquier juventud sacrificada por unos ideales abstractos. Es difícil no acordarse de un poema posterior de Larkin, ‘Ventanas altas’: “Cuando veo una parejita e imagino / que él se la folla y ella toma / píldoras o usa un diafragma,  / sé que es ése el paraíso // que todo viejo soñó la vida entera”.

Pero no es la novela de un poeta. Sino, en cierto sentido, una novela contra la mala poesía de las emociones. Comienza lentamente, cargándose de temporalidad, y termina con un golpe seco y duradero.

Una chica en invierno. Philip Larkin. Traducción de Marcelo Cohen. Editorial Impedimenta. Madrid, 2015. 304 páginas. 22,95 euros.

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