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All you need is books

Reino Unido, país invitado a la Feria de Guadalajara, vive la consagración de los narradores de los ochenta al tiempo que se renueva con escritores de todo el mundo en inglés

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De izquierda a derecha: Agatha Christie, Salman Rushdie, Ian McEwan, J.K. Rowling, George Orwell, Virginia Woolf y Charles Dickens. Ilustración de Fernando Vicente

Como muchas buenas historias londinenses, esta empezó entre vapores etílicos y humo de tabaco en un viejo pub. The Pillars of Hercules, en Greek Street, en el Soho, se encontraba justo debajo de la oficina de The New Review, una cabecera con la que Ian Hamilton, un seductor genial, polemista y bebedor, quiso recuperar la tradición casi extinta de las revistas literarias en la segunda mitad de los años 70.

El pub se convirtió en la verdadera redacción de la revista. Con un generoso whisky escocés en una mano y un cigarrillo en la otra, Ian Hamilton repartía juego entre una camada de jóvenes aspirantes a escritores.

Ian McEwan, Julian Barnes, Christopher Hitchens y Martin Amis —que pronto empezaría a editar la sección de libros del New Statesman, otro de los focos de esa nueva ola— hablaban de literatura, bebían y se sacaban un dinerillo para mantenerse a flote mientras escribían. “Fue, y sigue siendo, como una hermandad, una familia”, recuerda McEwan. “Muchos escritores de mi generación estábamos a punto de publicar nuestra primera novela, y ese pub se convirtió en el lugar donde alternábamos”.

Allí se formó el embrión de uno de los fenómenos editoriales más extraordinarios de las últimas décadas. Una serie de escritores con vocación transgresora, en el fondo y en la forma, cuyo enorme éxito global ha marcado el devenir de las letras británicas de las últimas cuatro décadas.

Hay quien defiende que el estruendo provocado por aquel grupo de autores ha eclipsado a las generaciones posteriores. Y es cierto que muchos de esos autores, hoy sexagenarios, permanecen en el Olimpo de los escritores británicos contemporáneos y sus novelas de madurez, desprovistas de esa transgresión de los inicios, siguen siendo devoradas por lectores de todo el mundo.

Pero ese mismo éxito ha abierto también un camino por el que han transitado después multitud de talentosos autores. “Lo que convirtió a esta generación en algo tan emocionante es que no había habido nada en Reino Unido, casi desde la guerra, con esa sensación de entusiasmo”, explica Bill Buford, escritor norteamericano que, al frente de la revista Granta, desempeñaría un papel clave en ese resurgir de la novela británica. “Fue el ruido después del silencio. El oasis viene después del desierto, no puede haber otro oasis después de un oasis. Pero lo cierto es que, cuando ellos llegaron, Reino Unido no era un sitio emocionante para los libros, y ahora sí lo es. Ellos fueron muy celebrados porque no había otros, ahora hay mucha más gente haciendo cosas interesantes”.

La industria del libro, con 180.000 títulos al año,  genera 4.650 millones de euros. El 40% procede
de la exportación

Reino Unido sigue siendo una potencia editorial, con más de 180.000 títulos publicados al año, y unos ingresos por ventas de libros de 4.650 millones de euros anuales, el 40% de los cuales procede de la exportación. La ficción histórica y la novela infantil y juvenil, en la estela de las exitosísimas Hilary Mantel y J.K. Rowling, viven una época de esplendor. Y nuevas hornadas de escritores, sin tanto ruido y cada uno por su lado, mantienen muy activo el imán creativo de la novela británica.

Peter Florence es un testigo privilegiado de ese nuevo talento, que desfila cada año por el Hay, el festival literario que creó con su padre en un pequeño pueblo galés en 1989, convertido hoy, bajo su batuta, en un evento con ramificaciones por todo el mundo. “Hay grandes libros que salen cada año”, asegura. “Tahmima Anam, Laline Paull y Rebecca F. John, por ejemplo, son grandes nuevas escritoras. Y creo que podría defenderse que, después del genio sublime de Tom Stoppard, las mejores apuestas británicas para un próximo Nobel de Literatura pueden ser Ali Smith y David Mitchell. Pero lo que diferencia a aquella generación de los ochenta es que se trataba un grupo de amigos. Una pandilla que los medios podían identificar y sobre la que podían escribir”.

Puede parecer osado hablar de una generación dorada en la literatura del país de Shakespeare, Dickens, Conan Doyle, Christie, Woolf, Lessing y un infinito etcétera. Pero está claro que en el Londres de los ochenta pasó algo.

“Aquella fue la última ola coherente que hemos tenido”, opina Sam Leith, escritor de 41 años, que editó la sección de libros del Daily Telegraph, ahora publica en diversos periódicos, y ha sido jurado del último Booker Prize. “Fue como una pandilla. Hoy en día hay gente muy prominente, pero no existe esa sensación de círculo literario cerrado. Después de una tradición de novelas suburbanas bien construidas y ortodoxas, llegó está generación que buscaba, como dijo Barnes, épater le bourgeois. Había una sensación de que algo terminaba y empezaba otra cosa nueva. Fue un periodo en que ser novelista se convirtió en sexy”.

Con Rushdie llegó una novela cosmopolita y libre que tenía más que ver con García Márquez que con la tradición nacional

El París de Hemingway, Stein, Fitzgerald y Pound era un fiesta. Igual que la Nueva York de Capote y Mailer, o la Barcelona del boom latinoamericano. Pero también lo fue el Londres, sombrío y multicultural, de Amis, McEwan, Barnes, Kureishi y Rushdie. El conflicto entre los deseos de prosperar y el deterioro de la economía estalló al final de la década en el invierno del descontento y el punk. Margaret Thatcher llegó al poder en mayo de 1979 e impuso el dogma del libre mercado. La cultura se convirtió en una mercancía más.

Huracán Rushdie

El Reino Unido de Thatcher empezó a abrirse hueco en la ficción literaria, convirtiendo a los ochenta en una época productiva y vigorosa para la narrativa. “La novela era sexy de nuevo”, explica Malcolm Bradbury, en su ensayo The Modern British Novel. “Los propios novelistas fueron la prueba viviente del milagro thatcherista, con su preocupación por el estilo de vida, su cultura del eclecticismo, su competitividad y su culto al éxito. El posmodernismo se convirtió no en un oscuro experimento sino, como los caros productos gastronómicos de países exóticos, en una elegante mercancía”.

El mejor indicador del cambio de rumbo en la narrativa británica lo proporciona el Booker Prize, el más prestigioso premio de las letras británicas. El de 1980 fue una batalla entre dos gigantes de la poderosa generación de los cincuenta, Anthony Burgess y William Golding, en la que acabaría imponiéndose el segundo. Al año siguiente, el ganador fue un joven autor desconocido, nacido en India, llamado Salman Rushdie.

Su libro, Hijos de la medianoche, no se parecía a nada que se hubiera visto hasta entonces en la tradición británica. Una novela cosmopolita y libre, no solo en el fondo, sino en su efervescencia formal, que bebía más de Grass o de García Márquez que de los maestros de la literatura británica. Kazuo Ishiguro habló de esa obra como “absolutamente crucial” para los jóvenes escritores que, como él mismo, soñaban con estirar las fronteras de la novela británica. Aquellos Hijos de la medianoche llegaron, en algún momento de finales de 1979 y en forma de manuscrito, a la mesa de Bill Buford, entonces un estudiante norteamericano en Cambridge, que había empezado a dirigir la revista literaria Granta. Buford incluyó un extracto de la novela aún inédita de Rushdie en el tercer número de la revista en el que, provocadoramente, proclamó “el fin de la novela inglesa y el inicio de la ficción británica”.

All you need is books

“La literatura británica en esos años era como el campo inglés: bonito, ordenado y totalmente predecible”, explica Buford desde Nueva York, ciudad en la que se instaló a mediados de los noventa para dirigir las páginas de ficción del New Yorker, en el que aún colabora además de escribir libros sobre gastronomía. “Yo buscaba una literatura que no existía entonces, tampoco en Estados Unidos, donde había experimentación pero se miraba hacia dentro. Salman miraba hacia fuera. Hablaba de historia, de política, del mundo. Era el primer libro desde Cien años de soledad que tenía esa ambición. Fue un estallido, un huracán de aire fresco”.

Estamos a principios de los ochenta. Recuerden: Thatcher, Saatchi & Saatchi. El marketing es la nueva religión y el libro es una mercancía más. Así, igual que había un Consejo de Marketing de la Carne para persuadir a la gente de que comiera vaca autóctona, existía también una institución gemela que perseguía que los ciudadanos compraran buenos libros británicos. Y su director, Desmond Clarke, tuvo la brillante idea de encargar una lista de los 20 mejores escritores británicos menores de 40 años que, por un juego de casualidades, se convertiría una de las jugadas de marketing más importantes de la historia del mundo editorial.

El canon de ‘Granta’

El 22 de agosto de 1983 la lista se publicó en el Sunday Times. Al limitado impacto que cabe esperar de una historia publicada en pleno verano londinense, hay que añadir el hecho de que las obras de la mayoría de esos autores no podían encontrarse aún en las librerías.

Pero sí estaban, en cambio, encima de la mesa de Bill Buford en Cambridge. “Tenía manuscritos de al menos 13 de esos escritores”, recuerda. “Eso es lo que hacen las revistas literarias, escuchar las nuevas voces de una generación”. Así que Buford metió su ejemplar del Sunday Times en la maleta cuando al día siguiente cogió el tren a Londres para reunirse con Peter Mayer, capo de Penguin, para convencerle de que se encargara de distribuir Granta en las librerías.

Mayer aceptó. Y al final de la reunión, Buford sacó el Sunday Times y le sugirió a Mayer dedicar el siguiente número de su revista, el primero que distribuiría Penguin, a aquella lista.

“Ahora se ha asimilado la diversidad que trajeron los inmigrantes de segunda generación”, dice Sam Leith, jurado del Booker

En las 320 páginas de aquel séptimo número de Granta, publicado en 1983 y titulado “Lo mejor de los jóvenes novelistas británicos”, había extractos, entre otros, de Amis, McEwan, Barnes, Ishiguro y Rushdie. La revista arrancaba con las primeras páginas de Dinero, la novela de Amis que se publicaría el año siguiente y que retrataría como ninguna otra aquella época. La ilustración de la cubierta, dos plumas estilográficas chocando contra una Unión Jack que se rompe en pedazos, hablaba por sí sola.

Aquello funcionó. La narrativa con ambición literaria dejó los márgenes de la cultura y se convirtió en el mainstream. Las librerías Waterstone, cuyos primeros locales abrieron en 1982, desplegaban en sus mesas las novelas como atractivas mercancías que entraban por los ojos. Los jóvenes novelistas se volvieron celebrities. Sus vidas, sus novelas, sus contratos, llenaban las páginas de los periódicos. “Fue como un renacimiento de la narrativa británica”, opina Buford. “A mediados de los setenta era un desierto, y diez años después había muchos escritores muy estimulantes y ambiciosos. No había una unidad estilística, lo único que tenían en común era el deleite en la narración y la ambición. Un país que miraba hacia dentro empezó a mirar hacia fuera”.

Aquella mirada hacia fuera pronto atravesó fronteras. Llegó, por ejemplo, a Platja d’Aro. En esa localidad de la Costa Brava española veraneaba una delegada de Deborah Rogers, la gran agente literaria de esta generación, fallecida el año pasado, y solía coincidir con un joven editor catalán llamado Jorge Herralde. “Hablábamos a menudo”, recuerda el fundador de Anagrama. “A principios de los setenta yo empecé a comprar títulos de autores estadounidenses desconocidos entonces. Y al ver que yo era un nuevo editor interesado en la literatura anglosajona, me ofreció Primer amor, últimos ritos, el primer libro de relatos de McEwan. Después vinieron Amis, Kureishi, Ishiguro, Barnes… en su día los bauticé como el dream team. Hemos ido publicando en español toda su obra y hoy constituyen una parte importante del catálogo de Anagrama. Han sido muy bien acogidos por crítica y público, tanto en España como en Latinoamérica”.

Temas como Escocia, la inmigración y Europa alimentan un debate identitario interesante para los escritores

Los años ochenta terminaron simbólica y dramáticamente el 14 de febrero de 1989, cuando el ayatolá Jomeiní leyó una fatua instando a la ejecución de Salman Rushdie, acusado de blasfemar contra el islam en Los versos satánicos. Pero el integrismo religioso no pudo con aquellos autores ni con los que vinieron tras ellos.

La revista Granta ha publicado tres números especiales más, uno cada diez años, de los 20 mejores escritores británicos por debajo de los 40. El impacto se ha mitigado considerablemente, pero Irvin Welsh, Nick Hornby, Jonathan Coe, Adam Thirlwell, Sarah Waters o Zadie Smith se han sumado al canon de la novela británica moderna en las últimas décadas.

Sam Leith, que ha tenido acceso al talento joven como jurado del último Booker, observa varias tendencias. “Hay mucha narración en presente, muchos esquemas de doble plano temporal, mucho personaje real, mucha historia novelada”, explica. “Y, sobre todo, se aprecia la diversidad de Reino Unido a través de inmigrantes de segunda y tercera generación. Es un fenómeno que empezó en los ochenta, pero que ahora se ha asimilado”.

Si la sacudida social del thatcherismo propulsó a la última generación dorada, los convulsos tiempos que se han abierto tras la crisis financiera auguran un futuro no menos prometedor en términos de creación literaria. “La ansiedad sobre la identidad acaba reflejándose en la escritura”, opina Leith. “El independentismo escocés, el debate sobre la inmigración, la relación con Europa, la ruptura del consenso político… todo eso alimenta un debate identitario que va a ser interesante para los escritores. Pero esos fenómenos tardan un par de años en reflejarse en la literatura. Habrá, pues, que esperar”.

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara se celebra del 28 de noviembre al 6 de diciembre en el Centro de Exposiciones de la capital de Jalisco (México). Reino Unido es el invitado de honor. Más información: www.fil.com.mx

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