Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Buscándole cinco pies a Freud

Dos libros analizan al padre del psicoanálisis: Roudinesco firma una equilibrada biografía; Adam Phillips vuelve a demostrar las dotes divulgativas

Montgomery Clift y Susannah York en 'Freud' (1962), de John Huston.
Montgomery Clift y Susannah York en 'Freud' (1962), de John Huston.

Peregrino de vez en cuando a la hermosa casa de Maresfield Gardens, Hampstead, en la que Freud pasó el último año de su vida, con parecido sentido del deber —pero con un poco más de ironía— con que un buen musulmán lo hace a La Meca al menos una vez en su vida; supongo que esa costumbre tiene que ver con ciertas querencias que me quedaron tras pasar —durante muchos años— 50 minutos diarios dos veces por semana tumbado en un diván, mientras me concentraba en una moldura del techo al tiempo que intentaba verbalizar lo que no sabía del todo (tal vez relatos que enmascaraban la verdad), mientras el que se sentaba detrás de mí escuchaba con atención flotante y talante detectivesco (o, quizás, inquisitorial). Por diversos motivos, estos últimos dos meses me han resultado, digamos, más freudianos que de costumbre: primero, terminé Freud en su tiempo y en el nuestro, la estupenda biografía de Élisabeth Roudinesco (Debate), más equilibrada y al día que la ya canónica Freud, una vida de nuestro tiempo, de Peter Gay (1988; traducción en Paidós), y mucho más seria que Freud, el crepúsculo de un ídolo (2010, Taurus), el biopic chisgarabís y (rabiosamente) antifreudiano de Michel Onfray, que hace tiempo encesté en la caja de cartón destinada a las boberías; y, luego, leí el breve (178 páginas) y sustancioso Becoming Freud: The Making of a Psychoanalyst (Yale University Press), un ensayo biográfico (aún no traducido) de Adam Phillips que vuelve a demostrar las magníficas dotes divulgativas de uno de los más brillantes psicoanalistas británicos de nuestra época, y al que algunos recordarán, por ejemplo, por su Flirtear, psicoanálisis, vida y literatura, Anagrama, 1998). El librito de Phillips, que hace hincapié en la infancia y la herencia judía del pensador vienés, se detiene precisamente en 1906, cuando Freud tenía 50 años, ya había publicado algunos de sus libros más significativos (incluyendo La interpretación de los sueños) y el psicoanálisis aún no se había convertido en un movimiento organizado, con sus liturgias y exclusiones. Finalmente, mi último contacto freudiano ha sido la peregrinación al ya mencionado museo londinense de Freud para visitar la pequeña pero sugerente exposición Every Piece of Dust on Freud’s Couch (más o menos: “Cada brizna de polvo en el diván de Freud”), una instalación de dos artistas (Broomberg y Chanarin) en la que, con ayuda de policías forenses que han analizado el ADN y los restos humanos (pelos, queratina, etcétera) presentes en el célebre diván de Freud y en el tapiz persa que lo cubre, se pretende reflexionar sobre el recuerdo, el psicoanálisis y el sentido de los relatos (incluyendo los de, por ejemplo, Dora o el “hombre de los lobos”). Desde entonces me pregunto si en otro diván no tan célebre mis rastros de ADN siguen contando cosas que nunca sabré de mí mismo.¡Ajjj, qué espanto!

Franquicias

En estas fechas ha podido comprobarse que hay muchas formas de conmemorar (o celebrar) el XL aniversario de la muerte del último (por ahora) dictador español. Una, quizás la más fácil, es volver a alzar la copa de cava, como en aquel noviembre tan lejano de frío, miedo y esperanza. Otra puede ser intentar saber más sobre quién fue, qué hizo y cuánto queda aún de aquel tipo de insufrible voz aflautada capaz de infundir un “terror saludable” a tantos y durante tanto tiempo. Paul Preston, uno de los dos hispanistas británicos que mejor han sabido venderse en España en las dos últimas décadas, vuelve a la carga con una “edición actualizada” de Franco, caudillo de España (Debate), 22 años después de la primera que publicó en inglés, y casi 15 desde que Gabrielle Ashford Hodges, su esposa, publicara su endeble Franco, retrato psicológico de un dictador (Taurus). Preston (1946) y Ángel Viñas (1941), que han dedicado buena parte de sus vidas al estudio y comprensión de la república (Viñas), la guerra (Preston) y la dictadura (ambos), parecen competir últimamente en quién es más franquista —en términos historiográficos—, o —quizás mejor— franquero, de los dos. Del segundo, cuya trilogía sobre la Segunda República (Crítica, 2006-2009) se ha convertido en una referencia tan exhaustiva como ineludible, se acaba de publicar también La otra cara del caudillo (Crítica), en la que se sale al paso de determinados mitos en torno a Franco (incluyendo los que se refieren a su fortuna personal); por cierto, que en su bibliografía no cita el libro de Ashford Hodges (¿será verdad que no le ha echado ni una miradita?). Nota final: el otro gran hispanista británico con dotes para la venta es, sin duda, el incansable Geoffrey Parker, quien, cinco años más tarde de su Felipe II, la biografía definitiva, acaba de publicar El rey imprudente, la biografía esencial de Felipe II, que supongo aún más definitiva, aunque sea más breve; encontrarán ambas en Planeta.

Mujeres

A partir de la relación simbólica entre el franquismo y el cuerpo alegórico femenino de la nación “re-conquistada” y hecha trizas (España como mujer descarriada a la que había que enderezar), la profesora (en EE UU) Aurora Morcillo Gómez, que ya había publicado (en inglés) importantes trabajos sobre la imagen de la mujer durante la dictadura, ha conseguido en su ensayo En cuerpo y alma: ser mujer en tiempos de Franco (Siglo XXI) una estupenda síntesis de la evolución de la ideología (“neobarroca”) de la feminidad y de su representación durante los plomizos años del Régimen. El libro incluye un extenso capítulo sobre la imagen de la mujer vehiculada por el cine, así como una interesante reflexión sobre el “destape” como “modernización del estilo” oficial durante el tardofranquismo. Un buen ejemplo de historia cultural de género.

Ficciones

Mi dosis semanal de ficción escrita (de la visual voy bien servido: Spectre, el último Bond, en la que me dormí durante una de las persecuciones, y la genial Metrópolis, de Fritz Lang, que revisé en YouTube en tres jornadas mientras caminaba sudoroso y jadeante en la cinta andadora del gimnasio) se ha visto colmada con la lectura de La estirpe del silencio, última novela de la argentina Sara Lorenzano. En Tijuana, a principios de los treinta, confluyen dos peripecias diferentes: la de Rita Hay­worth (que aún se llamaba Margarita Cansino), obligada por su padre a trabajar en los burdeles de la ciudad, y la de una huérfana francesa, cuya hermana también había sido prostituida en Veracruz por el supuesto protector con el que iba a casarse. Una novela madura y ambiciosa sobre la memoria, la sumisión y la violencia de género. Seix Barral la ha publicado en su filial mexicana.

Más información