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Francisco Nieva: “Separatismo, corrupción: es apabullante esta conjunción de monstruos”

El escritor de Valdepeñas no aminora su energía, con la que hizo saltar los plomos del teatro

El escritor y académico Francisco Nieva, fotografiado ayer en su domicilio de Madrid.

Francisco Nieva recibe diciendo su edad: "90 años". La casa es como él, llena de inteligencia y de libros. Y de cuadros. De Valdepeñas (Ciudad Real), autor de montajes que incendiaron de imaginación el escenario, no aminora su energía, con la que hizo saltar los plomos del teatro. Con esa furia escribió hace tres años dos piezas, Farsa y calamidad y La misa del diablo. Hoy presenta en el sello DelCentro Editores, del Centro de Arte Moderno, en su sede de Madrid (Galileo, 52), Teatro furioso, que recoge esas piezas. La editorial expone también los dibujos que hizo para acompañar sus textos, junto a Metamorfosis, colección de pinturas de José Pedreira, amigo del dramaturgo.

Pregunta. ¿Cómo nació La misa del diablo, ese texto furioso?

Respuesta. El director del instituto Francisco Nieva de Valdepeñas convocó un concurso para jóvenes de 14 a 17 años. Le dije: "Me voy a presentar, a ver qué le parece". Cuando terminé encontré que era un objeto raro, extraño, interesante desde el punto de vista literario.

P. ¿Y cómo se sintió haciendo de usted a los 14?

R. Imaginaba cómo podía reaccionar ante la situación de España con 14 años ahora. La he convertido en una fabricante de monstruos. Es algo terrible que vivo con angustia.

P. ¿Qué le angustia?

A sus 90 años, publica ‘Teatro furioso’, con textos y dibujos inéditos

R. Esa diversidad de separatismos. Galicia, País Vasco…, ahora Cataluña. España se desmembra en fragmentos.

P. ¿Son los únicos monstruos?

R. Y los que los permiten. Y la corrupción. A la corrupción no le importa sino hacer dinero.

P. ¿Cómo combatirlos?

R. Es una cuestión de educación, desde la escuela. Pero no sé cómo se puede remediar ahora este problema. Se nos dice que la solución al monstruo del separatismo es una España federal. Ni siquiera eso mata el separatismo catalán.

P. Entonces, ¿estamos condenados a separarnos?

R. No hay solución visible, ni práctica, para acercarnos a esas mentes ávidas de medro personal, de dinero. Separatismo, corrupción: es apabullante esta conjunción de monstruos.

P. ¿Cómo veía el mundo en Valdepeñas a los 14?

R. Como ahora, con monstruos y sueños. Me he sentido niño escritor, como yo era. Escribía muy mal. Y ahora yo he querido hacerlo así de mal, y resulta que ahora me he dicho que tiene una cierta calidad, una gracia sosa de chico de 14 años.

P. Hay otro texto, Farsa y calamidad. Aquí renace usted como el Valle-Inclán de este tiempo.

R. Ahora me están poniendo al nivel de Valle, de Benavente o de Arniches. Prefiero Arniches. Ahora mismo se está representando Los caciques. ¡Magistral!

P. Pero leyendo sus obras parece más propio compararlo con Valle que con Arniches…

La muerte de Lorca sigue significando para mí el cainismo español

R. Sí; recuerda a Valle-Inclán lo que escribo, es cierto. Yo he sido de pequeño muy valleinclanesco, mi padre compraba todas las semanas la revista La farsa, sobre todo lo que se hacía en teatro. Y ahí estaba Valle, con Divinas palabras. Y me dije: "¡Este lenguaje es extraordinario!". Era fotográfico, profundo. Él copiaba a otros, seguramente, pero don Ramón tenía muchísimo talento.

P. ¿Qué le hace ahora ser más arnichesco?

R. Me parece Arniches más moderno. Valle-Inclán se inspiró mucho en el gran guiñol francés, pero Arniches se inspiró mucho también en Gogol. Los caciques recuerda a Gogol. Lo cierto es que Arniches era muy de izquierdas. Eso lo sé por José Bergamín. Y creo que ahora está siendo reivindicado, no a bombo y platillo, pero ya se está viendo.

P. Hay en esta obra suya juguetes, versos, que evocan al Lorca más andaluz.

R. Sí. ¡A Los títeres de Cachiporra! Yo tengo un constante recuerdo de Federico. Estábamos sentados en la calle, en verano, y paró un coche y un amigo de mi padre le gritó: "¡Paco, han matado a García Lorca!". Una impresión que mi padre me contagió.

P. Es una metáfora de lo peor del siglo XX…

R. Sigue significando para mí el cainismo de la sociedad española. Sus razones de pobreza, de miseria, de mala educación. Y cómo perviven esas razones.

P. ¿Cómo pueden convivir aquí el monstruo y la alegría?

R. Nos parecemos mucho a los sicilianos. Esa alegría la llevan los gitanos. Los más heridos. Cuando el español canta, algo tiene en la garganta. Pues algo tiene en la garganta el gitano para darle ese toque que le da a su herida, ese toque de alegría ¡y de orgullo!

P. Y los monstruos…

Dejar de lado las humanidades es lo que ha traído estos lodos

R. He conocido muchos monstruos españoles, mucha gente mala; por ejemplo, una señora de derechas que decía después de la guerra: "Aquí hemos tenido que castigar a muchos". Quería decir que había habido que cargarse a muchos.

P. ¿Encuentra ese espíritu aún en nosotros?

R. No, en todo el mundo no; es algo que se impone por el aroma, eso es lo que trasciende, esa maldad, pero puede ser también el mal destino de España. Siempre fue un país fragmentado en nacionalidades que se mataban de un pueblo a otro por un Cristo o por una Virgen.

P. ¿Tendremos remedio?

R. Yo creo que sí. Hay que tener esperanza; para mí una brecha de esperanza ha sido Podemos. La esperanza es lo único que nos queda. Y la esperanza es cuestión de educación.

P. Su obra tiene mucho que ver con Europa. ¿Europa, como cultura, puede ser también una esperanza?

R. Sí, lo es. La cultura grecolatina. La cultura clásica. Lo que nos ilumina. Dejar de lado las humanidades es lo que ha traído estos lodos. Porque no debemos dejar de lado a los clásicos, nunca, nunca. Y la cultura es política, como el teatro. Lo que se ha hecho con la cultura me parece un poco salvaje, no dictado por una inteligencia normal. ¡Si se han cargado hasta la filosofía! Es una fatalidad.

P. No hay que perder la esperanza. ¿Cuál es la suya?

R. Soy un expectante. Sólo espero. Pero yo actuar no puedo actuar. Puedo escribir La misa del diablo, que ha salido bien por casualidad.

P. Quizá fue la energía de aquel muchacho de 14 años. ¿Qué queda de él en usted?

R. Quedan muy tristes restos. Los viejos vivimos de recuerdos no más. Y recuerdo mucho esa infancia mía. Recuerdo que mi padre quería ser autor y director. Un día me dio las obras completas de Shakespeare; El sí de las niñas, de Moratín... Ese fue su regalo.