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Muere el filósofo francés André Glucksmann a los 78 años

Militante comunista, viró en su ideología hasta convertirse en azote de la izquierda francesa

El filósofo y escritor André Glucksmann, en 2012. AFP

El filósofo francés André Glucksmann, nacido hace 78 años en Boulogne-Billancourt, localidad adosada al oeste de París, ha fallecido la madrugada de este martes en la capital francesa. Termina así una vida consagrada a la reflexión sobre la moral en política y la naturaleza del mal, sobre el trasfondo constante de una actualidad internacional cargada de conflictos, en los que nunca dudó en implicarse. Glucksmann observaba el mundo a la luz de su reconocido pesimismo. Para él, un intelectual debía ser siempre “un profeta del desastre”, un visionario “capaz de vaticinar, en la propia semilla, la flor venenosa”.

Su irrupción en el paisaje intelectual se produjo a mediados de los setenta, cuando despuntó como integrante de los llamados nuevos filósofos, mediático grupo de jóvenes pensadores entre los que figuraban Bernard-Henri Lévy y Christian Jambet. Desilusionados con la aventura marxista y su deriva totalitaria, asaltaron los platós televisivos tomando el relevo de la brillante generación anterior, formada por Sartre, Aron o Foucault, de quienes Glucksmann fue discípulo. Como otros miembros de ese grupo de treintañeros, Glucksmann había militado en la Gauche Proletarienne, un grupo revolucionario de perfil maoísta que se autodisolvió en 1973. Solo permaneció un año en sus filas, pero lo consideró siempre “el mayor arrepentimiento” de su vida adulta. El filósofo rompió oficialmente con el marxismo al publicar el ensayo La cocinera y el devorador de hombres (1975), donde establecía un polémico paralelismo entre nazismo y comunismo.

Sus orígenes familiares marcaron ese infatigable compromiso político. Glucksmann fue hijo de judíos austriacos, militantes sionistas de izquierdas. Su padre, un agente de la Komintern que había participado en la fundación del Partido Comunista palestino, condujo a la familia a París al principio de los años treinta, justo cuando los judíos empezaban a abandonar Europa. Se negó a llevar la estrella amarilla y murió al principio de la guerra. Cuando Glucksmann tenía 4 años, la familia logró escapar de un vagón de tren que debía conducirles a un campo de concentración. Su madre se puso a gritar a los demás detenidos lo que les esperaba, hasta que los agentes la apartaron y sacaron a la familia del vagón. “Ese día aprendí la primera lección de mi existencia: que la insolencia y la verdad sirven para algo”, reconoció después. Pasó el resto de la guerra en la clandestinidad, haciendo de monaguillo en una escuela de monjas, mientras su madre se implicaba en la Resistencia. El resto de su vida puede entenderse como una reflexión perpetua sobre lo que logró esquivar aquel día: el genocidio y la limpieza étnica que se reproducían en distintos puntos del planeta. “Es más fácil ponerse de acuerdo sobre lo que es el infierno que el paraíso”, dijo una vez.

La rotunda defensa de los derechos humanos guio buena parte de su trayectoria, durante la que se opuso sin cesar a las consecuencias del colonialismo y se erigió en portavoz de refugiados y apátridas. A finales de los setenta, defendió a los boat people, emigrantes llegados de Vietnam; sobrevive la mítica imagen en la que se llevó a Sartre y Aron al Elíseo para exigir al entonces presidente, Valéry Giscard d’Estaing, para que hiciera algo. Más tarde defendería también a chechenos y ucranios. Contrario a la fe beata en el pacifismo, Glucksmann adoptó con el tiempo un perfil intervencionista, atlantista y proestadounidense, que le incitó a apoyar las intervenciones en Irak tanto en 1991 como en 2003. Apoyó también la operación militar en Serbia en 1999, igual que la que tuvo lugar en Libia en 2011, y se mostró favorable a intervenir en Siria.

Glucksmann protagonizó otra transgresión mayúscula al apoyar la candidatura presidencial de Nicolas Sarkozy en 2007, considerándolo “el candidato más izquierdista”. El filósofo se encontraba en el estadio de Bercy cuando Sarkozy anunció que pensaba “liquidar la herencia del Mayo del 68”, del que Glucksmann fue una figura central. Pero ni siquiera entonces se desmontó. “En realidad, me hizo reír”, recordaba meses después en el comedor de su domicilio en el Faubourg Poissonnière, uno de esos antiguos arrabales parisinos que concentran hoy a la juventud bohemia. Ya había dado suficientes indicios de equidistancia ideológica como para no sorprenderse por su gesto. Ya en 1981, mientras François Mitterrand despertaba pasiones, Glucksmann había preferido a una pequeña candidata, Marie-France Garaud, influyente consejera de Jacques Chirac y depositaria del voto paragaullista. En 2005, Glucksmann participó incluso en un ciclo organizado por la Fundación FAES, durante el que José María Aznar se apoyó en sus textos para justificar su combate antiterrorista.

Evitando el debate partidista, la clase política francesa ha privilegiado hoy su combate por los derechos humanos al saludar su memoria. “Penetrado por la tragedia de la historia tanto como por su deber de intelectual, no se resignó a la fatalidad de guerras y masacres. Siempre estuvo en alerta y a la escucha del sufrimiento de los pueblos”, ha expresado el Elíseo en un comunicado. “La indignación, la suerte de los pueblos, el rigor del intelectual: André Glucksmann guiaba las conciencias. Su voz será echada de menos”, ha añadido, por su parte, el primer ministro francés, Manuel Valls.

Glucksmann, que llevaba varios años enfermo y desaparecido de los radares mediáticos, juraba no tener miedo a morir algún día. “Al revés, es una idea que me tranquiliza”, aseguró en una entrevista televisiva en 2006. “Me digo que mi estado de decrepitud terminará por detenerse”.

Entre sus obras destacan Una rabieta infantil (Taurus), su libro autobiográfico, sobre su familia y la trayectoria de un pensador heterodoxo, Occidente contra Occidente (Taurus), en el que defendió tesis similares a las de los halcones de Washington para justificar la invasión de Irak, Los dos caminos de la filosofía, Sócrates y Heidegger: ideas para un tiempo trágico (Tusquets) y El discurso del odio (Taurus).

Glucksmann ha sido colaborador de EL PAÍS para el que escribió entre 1983 y 2012 artículos que han abordado personalidades y asuntos como Gorbachov, la guerra de Irak, el antisemitismo en Francia, la política de su país o la Rusia de Putin.

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