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Robinsonadas más o menos navideñas

Náufragos los ha habido desde el principio de la navegación, pero hubo que esperar muchos siglos hasta que el argumento llegara a interesar a la gente

Ilustración de A. E. Jackson de 'Robinson Crusoe', de Daniel Defoe.
Ilustración de A. E. Jackson de 'Robinson Crusoe', de Daniel Defoe.

Náufragos que sobreviven aislados de todo los ha habido desde el principio de la navegación, pero hubo que esperar muchos siglos, hasta que las luces racionalistas y el sentimentalismo rousseauniano se adueñaron de la conciencia europea, para que el argumento del robinsón llegara a interesar a la gente. En 1719, fecha de la aparición de la primera parte de las aventuras del más célebre náufrago de todos los tiempos, se publicaron cuatro ediciones del libro, y unos años más tarde ya estaba traducido a todos los idiomas “cultos” del planeta. Inspirada en relatos reales que habían conmovido a la opinión pública en los primeros tiempos del periodismo (básicamente el del marinero escocés Selkirk), la estupenda novela de Defoe se convirtió en el origen de una duradera moda literaria que se vino en llamar robinsonada y que, de un modo u otro, se ha prolongado hasta nuestros días: ahí tienen, por empezar por el final, la película Marte, de Ridley Scott, en la que el “náufrago” es un astronauta al que sus compañeros han olvidado y que deberá sobrevivir con el mismo ingenio con que lo hizo Crusoe. Estos días he recibido casi simultáneamente las Aventuras de Robinson Crusoe, publicada completa y primorosamente por Libros del Zorro Rojo en la ya canónica traducción de Julio Cortázar, y una nueva edición (restaurada según la primera edición) de El robinsón suizo (Random House), de Johann Wyss (1812), quizá la más conocida secuela de la novela original, y cuyo argumento sirvió para que el autor y su hijo (que la editó) desarrollaran en ella toda la panoplia de los valores familiares típicos de la burguesía conservadora del primer romanticismo. El irlandés James Joyce, a quien el libro de Defoe fascinaba, consideraba a Crusoe una personificación de los rasgos esenciales del inglés: “La independencia varonil, la crueldad inconsciente, la tenacidad, la apatía sexual, la religiosidad práctica y equilibrada, el silencio calculado”. Y no hay duda de que el personaje encarnó anticipadamente ciertas cualidades del imperialista británico. Gilles Deleuze, que veía en el personaje de Robinson Crusoe la personificación de la aburrida exaltación del trabajo y de la propiedad burguesa, sostenía que cualquier lector sano de la obra sólo espera que Viernes se acabe merendando a su amo. En fin, opiniones diversas para una novela fundacional cuyas secuelas posteriores han proporcionado hitos literarios tan importantes como Viernes o los limbos del Pacífico (1967), de Michel Tournier (Alfaguara), en la que el protagonista rechaza regresar a la civilización, o Foe (1986), de J. M. Coetzee (Random House), una inteligente metarrobinsonada contada por Susan Barton, una náufraga que llega a una isla en la que sobreviven un tal Cruso y su esclavo Viernes.

Navideña

Si es que queda alguien al otro lado de esta página, debo decirle que, aunque no tengo ningún parecido con Kylie Minogue —al menos físicamente—, no me siento acomplejado por ella; de modo que si la australiana ha podido efectuar, desde el mismísimo centro de Oxford Street (es decir, desde Selfridges), el disparo de salida de la campaña navideña (a cambio de una publicidad universal impagable para su álbum Christmas), también yo puedo, desde este destartalado sillón de orejas, dar por inaugurada la consabida campaña del libro de regalo para esta época tan obligatoriamente entrañable del año. De entre los coffee table books y álbumes ilustrados recibidos he seleccionado tres que me parecen particularmente atractivos; ahí van. Cinco llaves del mundo secreto de Remedios Varo (Atalanta; 45 euros), publicado anteriormente por la mexicana Conaculta, es un precioso reader ilustrado en el que se intentan desvelar las claves (esotéricas, artísticas) de esa figura irrepetible del surrealismo, nacida (1908) en Anglès, en la comarca gerundense de la Selva, y muerta (1963) en Ciudad de México. Amante de Benjamin Peret, el gran poeta surrealista (y trotskista), su misteriosa obra, en la que los motivos oníricos se revelan inmersos en una especie de silencio eterno y vibrante, refleja la influencia de El Bosco, los surrealistas (también Max Ernst) y Leonora Carrington. Mi segunda recomendación recae en el Macbeth bilingüe publicado por Reino de Cordelia (24,95 euros), en traducción de Luis Alberto de Cuenca y José Fernández Bueno y con ilustraciones (estupendas y salvajes) de Raúl Arias. Por último, he salivado abundantemente hojeando el ilustradísimo Tokio, las recetas de culto (Lunwerg, Planeta; 24,50 euros), de Maori Murota, gracias a cuyos consejos podré cocinar, de ahora en adelante, algunos de mis ramen favoritos.¡Ñam, ñam, slurp!

Viajeros

La fórmula la importó el inolvidable Jaime Salinas en 1978, cuando metió a 30 periodistas y escritores en un tren que hacía el trayecto Madrid-Cuenca para invitarlos a un morteruelo con Günter Grass: la excursión sirvió para que el nombre del escritor alemán, publicado por Alfaguara, conociera una popularidad que no correspondía a sus ventas. Planeta, que, como los comerciantes chinos, ha demostrado siempre gran talento mimético, dio otra vuelta de tuerca al invento promocional: fue en 1992 o 1993, cuando invitó a periodistas y críticos a Estambul con motivo de la publicación de La pasión turca, de Antonio Gala. Agradecidos, los invitados no escatimaron tinta para publicitar los tórridos amores de la malquerida Desideria Oliván y el apasionado Yamam en la vieja Constantinopla. Ahora Espasa (también Planeta) ha hecho algo más modesto en la misma tradición, invitando a un grupo de periodistas y críticos a Vera de Bidasoa a empaparse de ambiente barojiano en la vieja casona de Itzea para que les ayuden a vender los 15.000 ejemplares iniciales de Los caprichos de la suerte, la inédita última novela de Gran Escritor Muerto. Y vaya si lo han conseguido: si sumamos los centímetros cuadrados consagrados al libro en papel, digitales y televisiones, y multiplicamos el resultado por el coste de la publicidad equivalente, en Espasa se habrían gastado una fortuna. Bueno, dejando aparte el interés histórico-literario del descubrimiento, sería lamentable que algún joven empezara a leer a Baroja por esta novela, escrita cuando su autor hacía tiempo que había dejado de ser el más importante novelista español de la primera mitad del siglo XX. Parafraseando al maestro Mainer, lo mejor que he podido encontrar en esta novela son “restos de un naufragio, rescoldos de un fuego”. Por lo demás, estos días he leído también con curiosidad la breve antología Recuerdos de don Pío Baroja (Fórcola), que recoge algunos de los entregadísimos artículos (edición de Francisco Fuster) que sobre el maestro vasco escribió Camilo José Cela.