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La historia de amor y superación de ‘lady’ Azor

Helen Macdonald narra en ‘H de halcón’ cómo se rehízo de la pena tras la muerte de su padre adiestrando un ave de presa

Helen Macdonald y su padre, en una foto familiar. EL PAÍS

En el panorama literario actual, lleno de cosas previsibles, un libro como H de halcón (Ático de los libros) destaca como una extraña joya. Tan hermoso como inclasificable, es, en su médula, la historia real en primera persona de una mujer, su autora, Helen Macdonald, que devastada por la muerte de su padre encuentra consuelo adquiriendo y adiestrando a Mabel, una hembra de azor, una rapaz similar a un halcón. Domar a un ave de presa para domar la pena. Es muy difícil alcanzar a trasmitir una mínima parte de la emoción, la belleza y la poesía que contiene el libro, de una sinceridad e intensidad de sentimientos turbadores.

Historia de pérdida, de dolor, de duelo y de superación, H de halcón es también un libro de amor, el de una hija por su padre pero también por su halcón y por la vida salvaje. Y un apasionante ensayo sobre las aves de presa y el viejo arte de la cetrería (aprendes cosas como que cuando una rapaz tiene ganas de matar los cetreros dicen que está en yarak, de una palabra persa que significa poder, fuerza y audacia). Un libro también sobre libros, metaliterario, pues Macdonald compara su experiencia con su azor con la que tuvo con el suyo otro escritor atormentado, T. H. White, el célebre novelador de las leyendas del Rey Arturo y Merlín y autor, precisamente, de The Goshawk (El azor) –título de 1951 que también publicará ahora en castellano la misma editorial-.

Helen Macdonald (Chertsey, Gran Bretaña, 1970), que ha estado en Barcelona para presentar su libro, ganador de los premios Samuel Johnson de no-ficción y Costa, es una mujer de cabello negro (ala de cuervo está tentado de escribir uno a la vista del tema), ojos de un gris frío y acerado que contrastan mucho con la calidez y amabilidad de la escritora y una emotividad literalmente a flor de piel, propia de la poetisa que es (con varios poemarios publicados). “Mi libro no tiene nada de ficción, excepto quizá por cómo doy forma a mis recuerdos”, explica ante un gran taza humeante de café americano. ¿No le resulta embarazosa esa desnudez emocional? “Tardé cinco años en lograr la distancia suficiente para poder escribirlo pero la idea siempre estuvo muy clara en mi mente. Cuando empecé traté de ser muy british, contenida, menos abierta, pero no funcionaba, no avanzaba. Comprendí que tenía que ser muy sincera al describir mi paisaje emocional, eso fue muy difícil pero me ayudó el paso del tiempo y ver mi yo como si fuera ya el de otra, a partir de ahí el libro se escribió solo, era como tener un animal entre las manos que echaba a volar por su cuenta, en ese sentido, el libro es el azor”.

Tardé cinco años en lograr la distancia suficiente para poder escribirlo pero la idea siempre estuvo muy clara en mi mente. Cuando empecé traté de ser muy 'british', contenida, menos abierta, pero no funcionaba, no avanzaba"

El azor 'Mabel', protagonista de 'H de halcón'.

La conjunción de duelo y azor, con todo lo que simboliza el ave de presa de muerte violenta, laceración, herida, dolor e ira, es un gran hallazgo. “Es lo que sucedió. Durante un duelo vas buscando consuelo; la gente te evita como si sufrieras algo contagioso y algunos lo encuentran en las drogas o la bebida, yo lo encontré en un azor. Parece algo raro, pero es un mundo, el de la cetrería que me fascinaba desde muy niña, y a la vez formaba parte de lo que me había enseñado mi padre sobre la naturaleza”. Le apunto a Macdonald que lo de su padre me recuerda la última carta del capitán Scott, escrita mientras aguardaba la muerte en su tienda en la Antártida, en la que le decía a su mujer que hiciera que su hijo persistiera en el interés por las ciencias naturales (lo hizo: Peter Scott fue un importante ornitólogo y conservacionista y uno de los fundadores del WWF). Se le humedecen los ojos a la escritora y recita palabra por palabra la línea de la carta (“make the boy interested in natural history if you can, it is better than games”). “Así es, es muy triste lo de Scott; es cierto, mi padre me dio la atención al destello, ese don de ver, de mirar. Una vez me regaló un libro sobre la langosta cuando yo era pequeña, una obra sobre el estadio de ninfa del saltamontes del Sahel, algo muy especializado. Me sentí muy decepcionada: era demasiado incluso para una niña tan curiosa como yo. Pero él me dijo ‘ábrelo’, y tenía unas acuarelas preciosas y me encantó. El mundo está lleno de cosas hermosas”. La relación padres e hijas es muy especial. “Muchas lectoras me han hecho esa observación tras leer el libro. Realmente lo es aunque no se habla tanto como de la relación padres-hijos varones. Mi padre estaba obsesionado con el vuelo, los pájaros y también los aviones, lo fascinaba observarlos a ambos. Entonces, observar pájaros no era aún una moda”.

Aprovecho para preguntarle si ella hace birdwatching. “Sí, pero no llevo una lista, me gustan las aves y no solo los azores y las rapaces, aunque siento por estas algo muy especial. Los libros de cetrería del XVII hablan de una amistad muy profunda, una conexión casi espiritual entre el halconero y el animal”. En el libro hay muchos tipos de amor, “amor a mi padre, a mi azor, el sentimiento cercano a la compasión que inspira White, ese hombre desesperado a su vez por amar, y hay el amor renovado por la vida después del duelo, del camino de regreso con el azor desde el lugar oscuro y duro de la pena”.

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La escritora, con un halcón en un una exhibición de cetrería. .

Todo ese proceso salvífico tiene mucho de iniciático. “Hay muchos mitos universales relacionados con la aves de presa, y en el chamanismo euroasiático son figuras que acompañan y guían en el viaje al otro mundo, aunque mi libro es muy realista y se basa en experiencias científicas con los halcones se tiñe también de ese aspecto mitológico y folclórico de las rapaces”.

¿Cómo son los azores en la intimidad? “Son exquisitos y tan inteligentes… Una vez estaba con Mabel en el campo y vimos un conejo. Ella saltó de mi puño y voló en dirección contraria: lo hizo para dirigirse a la presa oculta por una trinchera y sorprenderla por detrás; inteligencia táctica”. La escritora, admiradora de Gerald Durrell y de los autores clásicos de historias de animales (aunque no conoce a C. Bernard Rutley), no entra en el libro en el debate sobre la caza. “Es muy difícil generalizar, hay tantos tipos de caza como de matrimonios, personalmente no me gusta nada que haga daño a un animal y entiendo que a la gente le disguste el derramamiento de sangre, pero hay mucha hipocresía social, sobre todo cuando piensas en las granjas de pollos. En todo caso, cazar con halcón es más bien un acto de naturaleza. Una de las relaciones más iluminadoras entre ser humano y animal que existen. Y no olvidemos que la naturaleza es cruel”. Red in tooth and claw. “Exactamente. Los halcones de Eleonora despluman a las presas y las dejan vivas cerca del nido para que sus polluelos puedan irlas devorando frescas a placer”.

Mi padre estaba obsesionado con el vuelo, los pájaros y también los aviones"

Lo más característico del libro es su honda dimensión poética. “He cometido unos cuántos pecados contra la gramática”, dice modestamente Macdonald sobre las impactantes, inolvidables, maravillosas metáforas que atraviesan sus páginas como ráfagas estremecedoras, como los propios halcones, en suma. El azor en su puño es “ochocientos cincuenta gramos de muerte vestidos de plumas”, en vuelo tras un faisán, “un ángel mortífero cabalgando una ráfaga de viento”, e incluso “el hijo bastardo de una antorcha y un rifle de asalto”.

Traducir al castellano H is for hawk (lo ha hecho Joan Eloi Roca) ha sido todo un reto. De entrada goshawk, la especie del ave protagonista, hay que traducirlo por azor, con lo que se pierde el juego del título, aunque la editorial ha decidido mantenerlo como H de halcón. Sucede como con Moby Dick, que es una whale, ballena, en inglés –concretamente una sperm whale- pero un cachalote en castellano. “Me halaga tener el mismo problema que Melville al traducirme”, bromea Macdonald. Toda la parafernalia cetrera, con sus extraños nombres normandos, ha resultado asimismo compleja de llevar al castellano.

¿Y qué ha sido de Mabel, nuestro azor? –pues los lectores ya lo consideramos así-. “Siento decirte que murió”. Vaya. “Tras lo que se explica al final del libro seguí volándola, la relación se fortaleció. Pero luego atravesé apuros económicos, tuve que ir a vivir con mi madre a una zona en la que Mabel no podía volar libremente y se la presté a un amigo cetrero. Murió de una infección de hongos, aspergilosis, muy rápidamente. Mi amigo dijo que era el azor más suave que había conocido, siempre que no fueras un conejo. La echo mucho de menos”. ¿Le gustaría tener otra? “Oh, sí, pero es difícil, ella fue tan importante para mí… Quizá otra especie, un peregrino. Aunque hace poco en Irlanda tuve en las manos otra hembra de azor y no quería devolverla. No sé. Estoy tan agradecida a Mabel…”.