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Coincidencias, vanguardias, mitos

Qué sencillo sería todo si uno pudiera modificar el pasado tan fácilmente, me digo cada vez que comparo dos dedicatorias de Saramago. La gesta del Alcázar, rebatida

Fotograma de la película Sin novedad en el Alcázar (1940), de Augusto Genina.
Fotograma de la película Sin novedad en el Alcázar (1940), de Augusto Genina.

El azar objetivo, una vez más. El mismo día en que recibo Los poemas de Ricardo Reis, séptimo volumen de la Poesía de Fernando Pessoa (Abada), en edición bilingüe y primorosamente traducido, como los otros seis, por Juan Barja (¿de dónde saca tiempo para tanto?) y Juana Inarejos, encuentro en una abigarrada caseta de la Feria de otoño del libro de ocasión, un ejemplar en buen estado de la primera edición española (Seix Barral, 1985) de El año de la muerte de Ricardo Reis, mi preferida (fue la primera que leí) entre las tres o cuatro obras maestras de José Saramago (1922-2010). Y, como hago cada vez que me topo con un ejemplar de esa edición casi desaparecida y mal encuadernada (el libro está fresado y no cosido), volví a comprarla. No, no crean que colecciono ejemplares; los adquiero para regalar y por razones muy diferentes. Primero porque la novela del único premio Nobel portugués (1998) me parece de lectura obligada. Y, luego, porque cada uno de esos ejemplares constituye algo así como una prueba irrefutable de algo que siempre me ha inquietado en las biografías de ciertos escritores que admiro. Voy a explicarme (otra vez). Gérard Genette, uno de los grandes narratólogos estructuralistas, decía que la función de la dedicatoria impresa (no la que se hace a mano en un sólo ejemplar) es invocar al dedicatario del mismo modo que, antes, “el aedo invocaba a la musa”, es decir, para implicarlo “como una especie de inspirador ideal”. Evidentemente, Saramago se apartó de la norma o su musa era tornadiza, incluso retrospectivamente. En la edición mencionada, la novela está dedicada A Isabel, otro libro, otra señal, pero en la que publicó Alfaguara en 1998 —mucho mejor editada y encuadernada, por cierto— el mismo libro (sin cambios) estaba dedicado lacónicamente A Pilar. Qué sencillo sería todo si uno pudiera modificar el pasado tan fácilmente, me digo cada vez que las comparo (me refiero a las ediciones, no a las musas). Y, en cierto modo, qué razón tenía Ricardo Reis, el más horaciano de los heterónimos de Pessoa (y a quien el poeta portugués hizo nacer en 1887 y Saramago enterró en 1936), cuando con acento borgiano (pero avant l’Aleph), exclamaba: “Nada sino el instante me conoce. / Mi recuerdo no es nada, y es que siento / quien fui y quien soy / como distintos sueños”.

Vanguardias

Si no fuera porque (todavía) están insuficientemente distribuidos y publicitados, muchos de los libros que editan las 66 editoriales universitarias españolas (www.une.es) ocuparían mucho más espacio en las mesas de novedades de las (buenas) librerías. Entre los que he recibido últimamente, selecciono tres bastante breves que, probablemente, no hubieran publicado las editoriales privadas, y que demuestran el interés de sus editores por aspectos o figuras de las vanguardias históricas. Para la voz (coeditado por las universidades de Castilla-La Mancha, Cantabria y San Jorge) reúne en estuche los facsímiles en ruso y español (traducción de José Luis Reina Palazón) de 13 poemas de Maiakovski publicados como plaquette en 1923; preciosa edición (una ganga: 30 euros) diseñada por El Lisitski en su momento y preparada ahora por José Antonio Sarmiento. Sarmiento es también el editor y compilador del librito La clase de Beuys (Castilla-La Mancha), que recoge una breve antología de textos (propios y ajenos) relacionados con los proyectos educativos de Joseph Beuys; especial interés reviste su borrador del proyecto de Universidad Libre. Por último, El universo dereniano (también de Castilla-La Mancha) reúne un conjunto de textos fundamentales (editados y traducidos por Carolina Martínez) de la poeta, coreógrafa, bailarina, fotógrafa y, sobre todo, cineasta ruso-americana Maya Daren, una de las más relevantes, desconocidas y apasionantes figuras de las vanguardias norteamericanas de los años 40 y 50. Si tienen curiosidad, no se pierdan su película At Land (1944) en Youtube.

Sin novedad

Al menos dos generaciones educadas en el franquismo fueron aleccionadas con la gesta del Alcázar de Toledo. Los vencedores a sangre y fuego necesitaron construir rápidamente una mitología legitimizadora de su rebelión antidemocrática que tuviera también la capacidad de eliminar los rescoldos de mala conciencia de los tibios: la más famosa, completa y repulsiva de sus construcciones heroicas pudo verse en la célebre película fascista del italiano Augusto Genina Sin novedad en el Alcázar (1940; reestrenada con cortes en 1960). Sí: en las enciclopedias y las más bien chapuceras clases de Formación del Espíritu Nacional se adoctrinaba a niños y niñas en el desprendido heroísmo patriótico de los defensores de aquella plaza, adornando el relato con motivos dramáticos y narrativos que enfatizaban la moraleja buscada (sufrimiento, hambre, abnegación frente al asedio de la horda roja). Los mitos sobre la gesta comenzaron a resquebrajarse en 1967, cuando Luis Quintanilla —un estupendo artista y cronista, además de un personaje apasionante— publicó en la inolvidable editorial parisina —pero tan española— Ruedo Ibérico Los rehenes del Alcázar de Toledo, un libro que, entre otras cosas, venía a explicar que existieron más de 500 rehenes (mujeres y niños republicanos) encerrados en el Alcázar, y que la célebre conversación telefónica entre Moscardó y su hijo (—¡Papa! —¿Qué hay, hijo mío?) nunca tuvo lugar. Aquel libro, editado y adaptado ahora por Esther López Sobrado —que ha dedicado buena parte de su carrera a la figura de Luis Quintanilla— acaba de publicarlo Espuela de Plata, uno de sellos de la meritoria editorial sevillana Renacimiento.

Álbumes

Significativa avalancha otoñal de álbumes gráficos. Empiezo con la reedición de un clásico: el Pinochio de Winshluss (La Cúpula, 26,90, rústica), uno de esas obras maestras de la literatura gráfica que no puede faltar en ninguna biblioteca de aficionados al cómic. Entre las novedades absolutas destaco dos que me han llamado la atención por la originalidad de su guión y la puesta en página de los dibujos: Arenas movedizas (Impedimenta, 20,95), de Max Mönch, Alexander Lahl y Kitti Kahane, centrado en los últimos días de la RDA, y, sobre todo, Alicia en Sussex (Salamandra, 20 euros, traducción de Miguel Sáenz), una original y muy literaria recreación del libro de Lewis Carroll —del que este año celebramos el 150 aniversario de su publicación— en la que se cita a Cioran, Dostoievski o Nietzsche y se rinde abundante homenaje al excéntrico y paródico escritor vienés Hans Carl Artmann (1921-2000). Les recuerdo, por último, que DeBolsillo acaba de publicar (19,95) el segundo volumen de Pies descalzos, una historia de Hiroshima, la monumental obra del mangaka Keiji Nakazawa (1939-2012).