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El guiñapo

El incidente de las banderas (la española, la catalana) en el suspiro final de la campaña del 27S ha sido espoleado de distintas maneras por las televisiones

El guiñapo

En una entrevista rara que le dio Jorge Luis Borges a Cuadernos del Norte, la mítica revista de Juan Cueto, el poeta argentino alertaba del peligro que entrañan todas las banderas; si uno tiene la bandera en el alma, cualquier bandera, para qué andar exhibiéndola. Los ingleses acabaron con el mito de su bandera, a la que quieren tantos, poniéndole esos colores impetuosos a las bragas y a los calzoncillos y a los condones y a los sostenes. De ese modo allí la bandera alcanza su grado adecuado de trapo, al que unos glorifican en el mástil o mantiene como cubierta de sus partes pudendas o de lo que sea. Borges añadía, a su animada reflexión sobre el símbolo visible de las patrias, algo que se escucha en otros filósofos liberales: detrás de una bandera siempre aparece un fusil. A veces el fusil ciega los ojos de los que llevan la bandera.

Este incidente de las banderas (la española, la catalana) en el suspiro final de la campaña del 27S ha sido espoleado de distintas maneras por las televisiones. El telediario de Ana Blanco (TVE) lo dio con esa opacidad con que la televisión estatal toca aquello que irrita pero no hay más remedio que dar; con ese aire de “ojalá que no hubiera pasado”. En El intermedio, sin embargo, hicieron un vaciado del hecho de modo que pudimos observarlo como si estuvieran descuartizándolo. Así se vieron con la lentitud apropiada los gestos de los distintos actores del drama que devino cómico: Bosch, que puso la bandera catalana, se retiró pronto como diciendo “yo no fui, o no quise serlo” (luego se arrepintió: cara a la pared lo pondrían en la escuela); Fernández Díaz (que puso la española) se mantuvo en sus trece, en el acto y después, porque su bandera fue la más manoseada. La manoseó sobre todo Pisarello, que es argentino como Borges, aunque es difícil saber si lo hizo porque cree lo mismo que Borges. No parece, porque a la otra bandera la dejó estar. Lo cierto es que el actor argentino de la comedia la manoseó tanto que la hizo un guiñapo, y todavía (al contrario que Bosch) no ha pedido excusas. Borges se lo hubiera reprochado.