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Lecciones de cine del tipo de ‘Mad Max’

El director George Miller recibe el premio de la crítica internacional a la mejor película del año por su continuación de la saga apocalíptica

George Miller.

George Miller sonríe. Constantemente. Eso lo hacen los muy tontos, los muy listos o quienes están disfrutando el momento. “Ya tendré tiempo para amargarme otros días”, comenta el australiano, que parece pertenecer a las dos últimas categorías. Pide un té verde y empieza a hablar. Mucho. Pero toda esa verborrea es fascinante. No tiene desperdicio. Hace seis meses estrenó Mad Max: fury road en Cannes, con la que volvía, 30 años después, a su saga apocalítica. De repente, desde la pantalla, abofeteó a varias generaciones de directores más jóvenes que él: mirad lo que ha hecho el señor de 70 años. Mirad lo que deberíais de estar contando. Mirad cómo deberíais de estar contando. “No, yo admiro mucho a todos ellos, disfruto viendo sus películas”, comenta. Llega el té verde y comienza la lección magistral de un cineasta que ante todo se define como “apasionado”.

El disfrute de los festivales. Miller ha sido dos veces miembro del jurado en Cannes. “En la primera, en 1988, coincidí con el guionista William Goldman, y él me señaló: ‘Es la única ocasión en la que se apagan las luces, se abre el telón y no tienes ninguna información previa de la película. Juzgas limpio’. En aquel momento no existía el auge actual de la tecnología, pero incluso hoy en Cannes puedes llegar a ver una película y disfrutarla sin prejuicios. Más allá de esa emoción, en los festivales puedo charlar con un montón de colegas. Soy australiano, así que te puedes imaginar las pocas ocasiones que tengo de coincidir con otros cineastas. Hay que defender estos lugares de encuentro donde reflexionar y charlar sobre el cine”. Con todo Miller tiene una anécdota que echa por tierra la mitología de Cannes. “Llega la entrega de premios, no hubo ensayos, y nunca tuve a mi lado a nadie que supiera inglés, porque yo no hablo francés. Me empujaron al escenario para que diera el premio de la Cámara de Oro [mejor filme de un debutante], que era para Mira Nair por Salaam Bombay!, lo anuncié, ella subió… y yo solo pude entregarle un sobre con una invitación para una fiesta posterior. Al menos aquí en San Sebastián, en la inauguración to fue claro, preciso y todos me hablaban inglés”. Punto para el Zinemaldia.

Una infancia sin imágenes no significa que no puedas dirigir cine. Miller nació en un pequeño pueblo Chinchilla –“Se llama así por un cactus. Los primeros exploradores les preguntaron a los aborígenes qué era aquella planta y la palabra que dijeron sonaba a chinchilla, el roedor”—No había cine salvo matinales los sábados, ni filmotecas, ni televisión, “ni nada parecido”. Y de ambientes parecidos surgieron Peter Weir, Bruce Beresford… “Por eso solo podíamos ver cine en los festivales. Eso nos marcó”. El australiano estudió Medicina. “Pero iba a haciendo cortos los fines de semana, era mi pasión. Nunca mi intención fue hacer una carrera”. Para desgranar lo que cambió su vida del plan inicial, Miller habla de su hermano gemelo: “Nuestros primeros 21 años los pasamos juntos. Incluso ambos estudiamos Medicina. Él se fue especializando, en concreto en medicina deportiva, porque su mente es analítica. La mía funciona de forma errática y paso de la medicina (El aceite de la vida) a los pingüinos (Happy feet). Siempre estoy creando secuencias en mi cabeza, sospecho que un poco como hacen los compositores, que crean música sin cesar”.

La realidad es la mejor manera de reflejar la realidad. Sin usar en exceso efectos digitales (el 80% de los trucos son reales, es decir, el ordenador solo se ha usado en el 20% de los efectos, principalmente para eliminar partes del paisaje de Namibia, donde rodó, y para eliminar un brazo de Charlize Theron), con gente y cosas tangibles, uno atrae mejor al espectador. “Pero no te engañes: el cine ha dado un salto gigantesco, y no solo en los CGI [imágenes creadas por ordenador, los efectos digitales], sino, sobre todo, en las cámaras. No pesan, son más baratas, de mejor resolución. No sabes cómo fue rodar las primeras Mad Max… En cambio, un día en Namibia, una cámara se cayó, se hizo añicos, y nos fuimos al aeropuerto a un duty free a comprar otra por 500 dólares. Y con esa rodamos gran parte de la película”. Miller es un apasionado de los pingüinos. “Había hecho varios documentales sobre ellos, y cuando vi el Gollum de El Señor de los Anillos entendí que era el momento de que mis pájaros bailaran en Happy feet. Así que nos despreciemos a la tecnología”.

Déjate llevar por tu protagonista (hombre o mujer). En un tiempo en que a Hollywood –y en general a todo el mundo del cine- se le reprocha la evidente desigualdad tanto delante de la cámara como detrás entre hombres y mujeres, Miller ha usado un inteligente caballo de Troya para el público de los centros comerciales: la película se llama Mad Max, pero la protagonista es en realidad Imperator Furiosa (Charlize Theron). “Surgió así, nunca fue calculado. Ya en la segunda parte había una guerrera, y aquello me caló. Pero, además, en el centro de esta última entrega estaban las cinco esposas del dictador, y no encajaba bien que fuera un hombre quien las guiara. Charlize posee un físico poderoso, es grande y a la vez es una estupenda bailarina: encajaba en el personaje”. El australiano recuerda que los cuentistas, los creadores de historias, viven influidos por lo que les rodea. “Y este es un tiempo de mujeres”.

La alegoría es el cimiento del cine. En Mad Max: fury road, Miller no solo habla de terribles problemas ecológicos, sino de la maternidad, la real y la emocional, usando la fantasía para explicar el mundo de hoy. “La alegoría es el cimiento del cine. La metáfora, los símbolos, deben de estar presentes en la pantalla. La superficie de Mad Max es la acción, pero en sus profundidades enlaza con lo que significa ser un ser humano, nuestro pasado, en las interconexiones que creamos sin conocernos. Si te fijas, las fortalezas y palacios de la antigüedad, y me refiero a culturas indias, chinas o alemanas, son muy similares y los arquitectos nunca se conocieron. Y estaban reflejando el poder con parecidas torres y proporciones. ¿Dónde viven los ricos, quienes controlan los recursos naturales? En los últimos pisos de los rascacielos de Manhattan. Como cineasta debo reconocer ese impulso inconsciente de representación del poder y usarlo en el cine. Otro ejemplo: los vikingos que quieren llegar al Valhalla y los kamikazes japoneses, fanatismos que surgen en distintas partes del mundo en busca de una muerte valiente. Y yo lo he incluido en Mad Max. Así creas alegorías”. ¿Y quién ha sido el mejor cineasta creando alegorías? “George Lucas, porque cada año miles de personas rellenan formularios oficiales poniendo en el casillero de religión: Jedi”.

El lenguaje cinematográfico no ha variado. “La mayor parte del cine actual, de sus herramientas como lenguaje, se crearon durante el cine mudo”, reflexiona Miller. “Después se añadieron la palabra y el sonido, y no hemos hecho progresos significativos. Un día leí un libro del historiador Kevin Brownlow con una extensa explicación de cómo lo que rodamos hoy aún bebe de Harold Lloyd, Buster Keaton, Chaplin y los primigenios directores europeos, y aquello me ha marcado profundamente”.

Conecta con el resto de la humanidad. “Mi primera sorpresa fue estar incluido en la lista. Pensé que era un error”, explica Miller del momento de saber que competía por el premio FIPRESCI, de la crítica internacional, a mejor película del año. “Y más tarde, cuando gané me di cuenta de un hecho curioso. Depende de a quién preguntes, hay distintas definiciones sobre lo que es cine comercial y cine de autor. Podemos discutir incluso sobre cuál de ellos contiene mayor carga personal. Mira, es de cínicos intentar contentar a todo el mundo. Pero creo que Mad Max conecta con mucha gente distinta, yo hice el montaje final y tengo una buena relación con los estudios”. Él nunca piensa en los críticos. “Creo que se necesitan al menos 10 años para saber si una película es buena o mala. Y que el trabajo de crítico se ha vuelto más y más complicado porque cada vez hay menos tiempo para la reflexión”. Sin embargo, a Miller se le ilumina el rostro a continuación: “Pero pocas cosas me emocionan más que leer en algún sitio o tener un conversación con alguien que te descubre algo inconsciente tuyo en la película que previamente había sido consciente y reflexionado. Me explico: cuando juegas al fútbol, haces una jugada en décimas, no la piensas, sencillamente la realizas. Obviamente, antes has entrenado durante años hasta que las mecanizado. Yo pienso mucho, resuelvo problemas cinematográficos, lo absorbo y finalmente entran de manera inconsciente en mis películas. Y años después, cuando se proyecta el resultado, alguien viene y encuentra y resalta aquella idea… Y yo siento que no estoy loco, que mi voz interior funciona”.