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El fantasma del éxodo, cruel materia literaria

El drama de Siria que atraviesa los caminos de Europa recuerda episodios similares a lo largo de la historia y cómo los escritores los plasmaron en sus obras. Varios autores de hoy invitan a su lectura

Campo de refugiados ruandeses de Benako. Tanzania (1994).
Campo de refugiados ruandeses de Benako. Tanzania (1994). EL PAÍS

Un éxodo lento de africanos surca el mediterráneo desde hace varios años... Ahora, una multitud errante viene de Oriente. En algún lugar de esa ruta y en medio de esa multitud, una madre agotada lleva en la espalda a su niña que sonríe y saluda con su manita, ajena al dolor de la huida. Al final del camino habrán recorrido unos tres mil kilómetros desde Siria debido a la guerra civil. Y solo es la primera estación.

No se sabe cómo plasmará la literatura esta huella sombría. Por lo pronto, varios escritores y pensadores desandan el rastro que han dejado en los libros, a lo largo de la historia, migraciones, diásporas, éxodos y exilios.

“Para recordar que no hay nada nuevo y que todo es siempre nuevo, para recordar que somos, sobre todo, migrantes, fugitivos, refugiados, para repudiar a quienes usan esa tradición para atacar a quienes ahora deben serlo, yo recomendaría leer —o releer— el Éxodo: el relato de cómo unos hombres y mujeres decidieron escapar de la esclavitud”, dice el periodista y escritor Martín Caparrós.

En las raíces de la literatura occidental Homero habla de ello en Odisea. El filósofo Javier Gomá recuerda aquel viaje de regreso de un veterano de guerra como “una metáfora del viaje de la vida humana, pero en particular de quienes viajan por regiones extranjeras. La epopeya contiene el arquetipo de dos actitudes hacia el extranjero: la hospitalidad cosmopolita de los feacios y la hostilidad del cíclope Polifemo. Contiene asimismo el arquetipo de ese sentimiento llamado ‘nostalgia’. La responsabilidad de ese dolor recae en los hombres, que hacemos mal las cosas. También de nosotros depende la solución”.

La fotografía del drama y El Bosco

San Cristóbal, de El Bosco.
San Cristóbal, de El Bosco.

CEES NOOTEBOOM

Y ha tenido que ser la fotografía de un niño ahogado en una playa de Turquía, el pasado 2 de septiembre, para que el mundo reaccionara ante el auxilio de los sirios. El holandés, Cees Nooteboom estaba concentrado escribiendo un libro cuando vio en la portada de EL PAÍS esa imagen que segundos después relacionó con un cuadro de El Bosco: “El presente muestra a un hombre de uniforme y botas pesadas con un niño en sus brazos. Del niño sólo pueden verse las pequeñas piernas y sus pequeños pies. Todavía es tan pequeño que alguien más debió haberle puesto los zapatos. Usted sabe inmediatamente que el niño está muerto, se puede ver en la cara del hombre de uniforme. Él está sufriendo, pero no por sí mismo, sino por el niño, el fracaso (quiebra) del mundo. El día anterior yo estaba escribiendo sobre El Bosco -el libro aún estaba abierto en mi mesa. En él hay un famoso cuadro de un museo en Rotterdam, el Santo Christopher. La historia es muy conocida: Un gigante pagano, Reprobus, encuentra un niño en la orilla del río y entiende que quiere ir al otro lado. Él lo levanta sobre sus hombros y vadea a través del agua. En el río el niño se vuelve más y más pesado, hasta que casi ya no puede llevarlo. El niño es Cristo. Desde entonces el hombre se llama San Cristóbal, el hombre que llevó a Cristo. Él es el protector de todos los viajeros. En la pintura, Cristóbal tiene la misma actitud que el soldado en la playa turca. Doblado ligeramente hacia adelante, con extremo cuidado lleva al niño al otro lado del río, donde estará a salvo. En el cuadro, ese hombre mira hacia la derecha, al igual que el hombre del presente con el niño en brazos tiene su rostro hacia la derecha. Es como si este niño también fuera demasiado pesado, y lo es, por el peso de la muerte. El niño era demasiado pesado para Europa, porque Europa no existe. No podía llevar a ese niño”.

Casi 30 siglos después de esa historia, el periodista y escritor Javier Reverte ha recorrido el planeta y ha sido testigo de refugiados como los de la guerra de los Balcanes. También ha visto “fotos de caravanas parecidas en los éxodos de ayer y de hoy, en la guerra de España por la frontera de Cataluña (lo cuenta en El tiempo de los héroes) y en los que escapan del Levante. El drama en sus ojos: los niños miran como adultos y los adultos lloran como niños”. Le recuerdan el William Faulkner de Los invictos, “aquellos días del fin de la Guerra de Secesión cuando miles de negros vagaban por el sur de EE UU. Huían, escribe Faulkner, ‘con las manos vacías, ciegos para todo aquello que no sea su esperanza o su sino”.

Al margen de las masas que huyen de la guerra y la destrucción, explica Carlos García Gual, “la vieja Europa ha conocido muchos exiliados por sus ideas políticas o religiosas, en aumento desde la revolución francesa hasta los totalitarismos del siglo XX”. Para este filólogo y experto en el mundo clásico, Los exiliados románticos, de E. H. Carr, ““evoca como ejemplos a Herzen y Bakunin. Pero fueron muchos los trasterrados europeos desde esa época , desde Madame de Stael y Karl Marx a poetas como Heine y los polacos Mickiewicz, Slowacki y Krasinski, y el italiano Foscolo, y Blanco White, etcétera; en el siglo XX la lista se vuelve inacabable: desde Lenin a Thomas y Heinrich Mann, y Nabokov , Cioran y Milosz, y Rafael Alberti y Cernuda y León Felipe y tantos y tantos ‘españoles del éxodo y el llanto’. Aunque el destierro de poetas y políticos no suele ser tan angustioso y mísero como el de los miles que huyen de la matanza, en uno y otro caso emite el mismo clamor de denuncia del terror y la opresión, y el ansia de libertad que ha dejado un rastro emotivo en la conciencia y la literatura europea".

Elvira Lindo abordó el tema en un artículo de EL PAÍS en el que cita los ejemplos de Stefan Zweig, Joseph Roth o Soma Morgenstern. La escritora escribe: "El haber transitado de un libro a otro por esa época de hace menos de un siglo en la que miles de personas buscaban un lugar sobre la tierra en donde no ser torturadas, encarceladas y asesinadas, me ha llevado a pensar, cómo no, en los acontecimientos de estos días".

Esquirlas de la II Guerra Mundial que a Elvira Navarro le recuerdan la Suite francesa, de Irène Némirovski. Su lectura, afirma, “es para no olvidar que en el corazón de Europa se han vivido éxodos como el de estos días”. Andrés Neuman cita otro Némirovsky, Nieve de otoño, “una novelita que expone un doble éxodo: el de una familia de aristócratas rusos que sale huyendo tras la Revolución de Octubre, pero también el de la anciana criada que los sigue, pues su lugar parece estar ya, irónicamente, más junto a sus señores que junto a los revolucionarios en teoría destinados a liberarla del vasallaje”.

Lo sabe bien la autora checa Monika Zgustova: “Como refugiada política, el tema del exilio me parece esencial; mis novelas siempre hablan de él. La obra que logró cambiar mi visión del mundo es Mi vida, mi libertad,de la refugiada somalí Ayaan Hirsi Ali”.

España no ha sido ajena a esas huellas. Su misma posición geográfica la convierte en cruce de caminos. “Parece que hemos olvidado que nosotros también tuvimos una guerra, con vencedores, vencidos, muertos y refugiados”, lamenta Clara Usón. Y cita Los rojos de ultramar, de Jordi Soler, que “narra el exilio de su abuelo, quien tras pasar por un campo de refugiados en Francia, fundó en México una colonia de exiliados republicanos, desde la que alimentó su nostalgia y urdió planes insensatos para matar a Franco”.

Y allá, América Latina, también ha sido surcada por millares de refugiados y desplazados. Uno de los libros que mejor lo cuenta es, según Horacio Castellanos Moya, Los migrantes que no importan, del periodista salvadoreño Óscar Martínez. “Para los centroamericanos”, agrega Castellanos, “la migración hacia EE UU, a través de México, ha sido un fenómeno intenso, desgarrador, donde se cometen atrocidades”.

Caminos que pueden ser liberadores pero que llevan al exilio, o que condenan a él, como lo vivido por el poeta turco Nizam Hikmet, recordado por Santiago Gamboa: “Nunca pudo regresar a Estambul, su ciudad, y por eso el exilio fue uno de los motores de su poesía y de su vida. Podía sentirse bien en otros lugares, amar en otros lugares, pero era un hombre mutilado”.

Una aproximación a la maraña de estas huellas contemporáneas la ofrece, dice Laura Restrepo, Éxodos, del fotógrafo brasileño Sebastião Salgado: “No se queda en la presentación de la víctima, que llama a la conmiseración al centrarse en un rostro, pero que al mismo tiempo reduce la tragedia a dimensiones manejables. Sus fotografías de grupos masivos nos enfrentan a la magnitud inimaginable, infinita, de esa humanidad anónima que se desangra por los ríos caudalosos de la migración”. Una historia sin fin engendrada en el origen del mito más popular cuando Adán y Eva son desterrados de su paraíso.

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