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CRÍTICA | MR. HOLMES

Después de su última reverencia

La película es un ejercicio aplicado, muy bien envuelto y con un McKellen redimiendo las insuficiencias del conjunto

Ian McKellen, en 'Mr. Holmes'. Ampliar foto
Ian McKellen, en 'Mr. Holmes'.

En Mr. Holmes, Mitch Cullin, autor que inspiró la insular Tideland (2003) de Terry Gilliam, imagina a un Sherlock cuyas capacidades deductivas mantienen un pulso con el avance del olvido, mientras la apicultura ocupa obsesivamente las rutinas de su retiro. En la novela, el detective acaba conciliando raciocinio y emoción a partir de un suceso traumático y de la emergencia de una vieja historia pendiente, que le lleva a reconocer las bondades de las ficciones piadosas frente a la inclemencia de la verdad.

MR. HOLMES

Dirección: Bill Condon.

Intérpretes: Ian McKellen, Laura Linney, Hiroyuki Sanada, Milo Parker, Hattie Morahan, Philip Davies, Frances de la Tour, Patrick Kennedy, Takako Akashi.

Género: drama. Estados Unidos-Gran Bretaña, 2015.

Duración: 104 minutos.

La novela estaba más cerca de un aplicado ejercicio de caligrafía que de una aportación relevante al corpus de apócrifos sherlockianos. Bill Condon ha encontrado en ese material la pareja de baile a medida de Dioses y monstruos (1998), su adaptación de la novela El padre de Frankenstein de Christopher Bram, trabajo que brillaba más por la convicción con que Ian McKellen se colocaba en la piel del cineasta James Whale que por unos resultados condicionados por un tibio academicismo. Lo mismo ocurre aquí, con el agravante de que la adaptación suaviza el extremo más dramático de la novela. Mr. Holmes es un ejercicio aplicado, muy bien envuelto y con un McKellen redimiendo las insuficiencias del conjunto.

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