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viñetas al sol

Lola Lorente, la atracción por el límite

Autora revelación con su primera obra, la dibujante ultima un nuevo álbum en Angulema, la meca del cómic

Ilustración de Lola Lorente.

Lola Lorente trabaja en Angulema (Francia), en una casa en cuesta, con la que sueñan autores de cómic de todo el mundo: La Maison des Auteurs. Allí tiene un pequeño estudio, con luz natural, tazas de té, fotos, libros y dibujos por las paredes. En esa casa en cuesta, que gobierna Pili Muñoz, una descendiente de españoles, se afanan talentos futuros y consagrados, valores de países emergentes y de potencias venidas a menos, dibujantes que darán que hablar y autores que ya han dicho mucho. Solo necesitan un proyecto que les haga merecedores de un estudio donde dibujar (hay cinco individuales y nueve colectivos).

Lograr una plaza para crear en la maison no es criba fácil, aunque los autores españoles tendrán más oportunidades a partir de este año, tras el acuerdo alcanzado entre Acción Cultural Española y la Ciudad Internacional del Cómic y de la Imagen de Angulema para financiar una residencia de cuatro meses. La iniciativa cubre el vacío que dejó la supresión en 2012 de la Beca Alhóndiga, que ayudó a autores como Álvaro Ortiz, Martín Romero, Alfonso Zapico o la propia Lola Lorente. “No gané la beca, pero en la maison vieron mi proyecto y me llamaron”.

Notas biográficas

Lola Lorente (Bigastro, Alicante, 1980). Estudió Bellas Artes en Valencia e Ilustración en Barcelona. No pensaba en el cómic hasta que empezó a colaborar en el Fanzine Enfermo y se le abrió un mundo de historias. Allí publicó una historieta corta que luego creció hasta convertirse en su primera novela gráfica en 2011, Sangre de mi sangre (Astiberri). Con ella ganó el Premio al Autor Revelación en el Salón del Cómic en Barcelona en 2012. El libro está traducido al francés y el italiano.

Hasta ese espacio de “retiro profesional” arrastró su propia mesa. Allí ultima las páginas finales de La alumna, un álbum protagonizado por Mary Pain, una mujer de treinta y algo que debe regresar a su pueblo, tras más de una década de ausencia, para cuidar a su abuelo enfermo. Una mujer en la frontera entre la juventud y la madurez, una protagonista que deambula por filos autobiográficos sin que por ello se deba confundir a Lola Lorente y Mary Pain. De nuevo, alguien en pleno tránsito. “No sé cuántas etapas hay en la vida... puedo hablar por las que yo paso y lo que me toca vivir. Me atrae el límite psicológico entre lo racional y lo irracional. Me atraen los bordes”.

Página de 'Sangre de mi sangre'.

En Sangre de mi sangre (Astiberri), su primer libro, exploraba la migración de la niñez a la adolescencia con una mezcla desasosegante de ternura y crueldad. Había niños que tanteaban nuevas identidades sexuales y niños de una ortodoxia malvada. Había pérdidas irreparables, ingenuidades a deshora y juegos macabros. Los adultos vivían noqueados por pérdidas y carencias, un tanto fuera de lugar. “Era un tipo de cuento que me servía para contar el tránsito desde la infancia. En este he intentado hacer una historia bastante más cruda, muy realista”.

'Rostro', dibujo de Lola Lorente.

De nuevo se sirve del blanco y negro —con tinta china— y de singulares criaturas, como la propia Mary Pain, que nació el día que Lorente se puso a dibujar así porque sí y le salió una mujer boteriana de larga trenza. “Me pareció enigmática. Al verla empecé a crear páginas y pensé que tenía que hacer algo con ella, intentar comprender el personaje, que va macerándose en mi cabeza. Parto de un boceto y luego hago un guion bastante abstracto, como un escultor que tiene un trozo de piedra y va dándole forma poco a poco”. Calla y confía: “Un proceso muy angustioso, la verdad, porque yo dudo muchísimo y un libro obliga a tomar decisiones todo el rato”.

Y aunque ahora la dibujante tiene brotes de inseguridad producidos por los coletazos finales de la obra, que se publicará en 2016, a la vuelta de la esquina le aguarda el gran dilema: seguir en Angulema, ya sin el paraguas de la Casa de los Autores y las sucesivas becas (VEGAP y Centro Nacional del Libro de Francia), o retornar a España, donde quiso y no pudo encontrar trabajo. Un poco como Mary Pain, que regresa forzada, que afronta incertidumbres económicas y que encara una nueva transición biográfica.

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