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Hambre de realidad

Reality Hunger: A Manifesto es un libro de David Shields, muy comentado hace cinco años en Estados Unidos. Entre nosotros lo ha publicado Círculo de Tiza y traducido Martin Schifino. Es una antinovela construida con citas literarias que discuten los conceptos de originalidad y autoría, lo que paradójicamente la convierte en una propuesta original, aunque David Markson (La soledad del lector) lo hacía mejor. Es, además, un libro divertido, aunque plantea la muerte de la novela, y este es su lado pueril.

Es que estamos cansados de la muerte de la novela.

Claro que Shields tiene derecho a estar cansado de lo que quiera. En su caso, está harto de artificios fabricados por otros y por él mismo, aburrido de tramas ficticias y personajes inventados. Opina que los reality televisivos, las memorias y otros formatos de tipo documental alimentan el ansia popular de autenticidad, de la que carecen las obras de ficción. Para Shields, la novela, es decir, la construcción imaginativa de una historia, se ha atrofiado; se ha vuelto difícil para los escritores habitar un mundo en el que los formatos de tipo documental alimentan cada día más el afán popular de veracidad.

No está mal su punto de vista, pero por suerte este tipo de teorías sólo son verdaderas en parte, y por tanto los adversarios de las mismas no se equivocan. Por eso voy a equivocarme muy relativamente si digo que la ficción literaria forma parte de la verdad: lo que uno imagina es tan real como la vida, pues forma parte de ella. La vida, además, como la naturaleza misma, es engañosa. Recuerde el alma dormida aquello que decía Nabokov: “Ficción es ficción. Calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y la verdad".

En la ficción literaria embaucar puede ser sólo un camino para llegar a la verdad

Además, en la ficción literaria embaucar puede ser sólo un camino para llegar a la verdad. Hay escritores que narran “desde afuera” (interponen entre ellos y la realidad el filtro de un personaje) y otros que lo hacen “desde dentro”, como si lo relatado perteneciera a su vida, es más, como si les fuera la vida en ello. Yo creo que tanto unos como otros pueden llegar a aproximarse a la verdad mucho más que aquellos que tratan de mimetizar lo real.

Pero vaya usted a explicarles esto a los lectores de novelas “comprometidas” con las noticias de prensa, o a los aturdidos espectadores de reality televisivos que creen literalmente en lo que ven y con los que uno puede pasarlo mal si les habla de los intrincados laberintos de la realidad.

¿Debemos pasar por alto las propuestas de los cansados de tramas ficticias –en el mundo de la lectura, como se ve, también hay populismos– o bien reaccionar y elevar nuestra capacidad de imaginar y situarnos, de una vez por todas, en la complejidad de la existencia; complejidad que integra –evidentemente- a la imaginación y al arte?

Creo que, superados los posibles daños de este enésimo embate de los voceadores de la muerte de la novela, Hambre de realidad será olvidado. Decía W. H. Auden: hay libros que son injustamente olvidados; ninguno es injustamente recordado.