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Principio para siempre

Luis Suñén escribe los poemas de 'Volver y cantar' con un fraseo contenido y quebrado, que se corresponde muy bien con su pudor expresivo

'El aquelarre' o 'El gran cabrón' (1820-23), de Francisco de Goya Ampliar foto
'El aquelarre' o 'El gran cabrón' (1820-23), de Francisco de Goya

Dice Valle-Inclán: "Todo nuestro arte nace de saber que un día pasaremos". Esas palabras me vienen a la memoria leyendo el último libro de Luis Suñén, Volver y cantar, unos cincuenta poemas que se han ido escribiendo a lo largo de ocho años, el tiempo que ha pasado desde que Suñén publicó El que oye llover, donde agrupaba en poco más de doscientas páginas toda una vida de dedicación a la poesía. Digo que los poemas se han ido escribiendo porque estoy convencido de que la poesía se escribe sola, más aún de lo que se escriben solas las novelas. La deliberación cuenta poco, el proyecto. Si la novela surge, se impone a uno como reclama atención el hocico de un perro obstinado; el poema es todavía más involuntario, porque no requiere un armazón que sostenga su escritura a lo largo de mucho tiempo, una trama que apuntale el discurrir de la invención, sometiendo la historia a las convenciones inevitables de un género, a lo que podíamos llamar con cierta melancolía lo novelero de la novela.

La novela surge como un indicio, como un fogonazo, pero esa instantaneidad de lo intuido y lo soñado ha de mantenerse a lo largo de muchas páginas. El poema es el indicio y es también su cumplimiento, el fogonazo que dura y sin embargo no pierde la sugestión de una brevedad deslumbradora. Principio para siempre, dice Suñén. La novela empieza como un garabato en medio de un gran lienzo en blanco que ha de ser cubierto por las figuras que se irán proyectando sobre él como en un lento estallido, una explosión en cadena. El poema es el garabato y el espacio en blanco que permanece intacto. En el interior de las novelas a veces quedan las huellas de los primeros estallidos, las visiones, las imágenes aisladas que las provocaron. Con mucha frecuencia la más clara de esas huellas es la primera frase, la que llegó de golpe y empezó a poner orden y reveló el tono de lo que habría de venir después, lo que en el momento en que esa frase se escribía era sobre todo oscuridad y desorden. En el principio fue el verbo. Podría decirse que un buen poema es siempre el equivalente de esa primera frase: y que el poeta, a diferencia del novelista, ya no tiene que escribir nada más. El poema contiene juntos el principio y el fin, es la primera frase y la novela entera, la historia que no necesita ser contada para existir completa. Incluso cuando el poema se adentra en lo narrativo, como en muchos de los de Robert Frost, la temporalidad se mantiene contenida: los poemas de Frost suceden en un tiempo tan instantáneo como el de un haiku.

Saber que un día pasaremos es una información que está al alcance de todo el mundo, pero que nadie llega a creerse en el fondo hasta que no asiste con seriedad al paso cada vez más rápido de los años, a la evidencia de su desaparición. Lo que era ya no es. En la galería de las presencias habituales, las queridas, las conocidas, las medio distantes, ya abundan los espacios vacíos. Tiempo fuera del tiempo, un poema atestigua dolorosamente la fugacidad de lo visible y de lo vivido y también la alza en su frágil plenitud.

El poema es el indicio y es también su cumplimiento, el fogonazo que dura

y no pierde la sugestión

Luis Suñén, que ha sido siempre un poeta de la celebración templada, del arrebato sereno, a la manera de Fray Luis de León y de Jorge Guillén, ha ido adquiriendo en estos últimos años una tristeza sobria, no sombría ni amarga, ni siquiera ceñuda, una mirada que se detiene más en los dones y en las bellezas de la vida porque ahora advierte en ellos con mayor lucidez su condición pasajera, su brevedad sin regreso. En otro tiempo, el poeta fue, según la misteriosa expresión común, el que oye llover: el que presta una atención complacida a las cosas y a la vez se mantiene un poco al margen de ellas. Ahora de lo que se trata es de volver y cantar, pero volver no se puede, y en el cantar está la alegría de esa misma palabra y la pena por la desaparición de lo cantado, lo que era y ya no es, lo que sigue siendo a pesar de todo y nos concede la ilusión precaria de que lo seguirá siendo mucho más, algo más.

Luis Suñén, que tanto sabe de música, escribe con un fraseo contenido y quebrado, que se corresponde muy bien con su pudor expresivo, con su deriva entre el escepticismo y la creencia, entre la confesión y la elipsis, ahora más acentuadas que nunca. Su sentido de la dicción y del ritmo tienen mucho que ver con lo más austero de la escuela clásica española y con su cercanía a poetas de otros idiomas menos propensos a la palabrería, poetas ingleses y americanos sobre todo, unas veces sugeridos y otras nombrados con voluntad de homenaje y como declaración indirecta de principios: Philip Larkin, Thomas Hardy, Mark Strand, John Ashbery, Robert Lowell. Que Lowell se encuentre en esta lista me parece revelador: un poeta del borbotón y el desgarro junto a los maestros de la intensidad comedida.

También Suñén se ha ido soltando, aventurándose más según se sucedían los poemas, acentuando rasgos que estaban en su trabajo desde el principio y atreviéndose a unos despliegues visionarios y a unas vehemencias verbales que tienen algo de rapto, de efecto acumulado en una escritura gradualmente exaltada, alimentada por su propio fuego. Hay poemas como viñetas narrativas —la visita a la madre muy anciana, la conversación por teléfono con una amiga de muchos años— y otros como visiones del Apocalipsis, como viajes espectrales por un Madrid en el que pululan Goya y el capitán Ahab, las majas lúbricas de las Pinturas Negras y el arponero tatuado Queequeg.

Pero aun en esas fantasías extremas acaba por prevalecer la cordura. Suñén elude el melodrama con la misma soltura que las rutinas y las vacuidades retóricas de la poesía contemporánea española más evidente. Es natural sin vulgaridad ni trivialidad y mide los versos con un cuidado que disimula su destreza, haciéndolos sonar como el flujo del habla, evitando siempre los acentos previsibles. Una preposición o una conjunción pueden terminar el verso: así parece que el poema queda un momento en el aire, como cuando alguien se interrumpe para tomar aire, o cuando titubeamos por una duda o por un asombro. El humor atempera la solemnidad. El poema filtra el habla común y depura el idioma como una ostra filtra y mantiene limpia el agua de un estuario. Escéptico sin angustia, el casi creyente y casi agnóstico tantea la posibilidad de que la muerte no sea el final de todo, o de que haya al menos una expectativa decorosa de resurrección: una resurrección como las que san Francisco de Paula hacía extensivas a los peces o a los pájaros, o como la que imaginó el pintor inglés Stanley Spencer en los años veinte, después de la gran carnicería de la I Guerra Mundial; una resurrección benévola, sin trompetas aterradoras ni juicio final, celebrada como una fiesta campestre en un paisaje cotidiano, en un apacible prado inglés, no en el secano calcáreo del valle de Josafat: una culminación dichosa, un principio para siempre. •

Volver y cantar. Luis Suñén. Editorial Trotta. Madrid, 2015. 72 páginas. 12 euros.