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La escabrosa autobiografía del pianista James Rhodes

La justicia británica autoriza el libro que la exesposa del músico había pedido prohibir

James Rhodes y su esposa actual, Hattie Chamberlin, abandonan el Tribunal Supremo con el polémico libro en la mano.
James Rhodes y su esposa actual, Hattie Chamberlin, abandonan el Tribunal Supremo con el polémico libro en la mano. cordon press

A los cinco años abusaron de él. Tres décadas después vetaron la autobiografía donde por fin lo explicaba. En todo ese tiempo, intentó suicidarse varias veces, se convirtió en un renombrado (y casi autodidacta) concertista de piano y se tatuó Sergei Rachmaninov en cirílico en su antebrazo.

Hace unos días James Rhodes recibió el fallo judicial: su libro podrá ver la luz (lo hará en el sello Canongate y Blackie Books ha anunciado que lo editará en España). “Estaba en casa con mi esposa, Hattie, bebiendo café y mirando fijamente el teléfono. Aunque en ese momento no lo llegamos a procesar, y aún no lo puedo hacer, los dos supimos que algo enorme acababa de ocurrir. Que nuestras vidas iban a cambiar. Nos quedamos en shock. También lloramos un poco...”, confiesa a este diario en un cuestionario por correo electrónico.

Rhodes (Londres, 1975) cuyo nombre coincide con el de un personaje de Iron Man, lidió desde muy pequeño con un villano. Su profesor de boxeo abusó de él, aunque en su autobiografía él sostiene que esa palabra se queda corta: “Abuso. Qué palabra. Violación es mejor. Abuso es cuando le dices a un guardia de tráfico que se vaya al infierno”. No es abuso cuando un hombre de 40 años te viola y te convierte en su juguete. Por ser demasiado vívido en sus descripciones, por emplear un léxico que podría dañar a su hijo, la exesposa de este pianista mediático intentó prohibir su libro Instrumental: A Memoir of Madness, Medication and Music. El caso llegó al Tribunal Supremo. “Allí se referían a este material como tóxico y yo me sentía culpable, como si hubiera hecho mal. No solo sufría la vergüenza por haber sido violado, sino también por ver cómo un grupo de jueces no te permitían explicarlo”. Si el veto hubiera prosperado, ni siquiera podría contestar estas preguntas, ya que se le habría prohibido hablar hasta en Twitter, donde tiene 45.000 seguidores. Rhodes explica: “No me habrían permitido hablar del tema sexual ni de lo que acarreó: mis intentos de suicidio o las enfermedades mentales. Era más que prohibir un libro. Era prohibirle a un ser humano superar su pasado. Aterrador”.

Una vida turbulenta

El concertista de piano James Rhodes (Londres, 1975) sufrió a partir de los cinco años abusos sexuales de un profesor de boxeo.

Con varios intentos de suicidio, tuvo una formación como músico casi autodidacta.

Entre los 18 y los 28 años, se dedicó a los negocios en la City. Después se convirtió en agente de músicos.

La locura, la medicación y la música que subtitulan su libro son el reverso del manido sexo, drogas y rock and roll. Rhodes tiene el aspecto de una estrella que podría tocar en el Primavera Sound. Por sus gafas de pasta, su pelo alborotado o sus camisetas con una pantera dibujada. También porque habla con el público durante sus recitales, que ofrece en tejanos y leyendo las partituras de un iPad. Rhodes ha protagonizado numerosas series en la televisión pública británica sobre las propiedades sanadoras de la música (en esquizofrénicos), ha cruzado cultura pop y compositores vetustos en sus posts para The Telegraph o The Guardian y porque se convirtió hace cinco años en el primer músico de clásica en firmar un contrato de seis álbumes con la todopoderosa multinacional Warner. Él no se acercó a un piano entre los 18 y los 28: ese tiempo trabajó como hombre de negocios en la City. Hasta que decidió convertirse en agente de músicos. Para ello, visitó en Verona al más poderoso de todos: Franco Panozzo. Este le pidió que interpretara a Chopin en un teclado Yamaha. Ahí decidió que sí podía convertirse en gran concertista.

 

Campaña de apoyo

Hoy, su mejor amigo es Sherlock Holmes. O, más bien, el último actor que lo ha interpretado: Benedict Cumberbatch. Este y otros nombres de peso —el dramaturgo Tom Stoppard y el cómico Stephen Fry— emprendieron una campaña para apoyarle. “Nunca podré agradecerles lo que han hecho. Pero me pone muy triste pensar en cómo nadie escucha a los miles de supervivientes de este trauma que no tienen el casi indignante privilegio que yo tengo”. Dostoievski escribió en sus Memorias del subsuelo que “incluso los pobres de espíritu se vuelven más inteligentes después de un gran dolor”. Que el mejor arte surge del peor sufrimiento. Rhodes está en desacuerdo: “Esa idea solo alimenta el estereotipo inmundo del genio cultivado por el artista torturado. Hay millones de personas que sufren horrores inimaginables. Muchos los superan y viven con dignidad. La creatividad no llega por el dolor, llega pese al dolor”. Para superarlo, Rhodes escucha la Partita para solo de violín en re menor, de Bach, y se apoya en el café, la nicotina y su esposa. “Espero que todo esto demuestre que puedes sobrevivir. Y que hablar de ello es importante. A pesar de que en el pasado te hayan dicho que te calles, siempre habrá alguien que te escuchará”.