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‘Carol’, la primera joya del certamen

Carlos Boyero en su análisis diario sobre el Festival de Cannes. Reuters / live

Patricia Highsmith, esa escritora adictiva, maestra del desasosiego y del suspense, fatalista, poseedora de un conocimiento profundo del anverso y reverso de la condición humana, inventora de un personaje tan retorcido, complejo y legendario como Tom Ripley, escribió con un seudónimo su novela Carol. Creo que fue una de las primeras y se reeditó con su verdadero nombre muchos años después. Es una novela turbadora y en la que su pesimista autora se permite el lujo de un final feliz, de que un amor muy problemático se afiance. Sospecho que lo que contaba Patricia Highsmith era autobiográfico. Y que los tiempos eran tan puritanos e hipócritas que no se atrevió a firmarla con su nombre.

Carol es una historia de amor. Pero la razón de que su creadora se refugiara en el anonimato es porque esa pasión la protagonizan dos mujeres. El director Todd Haynes, alguien con el que nunca había sintonizado en su breve y prestigiosa obra, ha adaptado con inteligencia y sensibilidad esa novela. Lo hace de forma admirable, describiendo con tanta intensidad como sutileza la mutua seducción entre esas dos mujeres y el conflicto que supondrá para sus infelices vidas. Haynes demuestra elegancia, poder de sugerencia, capacidad para crear matices, un romanticismo nada exhibicionista y una ambientación primorosa. Logra engancharte de principio a fin transmitiéndote las incertidumbres, los miedos, el incontenible deseo, la seguridad de que has encontrado a la persona que durante toda tu existencia andabas buscando a ciegas y la temible factura social, familiar y sentimental que tendrá que pagar esta pareja si sigue adelante con ese amor que la sociedad condena.

Juego de miradas

Haynes reconstruye la Nueva York de principio de los cincuenta con la precisión y la estética de un fotógrafo superdotado. También su atmósfera. Hasta el mínimo detalle desprende realidad; nada suena a decorado o a impostura. Y el juego de miradas, el retrato de lo que va sintiendo progresivamente esa pareja, lo que expresan, y sus silencios, su necesidad de huir y de quedarse, está descrito con belleza, sentimiento y profundidad psicológica. Una de estas mujeres está amargamente casada con un millonario. Ella es pura clase, sofisticación, se desenvuelve con naturalidad en el mundo de los ganadores. La otra es joven, trabaja como dependienta, se siente muy sola, aunque tenga un novio solícito y bondadoso, hace fotografías muy hermosas con las que pretende sobrellevar su grisácea vida. Hay mucha pureza en ella; no sabe lo que quiere hasta que encuentra a Carol. Si la narrativa de Haynes te deja con la boca abierta, las maravillosas interpretaciones de Cate Blanchett y de Rooney Mara están al mismo nivel. Es una película con tanto estilo como verosimilitud, la crees y la sientes, lo mejor de lo que he visto hasta ahora en el festival.

Un día perfecto, presentada en la Quincena de Realizadores, es la última película de Fernando León de Aranoa. Ambientada en la guerra de los Balcanes, pretende ser una inmersión en el horror, en el sufrimiento de tanta víctima inocente y desposeída de casi todo, a través de la ayuda con permanente riesgo de muerte o de mutilación que les ofrecen un curtido grupo de cooperantes.

Está bien contada, pero le falta algo; huye del maniqueísmo, pero me resulta fría; dispone de muchos elementos y situaciones para conmover, pero la veo y la escucho distanciado. Es honrada, pero no brillante. Los personajes son creíbles, y eficientes las interpretaciones de Benicio del Toro y de Tim Robbins, pero no dejan excesiva huella en la memoria. Como siempre, hablo en primera persona. Ojalá que el público piense de otra forma. El esfuerzo y las intenciones del autor lo merecen.