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CRÍTICA | ZARZUELA

Asombrosa

'Clementina' es una rareza

Su autor musical, Luigi Boccherini, es reconocido como uno de los músicos más grandes de un periodo de extrema calidad

Un momento de la representación de 'Clementina'.
Un momento de la representación de 'Clementina'.

Es una hazaña instalar una obra en el repertorio lírico, máxime si es el español, cuya desconfianza hacia lo suyo es extrema. Ni siquiera vale que se llame zarzuela, ya que lo que el respetable entiende por ello es algo surgido setenta años después de esta pieza.

Pero no todo es culpa de nuestro entorno, y es que Clementina es una rareza. Su autor musical, Luigi Boccherini, es reconocido como uno de los músicos más grandes de un periodo de extrema calidad, en el que vivieron Mozart, Haydn o incluso el joven Beethoven. Pero Clementina fue su única zarzuela y, posiblemente, su única pieza lírica. Todo ello acentúa su soledad radical y su ausencia de entorno.

La historia, además, es traviesa, y resulta que Clementina (1786) es rigurosamente contemporánea de las mozartianas Las bodas de Figaro (1786) y Don Giovanni (1787), por lo que la comparación con Mozart es una inevitable fatalidad. Y lo más asombroso es que sale viva de la comparación; no llega a los niveles de esas dos cimas, pero resiste con gallardía, lo que es un auténtico milagro, no solo porque Mozart es incomparable, sino porque el genio de Salzburgo era un consumado operista con amplia producción y Boccherini ha dejado su huella en la música instrumental sin más ejemplos líricos que esta huérfana pieza.

CLEMENTINA. Música: Luigi Boccherini. Libreto: Ramón de la Cruz. Dirección musical: Andrea Marcon. Dirección de escena: Mario Gas. Orquesta Sinfónica de Madrid. Elenco: Carmen Romeu, Vanessa Goikoetxea, Carol García, Beatriz Díaz, Juan Antonio Sanabria, Toni Marsol, Xavier Capdet y Manuel Galiana. Teatro de la Zarzuela. Madrid.

Tiene también su mérito el trabajo de Ramón de la Cruz en el libreto, construido con buena carpintería teatral, pero aquí la comparación con Lorenzo da Ponte es mucho más desventajosa. De hecho, ver Clementina evidencia lo revolucionarios que fueron los libretos del magistral colaborador de Mozart.

En todo caso, una pieza lírica española, con ese nivel de calidad musical en un periodo del que solo recordamos a Goya es algo muy serio que hay que cuidar.

La producción que brinda el Teatro de la Zarzuela es reposición de la que firmaron Mario Gas, en el cometido escénico, y el veneciano Andrea Marcon, como director musical, en 2009, presentada en el Teatro Español de Madrid y luego en Bilbao. Es un trabajo admirable. Marcon vino entonces con su Orquesta Barroca de Venecia; ahora consigue que la ORCAM esté a la altura de un sonido clásico del que, de nuevo, la referencia principal sigue siendo Mozart. Mario Gas propone una visión en la que se acentúan los elementos cómicos y el juego de comedia moderna, una visión fina, inteligente y respetuosa con una narración que debe asentar sus raíces de época antes de pretender otras lecturas.

El reparto en esta versión es equilibrado: seis cantantes y dos actores. Las voces son solventes, con algunos picos positivos y otros menos; quizá el tenor Juan Antonio Sanabria llegue justo a su delicada aria final. El barítono Toni Marsol muestra en cambio excelentes facultades para papeles de bajo cómico. Las cuatro voces femeninas compiten en sobriedad estilística y entrega actoral. Más de 200 invitados de la Semana de la Ópera que se celebra en Madrid fueron testigos de esta Clementina que, a no dudarlo, merece un hueco internacional.

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