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El fomento de la lectura

Como profesora, a menudo me piden alumnos que les recomiende un libro, pero que sea “de los que no hacen pensar”. Resulta que es mejor activar el “modo avión” de la mente, no fuera que la gastáramos. La única forma que encuentro de fomentar la lectura es educando —también a los mayores aún educables— en el gusto por la soledad, el recogimiento y lo complejo. La alergia a lo complejo nace de una sociedad distraída, donde lo que no es estrictamente productivo cuenta como pérdida de tiempo. Si no se nos enseña a estar desconectados, fuera del curso de interrupciones constantes a la que nos expone la tecnología, la concentración que exige la lectura de un buen libro no puede tener lugar. Habría que incluir en los planes educativos una asignatura en la que se aprendiera a recoger al final de cada día los trozos dispersos de uno mismo que la vida apresurada se ha encargado de esparcir. Entonces sí, que gusto sería, quedarse dormido, pensando, con un libro de altura desparramado sobre el pecho.

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